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El padre Pedro Opeka y yo acordamos vernos durante su última visita a Eslovenia, en diciembre de 2008. Nos reunimos un día antes de que Alojz Uran, arzobispo de Liubliana, le entregara a Opeka el Premio San Cirilo y San Metodio por su excepcional labor misionera, educativa y humanitaria.

Confieso que estaba muy nerviosa, pues respeto mucho a este gran esloveno. Llamé a la puerta, y me sorprendió que él mismo la abriera.

—Hola, ¡qué puntual eres! —me dijo—. Eso es bueno… y raro.

Al mirar a este afable hombre de ojos azules, mi ansiedad se disipó en un instante, pero mi admiración se hizo aún más intensa. Me habría muerto de vergüenza si hubiera llegado tarde a mi entrevista con el padre Opeka, quien ha salvado a miles de niños de los basureros de Madagascar y cuyos logros a menudo se comparan con los de la madre Teresa.

Pedro Opeka nació el 29 de julio de 1948 en San Martín, localidad del Gran Buenos Aires. Desde pequeño aprendió el oficio de albañil de su padre, y con su trabajo ayuda-ba a su familia a escapar de las garras de la pobreza. De algún modo, sigue siendo un albañil, ya que suele participar en la construcción de edificios de apartamentos y les enseña sus habilidades a los trabajadores. Se supone que sólo debe supervisar las obras, pero no le gusta estar sin hacer nada, lo cual revela su manera de ser.

Opeka tenía sólo 15 años cuando decidió ser sacerdote. Ingresó en un seminario lazarista, pero dice que también quería ser jugador profesional de fútbol. Me dio curiosidad saber cómo se puede combinar el deporte con la religión. “Cuando decidí ser sacerdote, me pregunté cómo podría establecer una conexión con la gente”, explicó. “Yo nací en Buenos Aires, y allí uno conoce a muchísimas personas en las canchas de fútbol. Hay más de 15 estadios, y a cada partido asisten entre 5.000 y 100.000 aficionados. Yo quería acercarme a toda esa gente, y por eso deseaba ser un sacerdote futbolista, pero mis superiores en el seminario me dijeron que era imposible. Tal vez ahora las cosas sean diferentes”.

Aunque su sueño de ser futbolista no se hizo realidad, se las arregló para seguir practicando ese deporte. Esto le pemitió convivir con la gente, sobre todo con los niños pobres, que significaban mucho para él. Cuando, en 1975, se ordenó como sacerdote y fue nombrado obispo del pueblo de Vangaindrano, en el suroeste de Madagascar, el fútbol se convirtió en su medio de comunicación con los vecinos, ya que en ese momento aún no hablaba malgache. “Era el primer hombre blanco al que veían jugar al fútbol, así que hice muchos amigos de esta manera”, cuenta Opeka, riendo. “Fue una suerte que estuviera en buena forma, ya que jugar al fútbol bajo el calor tropical no es cosa de niños. Si quieres jugar un partido a las 2 de la tarde y a 40°C, tienes que aguantar muchísimo”.

En 1989, el padre Opeka fue nombrado director del seminario lazarista de Antananarivo, la capital de Madagascar. En esa época, más de 100.000 personas vivían en el basurero de la ciudad, en casuchas de madera y plástico sujetas con palos. Hurgaban entre los desperdicios en busca de comida o de algo que vender. Todos, sin excepción, estaban desnutridos y tenían que pelear con los perros por los mendrugos.

Opeka se conmovió profundamente al ver tanta pobreza. En 1990, fundó la Asociación Akamasoa, palabra que significa “buenos amigos”. El Gobierno malgache donó terrenos a la organización cuando se inauguró. Con ayuda de voluntarios, Opeka empezó a construir albergues para la gente sin hogar. Muy pocas personas sabían que la camioneta que utilizaba para rescatar a la gente de los basureros había sido comprada con donativos de ciudadanos eslovenos.

Cuando Opeka comenzó esta tarea, un amigo suyo le dijo que era imposible vivir más de dos años con los pobres; sin embargo, Akamasoa ya lleva más de 20 funcionando. Muchos de los niños que se criaron literalmente entre la basura ahora son adultos con títulos universitarios; muchos otros terminaron el bachillerato y tienen trabajo, y algunos dan clases en las escuelas construidas por Akamasoa y comparten sus conocimientos con las nuevas generaciones. Las metas de Opeka no se limitaban a dar de comer a los pobres. También quería darles dignidad humana y ayudarlos a tomar las riendas de su vida, en beneficio propio y de sus familias.

Cuando Akamasoa fue fundada, muchos vaticinaron que sus objetivos no se alcanzarían. Se equivocaron: por lo menos el 80 por ciento de las personas que antes carecían de un hogar ahora llevan una vida normal y digna. La asociación no sólo les permite habitar en casas y pisos, sino que también da trabajo a 3.500 de ellas o les consigue trabajo. Además, les compra herramientas y les paga los gastos de traslado a las que deciden volver a sus pueblos para vivir del campo. Hasta el día de hoy, 1.350 familias han regresado al campo.

“Cuando logré establecer contacto con esta gente, les dije que hay tres cosas básicas sin las cuales es imposible progresar: trabajo, educación y respeto a las leyes de la comunidad”, cuenta Opeka. Sin embargo, era muy difícil lograr esto en lugares donde reinaban la pobreza, la ignorancia, la delincuencia y la violencia. Opeka, que conoce bien a los malgaches, los definió así: “Son muy fatalistas, tanto que al principio me decían que no se podía hacer nada, que su destino era vivir en el basurero y el de sus hijos también”. Pero ese lugar había matado a miles de niños que vivían allí, por la falta de higiene y las enfermedades, así que Opeka y sus colaboradores tuvieron que convencer a la gente para que creyera que su vida podía cambiar, que ése no era su destino.

Un día típico de trabajo de Opeka y su equipo es agotador... y peligroso. Los han asaltado tres veces mientras realizaban su trabajo. En una de ellas, una banda de 18 hombres armados los despojó del dinero con el que iban a pagar a 4.000 personas. Otra calamidad ocurrió justo cuando acababan de construir un poblado de 158 casas. Esa noche, un anciano dejó encendida una vela por descuido, la cual cayó sobre una pila de plásticos. Como todas las casas tenían techo de paja, se quemaron completamente.

Hace seis años, el padre Opeka y sus colaboradores tuvieron que hacer frente a un brote de cólera: 248 personas enfermaron y 11 murieron. “Estaba muy asustado”, admite el misionero. “Visité a los enfermos para darles ánimos, y enterré a los muertos. Les ofrecí todo mi apoyo”.

La gente que vive en los Pueblos de Esperanza de Akamasoa llama “hermano” y “amigo” al padre Opeka; después de todo, él se acercó a ellos y les tendió la mano sin hacerlos sentir jamás que era superior; sin embargo, le exigió mucho tiempo y esfuerzo ganarse su confianza.

“No vine a Madagascar en busca de poder, sino de hermandad y amistad”, dice. “No vine a imponer a la gente la cultura occidental. He aprendido su lengua, sus costumbres y su mentalidad. Me siento feliz y agradecido de que sepan por qué vine aquí, y de que ahora seamos tan cercanos. Todavía nos falta hacer mucho para lograr que entiendan lo que realmente significa la responsabilidad, tanto con ellos mismos como con sus familias”.

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1 Comentarios

Alicia Catalina on 07 Febrero 2010 ,11:07

Es muy lindo y ejemplar lo que hace este sacerdote en un país que pudiendo estar mejor, viven de la peor manera posible, con excepción de unos pocos poderosos, a los que no les importa nada la mayoría de la pobre gente, que debe su estado nada más ni nada menos que a esos pocos que se enriquecieron a costa de la pobreza y de la ingnorancia. Además está el hecho de que tienen inculcado siglos de mentalidad pasiva y fatalista. Es difícil luchar contra eso, pero se puede lograr. Hay que enseñar a la gente que son personas, y que por el simple hecho de serlo, merecen vivir mejor y que lo pueden lograr gracias a su propio esfuerzo a a la cooperación mutua.

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