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Wafaa Huseini dio a luz a una niña, perfectamente formada y exquisita, con pómulos altos y ojos oscuros. Noor era su octava hija, y el milagro de lo que había creado llenaba de orgullo y alegría a la madre.

Pero la felicidad pronto dio paso a una gran preocupación. El bebé parecía estar luchando por vivir. Apática y febril, casi siempre estaba pálida y le faltaba aliento. Wafaa la llevó a una clínica, donde un ultrasonido de corazón reveló un problema que llenó a la madre de angustia. Un agujero en la pared que separa los dos ventrículos del corazón permitía que la sangre de Noor tomara un atajo en vez de transportar oxígeno a todo el organismo. Este agujero podía repararse por medio de una operación compleja y cara, pero Wafaa estaba desesperada. Ella y su marido, Samih, mecánico de coches, tenían la mala suerte de vivir en lo que era quizás el peor domicilio del planeta: Gaza.

En esta pequeña franja de tierra embutida entre Israel y el mar, 1,4 millones de palestinos luchaban tensamente por su existencia. El movimiento islamista Hamás había tomado el poder y lanzado misiles a Israel mientras que éste respondía obstruyendo el abastecimiento de alimentos, agua, combustible y material médico.

Al principio, los médicos aconsejaron esperar, porque a veces los agujeros se cierran solos. Noor tenía algo más de un año cuando, increíblemente, tuvo una segunda desgracia. Wafaa notó que el ojo izquierdo del bebé crecía y brillaba más. Era cáncer. Extirparon el ojo a la pequeña después de un ciclo de quimioterapia, pero el tratamiento le afectó los vasos sanguíneos, lo que redujo aún más el flujo de sangre. Cuando Noor llegó a los tres años era obvio que su corazón no resistiría mucho tiempo más. Sin una operación a corazón abierto, la niña estaba perdida. Pero en toda Gaza no había un cirujano de corazón.

Quedaba una pequeña y lejana esperanza. Un grupo de cardiólogos y cirujanos de corazón voluntarios, llamado Salvemos el Corazón de un Niño (SACH, por sus siglas en inglés), opera a decenas de chicos palestinos y árabes todos los años. Pero estaban en Tel Aviv, y con la violencia entre Israel y Hamás, los problemas de trasladar a Noor a Israel parecían insuperables. Pero Wafaa no lo dudó: nada era más importante que la vida de su hijita. Su médico se puso en contacto con SACH y pronto, ante la incredulidad y alegría de Wafaa, Noor fue aceptada como paciente.

Cuando la mujer se preparaba para el viaje, una tercera desgracia cayó sobre ellos. La puerta a Israel se cerró. Provocados por el repetido bombardeo y fuego de cohetes de Gaza, los israelíes invadieron con una fuerza devastadora. Bombas, proyectiles y misiles llovían sobre las abarrotadas calles de Gaza. Mientras Wafaa y Samih buscaban escasas provisiones de judías, mantequilla y hummus para alimentar a su familia, la situación de Noor iba empeorando. Sin electricidad ni gas, Wafaa cocinaba sobre un fuego de leña en la calle que estaba fuera de su piso en una tercera planta. Rezaba para que el combate terminara a tiempo para salvar a Noor. El 25 de enero cesó. Antes de dejar las calles llenas de escombros de Gaza, Wafaa recorrió las tiendas en busca de la única cosa de la que su hija se había prendado. Con el regalo sorpresa guardado en su bolso junto con los preciosos permisos para viajar, Wafaa cruzó el puesto de control con Noor en brazos y entró en Israel.

En un cuarto en penumbra en el Hospital Wolfson de Tel Aviv, los nueve especialistas del corazón y enfermeras de SACH están reunidos para hacer la revisión semanal de sus próximos casos. En una pantalla se proyecta un ultrasonido del esforzado corazón de Noor. “Esta niña está muy enferma”, informa la cardióloga Akiva Tamir.

Destellos de colores rojo y azul en la imagen indican el caótico flujo de sangre del corazón. El cirujano Lior Sasson sopesa las complicaciones. “Puedo arreglar esto, pero tenemos que trabajar rápido”, anuncia.

Unos pasillos más allá, Wafaa y Noor comparten una habitación en el pabellón pediátrico con otras madres y niños enfermos árabes de Gaza, Irak y Cisjordania. A la usanza musulmana, las mujeres llevan largas túnicas negras con coloridos chales en la cabeza. En otro cuarto hay niños a los que SACH ha traído en avión de Zanzíbar y Kenia. Todos se mezclan e intercambian sonrisas con pacientes y padres israelíes.

Adorable con su pijama y lazos rosas que le sujetan su bonito pelo castaño, Noor se muestra tímida y nerviosa. Para animarla, Wafaa saca el regalo. Resplandeciente, Noor lo abre. Dentro hay un par de zapatos de baile, cubiertos de lentejuelas doradas que brillan en la luz. Extasiada, Noor se los pone y se niega a quitárselos, incluso en la cama.

El lunes, muy temprano, la cama de Noor está vacía y los zapatos dorados están en el bolso al hombro de Wafaa. La niña, sobre una camilla, se dirige al quirófano. Wafaa observa estoicamente cuando las puertas se cierran detrás de su hija. Se vuelve con una oración en los labios.

En unos instantes se cierra el único ojo de Noor: la niña duerme profundamente. Le cubre la cara una mascarilla conectada a los tubos de respiración. Unos sensores sujetos a cada dedo gordo del pie están enchufados a monitores que muestran la frecuencia cardiaca, la temperatura y otras estadísticas. Le pintan el pecho desnudo con yodo y luego se lo envuelven en ropa quirúrgica verde y estéril. Sólo queda expuesto un pequeño cuadrado encima del corazón.

El cirujano Lior Sasson, de 53 años, se deja poner una bata azul estéril que le atan por detrás. Hombre corpulento de brazos fuertes y pelo gris que le sobresale del elástico de su gorro quirúrgico, Sasson se formó como cirujano en Chicago y trabajó cinco años como capitán de un barco patrulla de la armada israelí. Entre el equipo médico de 11 personas hay judíos, cristianos y musulmanes. Sasson ajusta las gafas de aumento adheridas a un casco junto a un poderoso foco y a una cámara pequeña que alimenta imágenes a una pantalla grande que se encuentra en un extremo de la habitación. El disco favorito de música “chanson” de Sasson suena suavemente de fondo. El equipo lleva años escuchándola y canturrea en voz baja.

Cada operación cuesta cerca de 10.000 dólares (cerca de la mitad del coste real), así que el equipo SACH reúne 2,5 millones al año de filántropos y fundaciones en Israel, Unión Europea y Estados Unidos. La operación de Noor la está pagando la organización Cristianos Unidos por Israel, de Texas, y Shevet Achim, una organización cristiana con sede en Jerusalén que se ocupa de hacer pasar a niños árabes como Noor por los puestos de control fronterizos hasta llegar a SACH.

Las recompensas por lo que hacen son fascinantes. Niños de todo el mundo llegan al hospital como muertos vivientes, y salen tres o cuatro semanas después felices y fuertes; los mayores incluso llevando sus maletas. “Cuando ponemos una sonrisa en la cara de una madre, es algo fuera de este mundo”, dice Sasson. “Y si esto significa un paso en favor de la paz mundial, también es algo bueno”.

En el quirófano, Sasson alarga una mano y una enfermera le pasa un bisturí eléctrico. Hay un olor repentino y penetrante a carne quemada cuando Sasson abre la piel del pecho de Noor; la cuchilla al rojo vivo cauteriza los vasos sanguíneos a medida que avanza. Luego un zumbido agudo llena la habitación cuando el esternón de la niña es abierto por una sierra quirúrgica. Unas pinzas de acero brillante separan los dos lados de la caja torácica. Y allí, brillando como una caja de cambios de color rosa en un charco de aceite transparente para motor late el crecido corazón de Noor. El ventrículo izquierdo es enorme y color rosa; la aurícula derecha se ve marchita y morada.

Un chorro de sangre rocía la vestimenta azul de Sasson cuando corta la frágil aorta y la conecta a una máquina corazón-pulmón. Se conecta otro tubo a la arteria pulmonar. A un gesto de cabeza del cirujano, las bombas rotadoras de la máquina lentamente absorben la sangre del corazón de Noor y desempeñan su función. En los monitores, el gráfico muestra la actividad del corazón pasa a ser una línea plana.

Cuando el corazón vacío está inmóvil, Sasson le hace un corte profundo e inserta agujas curvas sujetas a hilos con pesos que mantienen separados los lados. La cavidad parece el pico abierto de un pajarito hambriento en su nido. El cirujano sondea su “garganta” y encuentra el agujero. Es enorme, como de una quinta parte del tamaño del corazón. Tras servirse de unas pinzas a modo de pluma y mojar las puntas con sangre como si fuera tinta, Sasson dibuja un círculo de 1,25 centímetros en un trozo de Gore-Tex blanco estéril y lo recorta. Se recurre a este tejido para ropa que se usa a la intemperie porque el cuerpo no la rechaza. Con delicadas y microscópicas suturas hechas con ayuda de agujas pequeñas e hilo del grosor de un pelo, el cirujano cose el parche en el agujero y luego cierra el corazón.

—¿Listos? —pregunta Sasson.

Todo el mundo contiene el aliento. Sasson pide el desfibrilador y coloca las dos “paletas” a cada lado del corazón. Luego aprieta un botón con el pulgar y envía una descarga eléctrica a través de los músculos del corazón. Observa detenidamente la pantalla del monitor y sonríe cuando ve el patrón de un ritmo cardiaco normal. Con un ecotranspondedor deslizado por la garganta de Noor hasta el pulmón con ayuda de hilo, otra doctora hace un escáner de cerca. Las imágenes de la pantalla no muestran fuga de sangre.

—Muy buen trabajo: ¡maravilloso! —informa.

De aquí a unos meses, el parche de Gore-Tex estará cubierto por el propio tejido de Noor y deberá de funcionar normalmente toda su vida.

Sólo dos días después Noor está sentada en su cama en la unidad de cuidados intensivos. Sonriendo tímidamente, mete la mano en el bolso de Wafaa, saca sus zapatos dorados y su madre se los pone.

La pasada primavera, otro sueño se hizo realidad para Noor. Acudió a un hospital en Haifa para que le adaptaran un ojo artificial en la cuenca vacía. Ahora vuelve a ser preciosa.

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