Amerizaje forzoso
Dave Sanderson, uno de los 155 pasajeros del vuelo 1549 de US Airways que en enero pasado se quedó sin motores poco después de despegar...

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...cuenta los dramáticos momentos vividos a bordo mientras el avión caía en las heladas aguas del río Hudson.
Vuelo 160.000 kilómetros al año, así que paso mucho tiempo en el aire. Por lo general cojo vuelos que salen por la tarde, después de terminar de trabajar como director de ventas en Oracle. El 15 de enero pasado tenía una reserva para un vuelo a las 17 horas de Nueva York a Charlotte (Carolina del Norte). Sin embargo, como ese día terminé hacia las 11:30 de la mañana, llamé a la agencia de viajes para que me consiguiera un lugar en el vuelo de las 15:25 horas: el 1549 de US Airways.
Se trataba de un vuelo ordinario de regreso a casa. Al cabo de una hora y media, estaría en tierra de nuevo, y dos horas después, con a mi mujer y mis hijos.
Llevábamos unos 90 segundos en el aire cuando falló el motor izquierdo. Yo iba a ese lado, en el asiento 15A. Oí una explosión y luego vi llamas por la ventanilla. No me di cuenta de que habíamos perdido los dos motores... y toda la potencia.
Se hizo un silencio sepulcral. Los pasajeros nos mirábamos sin saber qué hacer. Pasamos por encima de algo; alguien me dijo más tarde que había sido el puente George Washington. Por la ventanilla ví cómo nos acercábamos al agua y a los rascacielos de Nueva York. Pensé: El piloto quizá tenga que hacer un amerizaje forzoso en el río Hudson. Unos 30 segundos después, tal vez menos, anunció: “Prepárense para el impacto”. Miré a mi alrededor: algunas personas se habían entrelazado de los brazos; otras estaban agachadas. La gente se puso a rezar mientras el avión caía.
Apoyé las manos con fuerza en el asiento de adelante y empecé a rezar también. Diez segundos después, chocamos contra el agua.
Estoy vivo, pensé.Tengo que salir de aquí. Todos los demás pensaban lo mismo. Casi de inmediato el agua nos llegó a los tobillos. Me coloq ué junto a la salida para ayudar a otros a saltar al ala. Quería asegurarme de que nadie se quedara dentro.
Vi a una mujer que trataba de coger su maleta y su bolso. Le grité que los dejara, pero no me hizo caso. Caminó por el pasillo con ellos y llegó al ala, pero como ésta estaba mojada y resbaladiza, al pisarla soltó su equipaje. Recuperé el bolso del agua.
En ese momento tenía un pie dentro del avión y el otro sobre el ala, y apenas podía guardar el equilibrio. La lancha salvavidas inflable del avión estaba casi llena. Las alas estaban repletas de gente que, como yo, luchaba para mantenerse de pie.
Una mujer no podía saltar a la lancha porque llevaba en brazos a su bebé, de nueve meses. Tenía miedo de pasárselo a otra persona. Le dije que se lo lanzara a las mujeres que se encontraban en la lancha, a poco más de un metro de distancia, pero ella se negaba a soltarlo.
La mujer podría resbalar muy fácilmente sobre el ala mientras sujetaba al bebé, y si éste caía al río helado, seguramente moriría. Aquella tarde la temperatura en Nueva York era de 11°C bajo cero, y la del agua estaba apenas por encima del punto de congelación. Nadie podría sobrevivir más de 15 minutos en ese agua; sin embargo, la mujer finalmente pasó al niño a los ocupantes de la lancha, y luego ella saltó para ponerse a salvo.
La corriente del río era muy violenta y temía que volcara la lancha, así que me agarraba ak bote con una mano y al avión con la otra. Unos siete minutos después, llegó un remolcador y la tripulación lanzó una cuerda a la lancha, pero cuando el barco retrocedió para dirigirse a la orilla, golpeó al avión. Éste se giró y sentí un chorro de agua helada sobre la espalda. Recordé al Titanic, y cómo se hundió en aguas gélidas. Tengo que bajarme del ala, pensé.
Pronto llegaron más barcos. Salté al agua y traté de nadar hacia ellos, pero no tenía fuerza en las piernas y sólo avancé unos metros. Finalmente, dos hombres me agarraron de los brazos y me subieron a un transbordador.
Alguien me gritó: “¡Tiene que levan-tarse y caminar! ¡No deje de moverse!” Me puse de pie, pero no tenía equilibrio. Apenas podía mover las piernas y me moría de frío. Aunque ya estaba fuera del agua, sabía que aún podía morir de hipotermia.
Cuando llegamos al muelle, seguía congelado desde la cintura a los pies, y mi presión arterial había subido peligrosamente. Más tarde los socorristas me dijeron que la sangre me había pasado de las piernas al corazón y al cerebro, por lo que había tenido riesgo de sufrir un infarto o un ataque de apoplejía.
En el hospital, las enfermeras muy pronto descubrieron que mi temperatura corporal era demasiado baja: unos 34,8°C. Me envolvieron en una manta caliente. En ese momento entró el capellán del hospital, y por primera vez perdí la compostura. Rezamos juntos y hablamos un largo rato.
Desde el día del accidente, mi familia ha cambiado mucho y para bien. Mi hija mayor, Chelsey, tiene 17 años. A esa edad, una chica no suele preocuparse demasiado por sus padres. Sin embargo, le dijo a un periodista: “Me siento más agradecida que nunca de que mi padre esté vivo”. Mi segunda hija, Colleen, de 15 años, se ha acercado a mí más que nunca para decirme que me quiere. Su hermana Courtney, de 11 años, me abraza cada vez que me ve. Mi hijo Chance, de siete años, parece el menos afectado, pero una noche, cuando lo llevé a la cama, me preguntó qué era un amerizaje.
La mano de Dios nos protegió a to-dos. Él me dio el valor que necesitaba para ayudar a otros a salir del avión, y le dio al piloto, Chesley Sullenberger, la fortaleza para realizar un ameriza-je perfecto. Todos los que íbamos a bordo —155 pasajeros y cinco tripulantes— salimos con vida.
Hubo 160 héroes en ese avión, y muchos más en aquellos barcos, porque si todos no hubieran hecho exactamente lo que hicieron en la secuencia precisa, el desenlace habría sido totalmente distinto.
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