En el pueblo donde crecí, en Selangor (Malaisia), los hombres trabajaban todo el día en los arrozales, las mujeres se quedaban en casa y los niños jugaban y corrían descalzos.

Cuando yo tenía 12 años y mi hermana, Ayu, siete, mi familia pasó por un época difícil, ya lo que mi padre ganaba en sus dos trabajos —en una finca de cacao y una envasadora de arroz— no era suficiente.

Un día pensó que podría ganar más dinero recogiendo ratán en lo pronfundo de la selva para vendérselo a un fabricante de muebles local.

Mi madre temía que le fuera a atacar un tigre, pero él alegó que era mejor correr el riesgo que quedarse en casa sin nada que comer. Una mañana salió en su motocicleta a buscar ratán, así que Ayu y yo nos quedamos sin medio de transporte para ir al colegio, que estaba muy lejos. Encantada de quedarme en casa a jugar con mi hermana, le susurré, mientras despedíamos a mi padre en la puerta, que iríamos a coger renacuajos al estanque contiguo a nuestro patio para meterlos en un frasco y tenerlos como mascotas. Sonreímos llenas de emoción.

Sin embargo, nuestra alegría duró poco. Mi madre apareció de repente detrás de nosotras, con las manos en las caderas, y nos dijo:

—¿Qué hacéis aquí, niñas? Se está haciendo tarde. Vestíos.
—¿Para qué? —le pregunté.
—Para tu boda no, seguro —me dijo—. ¡Para ir al colegio, claro!
—Papá ya se ha ido y no podemos ir a la escuela caminando, si eso es lo que piensas —contesté.

Mi madre movió la cabeza y contestó:

—No vais a ir caminando. Os voy a llevar en la bicicleta de vuestro padre.

Miramos hacia el jardín y vimos la viejísima bicicleta, apoyada contra un árbol. El manillar estaba torcido y el pedal derecho no era más que una barra de hierro. Hacía mucho tiempo que nadie la usaba. Me pregunté si aún serviría.

Le dije a mi madre que la bicicleta debía de ser tan lenta, que cuando llegáramos a la escuela ya seríamos ancianas. Respondió que no me hiciera la graciosa, o me daría tal tirón de orejas que me las dejaría ardiendo.

Ayu comentó que se moriría de vergüenza si iba al colegio subida en ese cacharro, y mi madre le replicó que no recordaba haber adoptado a la hija del primer ministro.

—Hoy vais a ir al colegio en esa bicicleta —dijo con firmeza, y ahí acabó la discusión.

Completamente abatidas, nos pusimos los uniformes y, en protesta por aquella imposición dictatorial, Ayu empezó a caminar de un lado a otro, dando pisotones al suelo.

Entonces mi madre me susurró:

—Si no para de zapatear, la casa se vendrá abajo y tendremos que vivir bajo un platanero durante el resto de nuestros días.

Yo sabía que estaba tratando de hacerme reír. Intenté mantenerme seria para que entendiera que seguía enfadada, pero no pude.

Cuando terminamos de vestirnos, mi madre ya esperaba delante de la puerta, montada en la vieja bicicleta.

—¡Subid, niñas! —dijo en tono alegre—. ¡Poneos cómodas!

Nos sentamos en la rejilla de atrás, pero como era demasiado pequeña para las dos, la mitad de mi trasero quedó suspendido en el aire.

Entonces nos pusimos en camino. La bicicleta rechinaba tanto, que la gente se volvía para buscar la fuente del ruido, y a Ayu y a mí se nos caía la cara de vergüenza.

Como los neumáticos estaban casi desinflados, dábamos enormes saltos en el asiento al pasar por todas las piedras y los baches del sendero. Le dije a mi madre que íbamos a terminar estreñidas.

—Podrían mandarte a la cárcel por estropearnos el aparato digestivo —agregó Ayu con voz temblorosa.

Muerta de risa, mi madre respondió que jamás había oído algo así, y añadió que el estreñimiento no era tan malo comparado con otras enfermedades que hay en el mundo.

Veinticinco minutos después, por fin llegamos al colegio. Las clases ya habían empezado. Saltamos al suelo y nos tocamos la magullada espalda y el dolorido trasero. Entonces le advertimos a mi madre que era la última vez que nos subíamos a aquella bicicleta: preferíamos ir caminando.

Ella se inclinó para acariciarnos un poco y luego dijo:

—Siento mucho que lo hayáis pasado mal en el viaje, pero no quiero que perdáis clases. No quiero que mis hijas acaben como yo, casi sin educación, así que entrad y estudiad mucho por mí. ¿Lo haréis?

Nos dio dinero para la comida, y le besamos la mano en señal de respeto, como hacíamos todas las mañanas antes de salir de casa con mi padre para ir al colegio. Pero esta vez, cuando mis labios se posaron sobre su mano, percibí un sabor a sal: mi madre estaba bañada en sudor. Al mirarla de cerca noté que tenía el rostro enrojecido y brillante, y que su baju kurung —el vestido tradicional, blanco con florecillas azules— estaba mojado. Mi madre respiraba con esfuerzo y su pecho subía y bajaba.

Entonces comprendí: mientras mi hermana y yo no habíamos hecho más que quejarnos del incómodo viaje en la bicicleta, ella no paró de luchar por seguir avanzando.

Sentí que se me partía el corazón. No podía entender por qué mi madre había insistido en llevarnos al colegio cuando podía haberse quedado en casa a descansar.

Entonces, mientras caminaba hacia la puerta del colegio, las palabras que mi madre solía decirnos se repitieron en mi mente: “Mis razones son más fuertes que las tuyas. No te molestes en tratar de entenderlo. Yo sé lo que te conviene porque soy tu madre”.

14
¿Te ha gustado este artículo?Vota

Más popular en Mi historia

  1. Asignatura pendiente
  2. De tú a tú
  3. Negocio nupcial

Más Revista

Hacer un comentario

Nombre*
E-mail
Comentario*

Favoritos de la semana

Recetas y Cocina

Focaccia con tomate y perejil

Alimentación saludable

Fuentes Naturales de Vitaminas

Consejos Prácticos

Aceite vegetal

Útil para tod@s

Eureka: ¡Lo encontraron!

Consejos de salud

Dispositivos que salvaran vidas

Medicina Natural

Algarrobo

Se busca: ¡Una buena historia!

Escríbanos y podrá ganar:

90€ por cada historia verídica e inédita que sea publicada en ¡Qué cosas!.
60€ Por lo que se publique en GajesNiños o Comedia Estudiantil.
30€ por cada texto publicado en Risas.

Envíenos