Isabel Jonet, motor del Banco Alimentar portugués, es la Europea del Año 2012 de Reader's Digest.
 
Son las nueve de la mañana en las Docas de Lisboa y una mujer con blusa azul y vaqueros esquiva las carretillas elevadoras en el patio de una viejo almacén del ferrocarril. Se mueve rápida y resueltamente: se ve claramente que es una mujer que no pierde el tiempo. Va a seleccionar coles.

Isabel Jonet, de 51 años, es directora del Banco Alimentar de Lisboa, organización matriz de 19 bancos de alimentos de todo Portugal que recoge y distribuye alimentos y consigue dar l2 millones de comidas al año. Sin estos bancos de alimentos, tres de cada 100 personas en Portugal pasarían hambre. Y en estos tiempos de crisis financiera, de escasez de efectivo y grandes deudas, han acudido a pedir ayuda no solo médicos y profesores, sino incluso un juez.

El diario económico Negócios ha nombrado a Jonet la mujer más poderosa de la economía portuguesa. Es madre de cinco hijos, rápida, esbelta y divertida, de una seriedad tranquila y tiene una sonrisa encantadora. "Pero empiezo el día contando coles", afirma, "y pienso que siempre hay alguien con hambre dispuesto a saborear esta comida".
 
Su conciencia social se despertó a muy temprana edad. Su familia poseía una finca en la zona rural del Alentejo: vacas, cerdos, ovejas, trigo y cebada y un jardín con ciruelas c1audías, donde su madre conseguía la materia prima para sus ciruelas en conserva de Elvas. Su padre conocía a todos los que trabajaban para él, escuchaba sus historias, lo mismo que hace ella. Sus padres cuidaban de los demás e inculcaron el altruismo en sus hijos.

''Así fue como me educaron", dice. "Hice voluntariado desde los 12 años. Y así es también, como he educado yo a mis hijos."
Cuando tenía cinco años, la familia se mudó a Lisboa y la finca se convirtió en un lugar de vacaciones y fines de semana. Después de estudiar economía en la Universidad Católica de Lisboa a finales de los 70, entró a trabajar para una empresa de seguros de Lisboa. Pero cuando su marido periodista, Nuno, fue destinado a Bruselas con la adhesión de Portugal a la Unión Europea en 1986, Isabel lo acompañó con su primera hija.

En Bruselas, encontró otro trabajo en el sector de las aseguradoras pero "aunque a las mujeres no nos trataban mal, tampoco nos tomaban en serio." Entró a trabajar para el Comité Económico y Social de la VE y por otro lado enseñó cocina portuguesa.
 
En 1994 se volvieron a instalar en Lisboa junto a toda la familia porque Nuno fue destinado allí. En ese momento, tenían tres hijos e Isabel se ocupó de ayudarles a asimilar las nuevas clases en portugués, ya que en Bruselas estudiaban en francés. A pesar de ello, dos tardes a la semana, hacía lo que había hecho siempre: voluntariado.

Encontró el Banco Alimentar que "por aquel entonces era un embrión de 4 años" dice. "Lo elegí porque tenía una misión: luchar contra el malgasto de la comida, del tiempo y del talento de la gente."  El Banco era aún pequeño y daba servicio a 16 organizaciones; actualmente, ayuda a más de 300. No transcurrió mucho tiempo antes de darse cuenta que podía contribuir de manera muy especial. "Siempre fui una maniática del orden y la organización," dice. "Y cuando llegué al Banco, me di cuenta de todas las cosas que puedes hacer en una ONG, si la diriges con seriedad."

El consejo de administración del Banco también se dio cuenta de ello: en pocos meses le pidieron que fuera su nueva directora. Fue a casa a consultarlo con su familia; trabajaría muchas horas y no ganaría nada, ya que era voluntaria. Su marido y sus hijos se pusieron de acuerdo en que aceptara el trabajo. Esa decisión cambió su vidas.
 
El Banco Alimentar no proporciona alimentos directamente a los necesitados. En vez de ello, suministra alimentos a las ONG locales cuyos trabajadores conocen a la gente a la que ayudan y pueden añadir calor humano a una comida caliente o a una cesta de productos básicos. Funciona tanto en los asilos, como en los orfanatos o centros de día para ancianos.

Entre los beneficiados se encuentra Antonio da Silva, un estudiante mayor de la universidad de Coimbra con seis hijos en casa. "Hay meses en los que nos quedamos sin un duro después de pagar la renta y comprar lo básico.

"Sin el Banco Alimentar, la vida sería terrible", afirma Antonio. "Nos da cosas como leche en polvo y arroz que es lo que más le gusta a los niños. Los niños pasarían hambre la mitad del tiempo sin la ayuda del Banco. Y conozco gente que está en una situación peor."

El trabajo del banco de alimentos es encontrar toda esa comida, todos los días del año. Para lograrlo, Jonet ayudó a convencer a los responsables de los supermercados de que podían ahorrar dinero, dando: cuesta dinero deshacerse de los alimentos que se han quedado sin vender.

"Recuerdo la primera vez que hablé con Isabel," dice Alexandre Soares dos Santos, Presidente de Jerónimo Martins, la mayor cadena de supermercados de Portugal. "Me quedé sorprendido por su determinación e inteligencia, y su preocupación. Sabía que el estado de I bienestar no era sostenible aquí."

En 2010, Jerónimo Martins dio al Banco más de 5.000 toneladas de alimentos. Pero Jonet, no solo consiguió ganarse a los supermercados. Los comerciantes del enorme mercado al por mayor de Lisboa llevan la fruta y la verdura que no pueden vender al final del día. Aproximadamente un cuarto de los alimentos llega habitualmente en paquetes cuidados retractilados de la Unión Europea. Otro 10% es el resultado de las campañas de fin de semana de los supermercados en las que los voluntarios se ponen en la puerta de los supermercados a pedirle a los clientes que compren y donen productos básicos: atún, arroz, aceite, cereales. Unas 36.000 personas trabajan en estas campañas en Portugal.

"Se trata principalmente de alertar a la gente de que también hay hambre cerca de sus casas," dice Jonet. "Y de que pueden hacer algo al respecto."
 
En el almacén, se apilan las cajas de plátanos. Hay montones enteros de espinacas moviéndose por todas partes en las carretillas elevadoras. Nunca es demasiado. Cuando les dieron de golpe 21 toneladas de kiwis y 48 toneladas de peras, Jonet ni se inmutó. "Hicimos mermelada," dice. "Por supuesto."

"He conocido a gente maravillosa aquí," dice Jonet, "todo el equipo que da sentido al trabajo." Los conoce bien: el hombre cuyo hijo acaban de operar, el señor de 80 años que orgullosamente distribuye los pallets. Día a día, unas 250 personas ayudan en el Banco Alimentar.

Sabe perfectamente cómo mantener y animar a los voluntarios: el ex maestro es bueno con los registros, el antiguo contable con los presupuestos anuales. Es crucial que ella misma sea voluntaria "Realmente, eso importa," afirma. "La persona que lo dirige todo es uno de ellos, así que la gente que trabaja aquí no tiene que recibir órdenes de ningún profesional."

Entre los trabajadores del Banco, hay algunas personas con antecedentes penales por delitos menores y desempleados de larga duración. Rui, que ayuda a dirigir el almacén, estuvo sin trabajo durante ocho años, después aprendió a conducir camiones pero no pudo conseguir empleo. Acabó en el juzgado y vino al Banco a hacer servicio comunitario. Dice: "Vieron que era un buen trabajador y ahora formo parte del personal".
 
Jonet tiene las paredes de la oficina llenas de mapas y las de su casa también. "Adoro los mapas", dice. "Es porque creo que todo el mundo debe saber que tiene un lugar en el mundo."

''Yo siempre estoy en el Banco," dice, "y mi puerta siempre está abierta. Pero mis hijos son mi prioridad." Seguía yendo a trabajar una semana antes de dar a luz a su hija pequeña, que actualmente tiene II años. Tenía que estar: por un desafortunado guiño del destino, en el espacio de diez días, murieron dos de sus directores y ella era la única persona autorizada para firmar los documentos. El bebé volvió al trabajo con ella y pasaba de regazo en regazo y dormía en una cojín que movía de una mesa a otra. "Todo el mundo la abra .... zaba," recuerda con una sonrisa.

Todas las mañanas, sus hijos pequeños recogen la bollería y el pan que no se ha vendido el día anterior, de las panaderías cercanas; en un año, pueden recoger la increíble cantidad de 900 kg. Su hijo mayor, Francisco, estudia dirección de empresas en la universidad, pero también va a pasar un año en África como voluntario (naturalmente) para construir un hogar para los niños de la calle en Burundi.

"Creo que todos formamos parte de los demás," dice, "y todos somos responsables del bien común." Es algo de lo que se acuerda Isabel Jonet cuando está seleccionando las coles. Es la filosofía que evitará que 300.000 personas en Portugal pasen hambre este año. 

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1 Comentarios

Iris on 03 Febrero 2012 ,21:47

Si existiera más personas como ustedes el mundo sería diferente,felicidades por una excelente labor

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