Súper máma
Joana Betancourt, Súper Mamá 2010, es madre de los gemelos Esteban y Juan Manuel.
By Rosa Cuervas-Mons
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“Dos”. Cuando escuchó esa palabra, Joana supo que no podía abortar. “No podía acabar con la vida de dos criaturas”, pensó ella, que decidió seguir adelante con un embarazo imprevisto —y doble— en unas condiciones económicas y personales durísimas. Hoy Esteban y Juan Manuel tienen 18 meses, salud, y una madre que vive por y para ellos. Joana Betancourt Franco, Súper Mamá 2010.
Llegó a España hace cuatro años, con 21. Buscaba las oportunidades que no había en su Colombia natal; tenía sueños, metas —“quería estudiar y formarme”— y muchas ganas de prosperar para poder volver a su país y, entonces sí, formar una familia.
“Pero las cosas no salen como uno las piensa”, explica Joana, que vio cómo esa familia que ella deseaba en un futuro más lejano se adelantaba.
Tenía 23 años cuando se quedó embarazada. “Cuando me di cuenta cambió mi vida y la perspectiva de las cosas… No era un embarazo planificado, no estaba en situación de afrontarlo y lo primero que pensé fue quitarme el problema de encima”.
En su familia le habían inculcado dos cosas, fe y sólidos principios, que le hacían muy difícil tomar la decisión de abortar, pero, en ese momento no veía otra salida, y pidió hora en un centro de abortos.
La ecografía que le hicieron allí terminó con un ‘tienes una gestación gemelar de siete semanas’. Esa frase, que doblaba las dificultades de Joana, fue sin embargo una sentencia de vida para sus hijos. “No contaba con el apoyo del padre ni tenía trabajo estable y pensé: ‘Dios mío, y ahora qué hago’, pero supe que no era quien para quitarles la vida, así que decidí seguir para adelante, aunque se me viniera el mundo encima”.
Pero el camino no ha sido nada fácil. Tomada la decisión de tener a sus hijos, Joana perdió su trabajo —temporal y en una empresa de limpieza— porque tuvo pérdidas y le mandaron ‘reposo absoluto’.
Sin su sueldo no podía pagar el alquiler de la casa que compartía con unas amigas, así que se vio en la calle, embarazada de 3 meses y sin nadie a quien recurrir. Buscó ayuda entonces en los servicios sociales de Aranjuez, pero le dijeron que no tenían recursos y que se desplazara a Madrid. Allí conoció la Fundación Madrina, que ayuda a las mujeres embarazadas.
“Desde que ingresé en la Fundación, ya de cuatro meses, asumí mi embarazo con felicidad. Sin ellos no hubiese podido llegar hasta aquí”, dice Joana, quien se convirtió en una más de la grandísima familia de la fundación, que ha atendido ya a cientos de mujeres en situaciones complicadas.
La Fundación le dio el amparo y la seguridad que necesitaba, la trasladó a uno de los pisos que tiene y pudo, por fin, pensar en el futuro con una sonrisa en la cara. Ahora, casi dos años después de su llegada allí, acaba de encontrar trabajo cuidando a una persona mayor y mientras se forma para trabajar como auxiliar administrativo y poder sacar adelante a sus hijos ella sola. “Quiero que cuando crezcan vean que puedo ser una profesional, que se sientan orgullosos de la madre que tienen, ese es uno de mis objetivos”, dice. El otro, “ofrecerles estudios y hacer que sean hombres de bien”.
Cuenta que ya no se imagina su vida sin ellos. Tanto, que el nacimiento de sus pequeños ha sido el suyo también: “Tengo su misma edad, llevo 18 meses de una nueva vida, de expectativas, de sueños; ellos son mi fuerza para hacer las cosas”.
Aunque reconoce la dureza de criar sola a dos bebés —“todo el trabajo es por dos, los biberones, los gateos, los pañales…”— y en su vida ha habido muchas lágrimas, se siente “en el umbral de la felicidad”. “Mi vida no estaría tan encaminada hacia crecer en los buenos valores si no hubiese tenido a mis hijos”, explica.
Muchas veces se ha imaginado cómo sería hoy su día a día si hubiera tomado la decisión contraria, abortar, y tiene claro que no sería la persona que es ahora.
“Me considero la mejor madre del mundo porque lo he dado todo por ellos. En estos 18 meses mi vida ha girado en torno a ellos y ahora no me hacen falta los placeres del mundo porque mi vida exterior e interior está llena”.
El mejor regalo
Ahora, además de prepararse profesionalmente, quiere aprender a educar, contar con el asesoramiento necesario para hacer de padre y madre de dos niños, Juan Manuel y Esteban, que crecerán en una sociedad “cada vez más deteriorada”. “Estas nuevas generaciones son muy rebeldes y quiero buscar ayuda profesional para saber cómo afrontarlo”.
Quiere que sus hijos tengan “unos cimientos sólidos, que crezcan en la fe, sean buenas personas y se porten bien con las mujeres”. El día de mañana no les hablará mal de su padre. “Les diré, simplemente, que esa relación no pudo ser y ellos que vayan viendo cuando sean más mayores y tengan conciencia”.
Yes que Joana prefiere no mirar hacia atrás y disfrutar “del mejor regalo que se puede recibir”. “Yo no tenía nada, ni casa, ni trabajo, ni dinero, pero al darme cuenta de que iba a ser madre pensé ‘voy a tener algo que va a ser mío para siempre, algo que nadie me va a quitar’”. Al tomar conciencia de esto, sale la fuerza para luchar por las cosas por las que antes no había luchado”. Y es que, dice, antes simepre lo dejaba todo para más adelante. Quería estudiar, pero pensaba que ya tendría tiempo y vivía una vida “en la que los valores que me habían inculcado estaban un poco olvidados”.
Ahora cuenta, allá donde se lo piden, el testimonio de su vida. Quiere que las mujeres que viven un embarazo difícil por falta de apoyo sepan que pueden sacar adelante a sus hijos. “Dar vida vivifica, y no somos ni las primeras ni las últimas madres solteras que sacamos adelante a nuestros hijos”, señala Joana, que está convencida de que las mujeres que abortan no son libres para tomar esa decisión. “Si supieran que hay ayudas, que hay personas dispuestas a abrir su corazón y a ayudar desinteresadamente, no abortarían”.
Joana tiene claro que, por duro que resulte y al margen de la edad de la mujer, siempre es mejor elegir la vida. “Yo jamás me he arrepentido de haber tenido a mis hijos; he tenido y tengo miedo de pensar que se me acaben las fuerzas, que me cueste seguir adelante, pero entonces los miro en su cuna o jugando, o me acuesto un día pensando que les he enseñado a decir ‘mamá’ y eso es tan gratificante que compensa todos los malos ratos. Ser madre es algo demasiado sublime como para decir no”.
Mientras Joana habla con Selecciones, Juan Manuel y Esteban corretean por el piso de la Fundación que se ha convertido en su hogar. El primero, tranquilo, cariñoso y callado. El segundo, mucho más movido, travieso y deseoso de llamar la atención.
Los dos han llegado a la tierra de su madre, Colombia, a través de Internet. “Su abuela tiene muchas ganas de conocerlos, pero aún no hemos podido ir”, dice Joana, que sabe que su madre está orgullosa de ella. “Mi madre es una persona excelente que me inculcó unos sólidos valores, me hizo ser quien soy ahora. Yo quiero mantener esa cadena y transmitir a mis hijos los mismos cimientos sólidos”.
Juan Manuel y Esteban disfrutan de su madre por las tardes, cuando vuelve de trabajar, y están a la espera de empezar a ir a la guardería. Hasta ahora, todo lo aprendido les ha llegado a través de quien les ha dado la vida. “Es maravilloso verlos juntos, jugar entre ellos, ver su primera sonrisa, su primer gateo, su primer paso…”, señala Joana con una inmensa sonrisa justo antes de cogerlos en brazos para que se tomen el primer biberón de la mañana.
“Desde hace 18 meses tengo los mejores despertares de mi vida”, dice ella mientras mira con dulzura a esos dos pequeños que le recuerdan que, aunque algo adelantada, ya tiene la familia con la que soñaba.
Apoyo
Para muchas madres en dificultades Conrado Giménez, fundador y presidente de la Fundación Madrina (www.madrina.org), es una especie de ángel que apareció en el momento más oscuro de sus vidas, cuando las cosas estaban tan mal que eliminar a su hijo antes de que naciera parecía ser la única salida.
En diez años, por la varita mágica de la Fundación Madrina han pasado más de 130.000 mujeres; han encontrado un techo, los pañales y la leche que faltaban a su hijo, ayuda económica y, sobre todo, calor humano: compañía, apoyo, amor y generosidad.
Su presidente comenzó en esto del voluntariado tras un accidente de coche, hace más de cinco años. Supo entonces que no había hecho todo lo suficiente como para morir tranquilo y decidió vivir para los demás. Un viaje a Perú le puso en camino: quería ayudar a los niños, así que, de vuelta a España, acogió a las mujeres que tienen dificultades para tener a sus hijos. Dice que su día a día es tan duro que no puede evitar pensar en abandonar; pero entonces suena el teléfono: ‘Conrado, te quiero’, le dice alguno de los pequeños de la Fundación, y él, el ángel Conrado, sigue trabajando.
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1 Comentarios |
| D.G.S.A on 12 May 2010 ,20:10 Esas madres con fuerzas para vivir son dignas. |
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