Búsqueda espiritual en Seúl

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Me encuentro ante un altar en el templo Jogyesa del centro de Seúl. Tres figuras enormes de Buda, relucientes como el oro, me observan, mientras la sala del dharma (“doctrina”) se llena con el suave murmullo de los monjes y el zumbido del tráfico exterior. Algunos devotos se inclinan en silencio, en señal de penitencia por sus deseos mundanos. Luego noto algo extraño en el altar: junto a las ofrendas tradicionales de arroz, hay botellas de agua y un paquete de yogures para beber. El pasado y el presente convergen en el acto de fe más humilde.
Este pequeño templo —sede de la secta principal del budismo en Corea del Sur— y otros se hallan inmersos en Seúl junto a casas de té, rascacielos, tiendas de comida rápida y el indómito río Han. Los ritos centenarios y parsimoniosos en estos recintos son el contrapunto al bullicio de una ciudad capital muy ocupada en dar forma a su identidad moderna.
En el budismo zen coreano, la iluminación súbita es fruto de la práctica continua. Ésta es una buena metáfora de Seúl, una de las ciudades con mayor densidad poblacional del mundo, tan grande y ruidosa que abruma a los visitantes. Lo que una persona me describe como la mentalidad bali-bali (“corre, corre”) de los habitantes de Seúl, explica en parte por qué Corea del Sur ha prosperado tanto en tan poco tiempo. La complejidad y la historia de la capital se me revelan durante la semana que paso allí. En el Mercado Dongdaemun descubro una espiritualidad latente; la gente a veces lo llama Heunginjimun, que significa “puerta de la benevolencia naciente”. Si alguien anda en busca de equilibrio, sin duda puede encontrarlo en cualquier rincón de este mercado.
El acto de buscar es emblemático de Corea del Sur. Hace varios años el país cambió su eslogan “Tierra de la calma matinal” por “Corea dinámica”. A principios de los años 60, Corea del Sur era más pobre que el Congo, pero gracias a una rápida industrialización y a gigantes tecnológicos como Samsung y LG, hoy es una de las naciones más ricas del mundo. Con todo, Seúl es un híbrido: sus intrincadas calles se mezclan con una topografía montañosa que desafía todo sentido de orientación, incluido, ocasionalmente, el del localizador satelital del vehículo en que viajo.
Llego al templo Bongeunsa, donde espero aprender a aquietar mi mente, agitada por un estilo de vida frenético. Cuando entro, me da la bienvenida un joven de semblante serio, que me entrega una tarjeta de presentación con su título: Administrador Oficial de Difusión del Dharma.
Enclavado al pie del monte Sudo, en el distrito comercial de Seúl, este templo se fundó 500 años antes que la ciudad, y sobrevivió a las oleadas de represión que asolaron al budismo durante siglos. Al igual que el Jogyesa y muchos otros templos en todo el país, el Bongeunsa ofrece una estancia temporal a los visitantes: una especie de campamento budista que permite vivir como un monje durante un par de horas o varios días.
El administrador me conduce hasta una habitación de paredes desnudas donde dos mujeres ataviadas con hanboks —vestidos ceremoniales coloridos y largos— están absortas preparando el dado, o ritual del té. Se trata de una forma de meditación activa que puede durar hasta dos horas, y la preparación es tan importante como el acto de beber.
Al llegar mi turno, me apresuro a sostener la tapa de la tetera con una mano mientras con la otra vierto el agua caliente. Tomo antes de tiempo la servilleta de tela para limpiar las gotas que escurren de la tetera, y las mujeres me corrigen con un ademán amable. Tomo una pequeña taza de porcelana con ambas manos, aspiro el aroma del té y admiro su color; luego bebo tres sorbos, y dejo el líquido en mi boca hasta distinguir cinco sabores: amargo, astringente, salado, ácido y dulce. Me concentro como un cirujano, por lo menos hasta llegar a la mitad de la lección, mientras el administrador se pone de pie y se aleja un poco para contestar una llamada en su teléfono móvil.
En el templo Jogyesa me dijeron que para encontrar el verdadero espíritu del budismo coreano tendría que salir de Seúl. Al parecer, el auténtico zen es ajeno a la vida urbana.
El golpeteo de puertas empieza a las 3 de la mañana, un toc toc acompasado que compite con el croar de las ranas. Es un ruido tan suave como el de una rama de árbol agitada por el viento, pero tan persistente como el tictac de un reloj. Éste es mi despertador en un remoto templo donde los devotos, y algunos simples curiosos, se disponen a hacer 108 reverencias ante tres estatuas doradas de Buda.
He venido a Baekdamsa, un pequeño templo del siglo VII situado en la confluencia de dos ríos, a relajarme, pero lo que encuentro es una ligera sensación de apremio. Los sunims (monjes) revisan sus relojes tal como nosotros revisamos nuestro correo electrónico, y ejecutan sus rituales con precisión militar. Veinte minutos después de levantarnos, nos reunimos para escuchar el hipnótico golpeteo del tambor del dharma, y durante una hora y media cantamos y hacemos reverencias frente a las efigies de Buda. Es una actividad agotadora, pero extrañamente vigorizante.
A las 6 de la mañana desayunamos arroz blanco, kimchi, verduras silvestres, un poco de tofu y té. Luego salimos a dar un largo paseo en silencio por el bosque y, con los ojos vendados, nos guiamos unos a otros por un sendero para ponernos en contacto con nuestros sentidos. El objetivo de estos ejercicios es aislarnos del resto del mundo, vaciar nuestra mente hasta que no podamos pensar más que en el aquí y el ahora.
Los monjes budistas a veces asignan a sus discípulos un kong-an, un acertijo o pregunta esotérica en la que deben concentrarse mientras meditan. La sunim nos pide escuchar el río, y tras una pausa dice:
—Ustedes son el sujeto, y el río el objeto. Son la misma cosa.
Mientras medito sobre esto, la mujer, hablando en coreano, me hace la eterna pregunta budista:
—¿Qué es la mente?
Todos vuelven la mirada hacia mí mientras trato de responder. Ése es el misterio del kong-an: puedes escapar de la ciudad y refugiarte en las más remotas montañas del país, pero las paradojas y complejidades del mundo siguen llamando a tu puerta. Todas las personas que visitan el templo buscan algo, ya sea una respuesta a un kong-an personal o una conexión con el pasado, pues la ciudad y el país cambian muy rápidamente.
En el último día de estancia en el templo, nos reunimos a la orilla del río para erigir una pagoda con piedras. Un hombre recoge las más grandes que encuentra. La estructura se va haciendo cada vez más alta, hasta que supera a las construidas por otros visitantes. Tomo una piedra negra del tamaño de mi puño y la coloco encima de todas. Se tambalea precariamente. Otro hombre infla las mejillas y sopla con fuerza para ver si cae. Permanece en su sitio, y el único sonido que se oye es el agua del río.
© 2009 POR CRAILLE MAGUIRE GILLIES. CONDENSADO DE ENROUTE (AGOSTO DE 2009). WWW.ENROUTE.AIRCANADA.COM
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