
Reciclando zapatillas
Con zapatillas de deporte recicladas, los niños sin recursos pueden llegar a lugares donde sólo en sueños podrían ir.
Por Sally Schultheiss
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Greg Woodburn, estudiante de segundo curso en la Universidad del Sur de California, pasa gran parte de su tiempo libre lavando zapatillas de deporte. Algunas son suyas, y otras, de sus amigos y conocidos, pero muy pronto tendrán nuevos dueños: niños de escasos recursos de Estados Unidos y de 20 países más, gracias a la organización benéfica Share Our Soles (S.O.S., sus siglas en inglés: “Compartamos nuestras suelas”), fundada por él.
Cuando estaba en el instituto, este joven vecino de la ciudad costera de Ventura, en California, era una estrella del atletismo, pero una racha de lesiones en la cadera y las rodillas lo mantuvo alejado de las pistas durante meses. “Empecé a darme cuenta de todos los beneficios que obtenía al correr: salud, amistades, seguridad en mí mismo”, cuenta. “Pero luego pensé que hay muchos niños que no tienen ni zapatillas”.
Greg recopiló las zapatillas ligeramente desgastadas que tenía en casa y pidió a sus compañeros de la facultad y después a toda la ciudad que donaran algunas. Su meta era reunir 100 pares para la Navidad de 2006, pero cuando llegó a los 500 pares, decidió mantener la colecta durante todo el año.
Al principio Greg colocó cajas de colecta en las instalaciones de una asociación y en una tienda deportiva de la localidad, e iba de casa en casa con sus amigos para recoger las zapatillas donadas. Hoy día también recopila deportivas en dos institutos, en el gimnasio y en la zona recreativa de la Universidad del Sur de California, y en las pistas de atletismo de todo el condado. Además, ha comenzado a recibir donaciones de zapatillas para adulto y sandalias. Hasta la fecha, S.O.S. ha recolectado y donado más de 3.200 pares.
Greg se ha encargado de limpiar casi todos esos pares (en época de exámenes le ayudan sus padres y sus compañeros). “Mucha gente cree que es un trabajo sucio, pero a mí me gusta hacerlo”, afirma. “Me inspira. No es una tarea que quiera delegar en nadie más”. Después de clasificar las zapatillas por talla, separa los pares más resistentes para meterlos en la lavadora, y pone los más desgastados en una caja para reciclaje. Luego apila los demás junto al fregadero de su cocina y, con un cepillo y líquido de lavavajillas, se pone a trabajar. “Mientras estoy lavando las zapatillas, trato de imaginar quién recibirá cada par”. Tarda unos cinco minutos en lavar cada uno, y calcula que lava 100 pares en una sola tarde. “Procuro dejar bastante tiempo para esta tarea”.
Para entregar los zapatos a los beneficiarios, Greg unió fuerzas con Sports Gift, una organización sin ánimo de lucro que dona equipo de fútbol y béisbol a niños de todo el mundo. Keven Baxter, su fundador y presidente, señala: “Les enviamos balones, zapatos y tobilleras a los niños, y hemos sabido que muchos de ellos no tienen más calzado que esas zapatillas de fútbol. Los usan para ir al colegio y para ayudar en su casa, así que las zapatillas que Greg nos manda son una excelente contribución para nuestra labor benéfica”.
En algo menos de tres años, Greg ha abierto tres centros de donación de su organización: el original en su ciudad, otro en la Universidad del Sur de California y uno más en la Universidad de la Santa Cruz en Massachusetts, este último en enero de 2009, después de que un estudiante le escribiera para unirse a su labor. La página web de S.O.S. (shareoursoles.org) lleva la cuenta de los pares de zapatillas que han sido lavados y entregados a los beneficiarios hasta hoy, y también vende muñequeras y calcetines de deporte (los beneficios se destinan a la compra de zapatos y calcetines nuevos para los niños).
Para muchos de los beneficiarios, los zapatos han representado un gran cambio de vida. Dos niños del sur de California antes iban al colegio en días alternos porque compartían un solo par de zapatos, remendados con cinta adhesiva. A uno de ellos le quedaban demasiado grandes, y al otro, demasiado pequeños. Gracias a S.O.S., ahora cada hermano tiene su propio par. Los dos van al colegio todos los días, y esperan con ganas la hora del recreo para jugar. Cuando crezcan y terminen el colegio, dicen, también quieren ayudar a los niños pobres, igual que Greg les ayudó a ellos.
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