Atrapado sin salida
Se vio envuelto en un incendio en mitad de la autopista
By Cathy Free
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El reloj marcaba las 12:30 de la mañana, pero Fred Gonzales pensó que era medianoche. ¿Qué está pasando aquí?, se preguntó mientras encendía los faros y reducía la velocidad de su camión de carga. Inclinándose sobre el volante, echó un vistazo por el parabrisas: delante había una densa nube de humo negro, y casi no podía distinguir las líneas de la autopista en Utah, Estados Unidos.
Una ojeada por los espejos laterales reveló la misma oscuridad detrás de él. Ya no podía dar marcha atrás; tenía que seguir avanzando. De repente, entre el humo vio un destello anaranjado: un incendio que se había desatado en la montaña, a su derecha, había llegado a la carretera y lo había envuelto en llamas. La ráfaga sacudió la cabina del camión, de 16 metros de largo y 40 toneladas de peso, e hizo que el remolque se balanceara. Por las rejillas de ventilación entró humo, y Fred redujo aun más la velocidad. ¡Dios mío, me voy a morir abrasado!, pensó.
Desde que su padre le permitió acompañarlo en sus viajes por carretera cuando era niño, Fred cogió gusto a los camiones grandes. Le encantaba sentarse en la cabina, y ver salir y ponerse el sol en tramos de camino que cambiaban cada día. Pero en 1992, cuando empezó a trabajar como transportista independiente (tras haber hecho de todo, desde esquilar ovejas hasta fabricar anuncios lumínicos), tardó meses en acostumbrarse a pasar tantas horas solo en su camión.
Ahora, a sus 49 años y con dos hijos adultos, disfrutaba de esa rutina. Dos veces al mes se despedía de su mujer, Ernestine, y hacía viajes en los que transportaba de todo, desde galletas hasta papel periódico. Cuando se sentía solo, llamaba a Ernestine por su teléfono móvil.
Fred, natural de Colorado, había empezado este viaje cerca de Salt Lake City, donde había recogido un cargamento de desinfectantes para piscinas. Tras beber una taza de café en el hostal donde había pasado la noche, miró su reloj: era el sábado 7 de julio de 2007. Mi día de suerte, pensó. Esa mañana no habría mucho tráfico en la interestatal 15, de manera que podría entregar el cargamento a tiempo el domingo, en California.
Mientras se dirigía hacia el sur por la carretera, vio cómo una fina niebla envolvía las montañas. Va a hacer calor, pensó. Encendió el aire acondicionado y sintonizó su emisora de radio preferida.
Tres horas después, justo al pasar un pueblo, notó algo raro: una decena de camiones de bomberos aparcado en el lado opuesto de la carretera. Los bomberos estaban de pie junto a la valla, mirando hacia el oeste. ¿Estarán practicando maniobras?, se preguntó Fred. No había oído noticias sobre ningún incendio forestal en la radio. Vio humo a lo lejos, en el oeste, pero parecía estar a varias millas de distancia.
Varios coches lo adelantaron por la derecha. Fred cambió de velocidad para poder remontar una cuesta. Cuanto más subía, menos cielo azul veía. El humo comenzó a extenderse como niebla por la carretera. De pronto una caravana se detuvo en seco delante suyo y lo obligó a dar un brusco viraje hacia el carril derecho. El humo era ahora negro y denso.
Fred había conducido muchas veces bajo nevadas, pero nunca a oscuras en pleno día. Haciendo esfuerzos para ver la carretera, redujo la velocidad a 40 kilómetros por hora. Instantes después oyó un silbido muy fuerte (“como si alguien encendiera una caldera”, recuerda) y el camión empezó a incendiarse. Las llamas envolvían los neumáticos, y salían por los ejes y las rejillas de ventilación. El fuego y el viento rugían por todas partes, derribando árboles y abrasando la maleza. Si el camión se para, estoy muerto, pensó Fred, Tenía que seguir conduciendo.
El incendio había empezado el día anterior a causa de un rayo, y ahora, avivado por la maleza reseca, se extendía rápidamente por el desierto. Más de 500 bomberos trabajaban sin descanso para controlar el fuego, que seguía creciendo. En pocos días se convirtió en el incendio forestal más destructor en la historia la zona: había destruido 147.000 hectáreas, en su mayor parte deshabitadas.
Lo peor ocurrió la tarde del 7 de julio, mientras Fred remontaba la cuesta en las afueras del pueblo más cercano: rachas de viento de 77 kilómetros por hora llevaron el fuego hacia la carretera: arrasó varias construcciones y casi alcanza a una gasolinera.
El policía Chad McWilliams estaba arbitrando un partido de béisbol infantil en su día libre cuando sonó su teléfono móvil.
—El incendio ya ha llegado a la autopista —le informó el operador—. Estamos llamando a todos para que ayuden a cerrar la carretera.
Eso es un tramo de casi 160 kilómetros, pensó McWilliams.
Se dirigió rápidamente a su casa y subió al coche patrulla. Mientras conducía hacia la confluencia de dos autopistas, vio a lo lejos lo que parecía ser una tormenta eléctrica. Pensó: Sólo nos faltaba esto: más rayos. Sintió escalofríos al percatarse de que las enormes nubes eran de humo. Detuvo el coche y se unió al agente Chuck Collings para desviar el tráfico de la autopista. Miró su reloj: eran casi las 12:30. En pleno mediodía, necesitaba una linterna para ver.
“¡Vamos, vamos, no me falles!”, dijo Fred con la mano en la palanca de cambio y el pie apoyado firmemente sobre el acelerador. Se había dado cuenta de que si mantenía el camión en quinta velocidad y no bajaba de 40 kilómetros por hora, podía seguir avanzando aunque el motor estuviera en llamas. El fuego lo rodeaba por todas partes. Es como conducir por el infierno, pensó. Aunque el vehículo funcionaba con diésel, menos volátil que la gasolina, Fred sentía irradiar el calor por la puerta y el suelo de la cabina, hecha de fibra de vidrio, así que pensó que el fuego le llegaría en cuestión de minutos. Tosiendo y luchando por respirar, trató de mantener la calma.
Echó un vistazo a una fotografía de su mujer que siempre llevaba en el camión. Tienes que volver a casa con ella, pensó. Quería llamarla por el móvil y decirle que la quería, pero temía quitar la vista de la carretera.
Como hipnotizado, vio las llamas que bajaban de la montaña y envolvían la carretera y el camión. Habían pasado sólo 15 minutos desde que empezó a remontar la cuesta, pero le parecieron una eternidad. De pronto se encendieron unas luces de alarma en el salpicadero: el motor se pararía en cualquier momento.
De repente, Fred vio menos humo en la carretera. ¿He dejado atrás el fuego?, se preguntó. Sea como fuere, debo salir del camión. Redujo la velocidad y giró el volante para echarse a un lado; una vez que se detuvo, apagó el motor y abrió la puerta. El manillar le quemó la mano. Haciendo caso omiso del dolor, saltó al pavimento caliente y corrió entre el humo sin más protección que la camiseta y los pantalones cortos que llevaba puestos. Al mirar atrás, vio que la cabina del vehículo ardía en llamas.
Fred estaba tosiendo y escupiendo ceniza cuando una furgoneta con matrícula de California se detuvo junto a él. Un hombre bajó la ventanilla y dijo:
—¡Rápido, suba!
En el asiento trasero estaban dos niños pequeños, muy asustados. Su madre iba al volante, temblando.
—Vaya atrás con los niños, señora —le dijo Fred—. Soy conductor de camión. Puedo sacarlos de aquí.
—Está bien —accedió la mujer.
Fred ocupó su lugar, cerró la puerta y arrancó. Condujo a más de 100 kilómetros por hora a través del humo, que de nuevo cubría la carretera. Tras recorrer unos 20 kilómetros, vio destellos de patrullas más adelante, en el cruce de dos carreteras. Se detuvo en el carril de emergencias, y el agente McWilliams se acercó rápidamente con su linterna.
—¡No se detenga! —gritó.
Fred bajó y le explicó que su camión estaba atrás, en mitad del incendio. El policía le permitió quedarse.
—Pero es mejor que ustedes sigan adelante —le dijo a la pareja.
Tras darles las gracias y verlos seguir su camino, Fred se percató de que no les había preguntado sus nombres. Deseó haberlo hecho. En todos sus años de viajar por carretera, se había detenido muchas veces para ayudar a conductores a causa de accidentes o por mal tiempo.
—Gracias a Dios que esas personas se detuvieron para ayudarme —le comentó a McWilliams.
Mientras el fuego se concentraba en el lado izquierdo de la carretera, el policía pensó que podría haber otros conductores atrapados, sin poder avanzar debido al humo. Fred se ofreció a dirigir el tráfico mientras el agente conducía su coche hacia el incendio; pronto escoltó hasta un lugar seguro a varias personas, entre ellas a la pareja de la caravana que se había detenido en seco y obligado a Fred a hacer un brusco viraje. Se habían refugiado bajo un paso elevado para escapar de las llamas.
Otros no tuvieron suerte: Rex Redmon, de 68 años, y su mujer, Mary Ann, de 65, de California, quienes viajaban en motocicleta, murieron arrollados por un conductor que no les vio debido al humo.
Horas después McWilliams llevó a Fred a ver los restos aún humeantes de su vehículo. El camión, valorado en unos 30.000 euros, estaba siniestro total. Aunque tenía otros dos camiones en casa, Fred lo lamentó mucho porque aquél era su favorito. Tras registrarse en un hotel, se dejó caer en la cama, exhausto y con la ropa manchada de hollín, y llamó por teléfono a su mujer.
Dos semanas después Fred volvió a viajar al centro de Utah, esta vez en otro camión. Al acercarse a la cuesta en las afueras del pueblo cercano a donde se había producido el incendio, se quedó impresionado al ver los campos y los árboles chamuscados a lo largo de varios kilómetros. En la curva donde se había incendiado su camión aún había marcas de ceniza. Apagó la radio y empezó a subir en silencio la pendiente, agradecido de estar otra vez en la carretera.
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