Las decisiones son el pan nuestro de cada día: siempre estamos tomándolas, desde las pequeñas e intrascendentes hasta las que nos cambian la vida. Sin embargo, a veces optamos por el camino menos acertado y quedamos descontentos o arrepentidos. ¿Aporta la ciencia alguna solución?

Casi todos desconocemos los procesos mentales que nos llevan a tomar una decisión, pero recientes hallazgos de psicólogos y neurobiólogos podrían ayudarnos a obtener mejores resultados. A continuación presentamos 10 de las fascinantes estrategias que han descubierto.

1. No tengas miedo a las consecuencias

Sea para elegir entre un coche nuevo o una casa mejor, o incluso con quién casarnos, la mayoría de las decisiones implican un pronóstico: imaginamos cómo nos harán sentir las opciones que tenemos, y casi siempre elegimos la que creemos que nos hará más felices. Sin embargo, este “pronóstico afectivo” es incorrecto. La gente suele sobreestimar los efectos, buenos o malos, de sus decisiones. “El placer derivado de la mayoría de los hechos es menor y más efímero de lo que suponemos”, señala el psicólogo Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard. Esto se aplica a hechos tan banales como ir a comer fuera o tan serios como perder el trabajo.

Una causa importante de que pronostiquemos mal es la aversión a perder: la idea de que una pérdida nos dolerá más de lo que nos agradaría un beneficio equivalente. Sin embargo, Gilbert demostró que si bien este miedo influye en la toma de decisiones, cuando una persona en efecto sale perdiendo, la experiencia le resulta mucho menos dolorosa de lo que temía.

En vez de volver la mirada hacia dentro e imaginar cómo te hará sentir determinada decisión que tomes, busca a alguien que haya optado por la misma alternativa y analiza cómo se sintió. No olvides que sin importar lo que te depare el futuro, sin duda te dolerá o complacerá menos de lo que te imaginas.

2. Confía en tu intuición

Aunque suele creerse que tomar buenas decisiones exige tiempo, a veces una elección intuitiva resulta igualmente buena o mejor. Janine Willis y Alexander Todorov, de la Universidad de Princeton, observaron que tardamos una décima de segundo desde que vemos una cara nueva para formarnos un juicio sobre lo competente, fiable, agresiva, simpática y atractiva que es una persona. Si nos dan más tiempo —hasta un segundo—, antes que rectificar nos reafirmamos en nuestros juicios instantáneos.

Es razonable suponer que cuanta mayor información tienes sobre una cuestión, más racionales serán tus decisiones al respecto. Paradójicamente, a veces cuanta más información tengas, mejor resultado obtendrás si confías en tu intuición.

Ap Dijksterhuis, de la Universidad Radboud, de Holanda, observó que, cuando un grupo de compradores de artículos sencillos, como ropa, consideraban las distintas opciones, semanas después quedaban más satisfechos con sus decisiones. Sin embargo, tratándose de artículos más complicados, como muebles, quienes confiaban en su intuición quedaban más contentos.

El investigador concluye que esta toma de decisiones inconsciente también puede aplicarse a ámbitos como la administración y la política.

3. Ten en cuentatus emociones

Se puede pensar que los sentimientos son enemigos de la toma de decisiones, pero en realidad son esenciales. Decidir pone en marcha el sistema límbico, centro emocional del cerebro. Al estudiar a pacientes con daño en este sistema, el neurobiólogo António Damásio, de la Universidad del Sur de California, observó que no podían decidir cuestiones tan básicas cómo qué comer o cómo vestirse. Según él, esto puede deberse a que el cerebro guarda recuerdos emotivos de las decisiones pasadas y los usa para tomar las presentes.

No obstante, decidir bajo el efecto de una emoción puede afectar el resultado. En un estudio, Nitika Garg, de la Universidad de Mississippi, y Jeffrey Inman y Vikas Mittal, de la Universidad de Pittsburgh, observaron que los consumidores enfadados tendían a aceptar lo primero que se les ofrecía en vez de considerar otras opciones. Al parecer, el enfado nos vuelve impulsivos, egoístas y afectos a correr riesgos.

Como los sentimientos afectan nuestro juicio, es mejor no tomar decisiones importantes mientras se está bajo la influencia de alguno. Sin embargo, por extraño que parezca, hay una emoción que parece ayudarnos a decidir mejor. Los investigadores estadounidenses han observado que las personas tristes se tomaban tiempo para analizar las opciones que tenían, y acababan por elegir las mejores. De hecho, muchos estudios indican que los individuos deprimidos tienen la visión más realista del mundo. Los psicólogos incluso han acuñado un término para designar esta visión: realismo depresivo”.

4. Haz de abogado del diablo

¿Alguna vez has discutido con alguien sobre un tema polémico y te has sentido frustrado porque tu interlocutor recurría sólo a pruebas que respaldaban su opinión y hacía caso omiso de cualquier argumento que la rebatiera? Esta actitud, llamada prejuicio de la confirmación omnipresente, constituye un problema cuando nos hace creer que estamos tomando una decisión sopesando las alternativas, cuando en realidad ya hicimos una elección que queremos justificar.

Decidir bien es algo más que aferrarse a los datos y cifras que apoyan la opción por la que ya nos hemos decidido. Sin duda buscar pruebas que pudieran demostrarnos que estamos en un error es un proceso doloroso. “Deberíamos admitir que es muy difícil ser del todo objetivos”, señala el psicólogo Raymond Nickerson, de la Universidad Tufts, en Massachusetts. “Quizá nos convendría reconocer que ese prejuicio existe, y que todos lo tenemos”. Así, por lo me­nos, sostendremos nuestros puntos de vista de manera menos dogmática y decidiremos con mayor humildad.

5. Cuidado con las comparaciones

A veces basamos nuestras decisiones en datos y cifras irrelevantes. En un estudio clásico sobre este efecto del punto de comparación, Daniel Kahneman y Amos Tversky pidieron a los participantes calcular el porcentaje de los paí­ses africanos afiliados a la ONU. Antes de responder debían hacer girar una rueda con números del 0 al 100 y decir si el número resultante era mayor o menor que dicho porcentaje. Los sujetos del estudio no sabían que la rueda estaba manipulada para detenerse en el 10 o en el 65. Aunque este hecho no tenía relación con la pregunta, influyó mucho sobre las respuestas. Los participantes a quienes les tocó el 10 calcularon el 25 por ciento, en promedio, mientras que aquellos a quienes les tocó el 65 calcularon el 45 por ciento. Al parecer, pues, las respuestas se basaron en el giro de una rueda.

Lo mismo ocurre cuando vemos artículos con etiqueta de “rebajado”: utilizamos el precio original como punto de comparación para juzgar el rebajado, que entonces nos parece una ganga, aunque en términos absolutos no lo sea. ¿Cómo podemos vencer este efecto? “Es muy difícil evitarlo”, reconoce el psicólogo Tom Gilovich, de la Universidad Cornell. Una estrategia podría ser utilizar puntos de comparación que lo contrarresten, pero incluso eso es difícil. “Como no sabemos cuánto nos ha afectado el primer punto de comparación, es difícil neutralizarlo”, asegura.

6. No lamentes lo irremediable

¿Eres de las personas que en el fondo del armario guardan una prenda que ya no les sirve? Ocupa un espacio útil, pero se niegan a desecharla porque les costó una fortuna. La fuerza que motiva esta mala decisión se llama la falacia de la inversión cuantiosa. En los años ochenta Hal Arkes y Catherine Blumer, de la Universidad Estatal de Ohio, demostraron la facilidad con que nos dejamos engañar por ella. Hicieron creer a un grupo de estudiantes que les vendían reservas para un viaje de fin de semana a una estación de esquí por 100 dólares. Luego les ofrecieron un viaje más barato —de 50 dólares— a un centro turístico de mejor calidad. No fue hasta después de que los estudiantes hubieran pagado las reservas cuando se les dijo que ambos viajes tendrían lugar el mismo fin de semana, y que debían decidirse por uno. Por extraño que parezca, la mayoría eligió el viaje menos atractivo y más caro debido a la mayor cantidad ya invertida en él.

La razón de esto es que cuanto más gastamos en una cosa, más comprometidos nos sentimos con ella. La inversión no tiene que ser económica. ¿Quién no ha perseverado en la lectura de un libro aburrido mucho después de que le habría convenido desistir? Para evitar que esto influya en tus decisiones, no olvides que llega un momento en que debemos abandonar los empeños infructuosos.

7. Cambia tu óptica

A veces tomamos decisiones irracionalmente influidas por la manera en que se presentan las opciones. Este efecto, llamado del planteamiento, explica por qué preferimos alimentos con “un 90 por ciento menos grasas” a los que se anuncian con “un 10 por cien­to de grasas”. Sentimos una marcada atracción por las opciones que parecen entrañar ganancias, y aversión por las que parecen representar pérdidas.

En un estudio publicado en 2006, Benedetto De Martino y Ray Dolan, del University College de Londres, observaron la reacción del cerebro a este efecto con tomografías de resonancia magnética. Las imágenes mostraron una actividad muy intensa en la amígdala (parte del centro emocional del cerebro) cuando la persona se dejaba llevar por el planteamiento. Los individuos menos susceptibles presentaron la misma actividad en la amígdala, pero fueron más hábiles para suprimir esta reacción emocional inicial al poner en juego otra región, la corteza prefrontal orbital y medial, que tiene fuertes conexiones con la amígdala y con zonas relacionadas con el pensamiento racional. De Martino apunta que las personas con daños en dicha corteza tienden a ser más impulsivas.

Aunque lo anterior no significa que podamos aprender a sustraernos a este efecto, es importante saber que existe, dice De Martino. La experiencia y la educación pueden contrarrestarlo, y podemos hacer algo para evitarlo: analizar nuestras opciones desde varios ángulos.

8. Evita la presión social

Aunque te consideres un individuo resuelto, nadie es inmune a la presión social. En 1971, un experimento que se realizaba en la Universidad de Stanford, en California, se tuvo que interrumpir cuando un grupo de estudiantes que representaban el papel de celadores de una prisión empezaron a ejercer violencia psicológica contra otros que representaban a los presos. Desde entonces los estudios han demostrado que los grupos de individuos que comparten intereses tienden a convencerse de adoptar posturas extremas, y que tienen mayores probabilidades de tomar decisiones arriesgadas que quienes actúan solos. Estos efectos explican en parte la peligrosa conducta de las pandillas y el radicalismo de los fanáticos.

¿Cómo evitarlo? En primer lugar, si crees que vas a tomar una decisión sólo por complacer a tu jefe, piénsalo mejor. Si perteneces a un grupo, nunca des por sentado que sabe más que tú, y si todos están de acuerdo, representa el papel de abogado del diablo. Por último, desconfía de las situaciones en que la responsabilidad esté distribuida entre demasiadas personas: es en las que se corre más riesgo de tomar decisiones irresponsables.

9. Reduce tu gama de opciones

Quizá pienses que es bueno tener muchas opciones, pero ten en cuenta que se deriva más placer de un chocolate elegido entre cinco que entre 30, según la psicóloga Sheena Iyengar, de la Universidad Columbia, en Nueva York, quien estudia la paradoja de las opciones: aunque nos parezca mejor tener muchas, es preferible que sean pocas.

Cuantas más opciones hay, más exigen a nuestra capacidad para procesar información, lo que puede confundirnos, hacernos perder tiempo, aumentar el riesgo de error y dejarnos insatisfechos con nuestra decisión.

Las personas más afectadas por esta paradoja son aquellas que estudian detenidamente todas las opciones antes de decidir. Esta estrategia es buena sólo si el número de opciones es reducido. En cambio, los individuos que eligen lo primero que satisface sus necesidades sufren menos. “Si la intención es conformarse con algo ‘razonablemente bueno’, la presión disminuye y la tarea de elegir una opción entre muchas se vuelve más manejable”, explica Barry Schwartz, psicólogo de la Universidad Swarthmore, en Pensilvania.

Así, en vez de buscar una cámara digital ideal, pregunta a un amigo si está contento con la suya. Si lo está, quizá a ti también te guste, añade Schwartz. Incluso en situaciones en que una elección te parezca demasiado importante para conformarte con lo mínimo satisfactorio, procura limitar tus opciones.

10. Pide a otra persona que decida

Solemos creer que quedaremos más satisfechos si decidimos solos, pero a veces, sea cual fuere el resultado, el propio proceso de elegir nos deja insatisfechos. En esos casos es preferible ceder la responsabilidad a otro.

En 2006 Simona Botti, de la Universidad Cornell, y Ann McGill, de la Universidad de Chicago, publicaron varios experimentos sobre esto. En uno, los sujetos tenían que elegir entre varios artículos sin información que los orientara. Cuando se les preguntó cuál era su grado de satisfacción con el resultado y con la decisión tomada, todos dijeron estar menos satisfechos que aquellos a quienes simplemente se les asignó una opción. La razón, según los investigadores, es que quienes eligieron no se atribuyeron ningún mérito aunque su decisión hubiera sido buena, y aun así la idea de no haber optado por lo mejor los agobiaba. Incluso en los casos en que se les daba un poco de información previa (pero no la suficiente para que se sintieran responsables del resultado), no se sentían más felices de elegir que de que otro lo hiciera por ellos.

Estos hallazgos tienen importantes implicaciones. Deja, por ejemplo, que otro elija el vino en el restaurante. También podrías sentirte mejor si dejas ciertas decisiones en manos de un profesional. “Suele creerse que elegir produce felicidad”, concluyen, “pero a veces no es así”.

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