Heather Farmer, canadiense y madre de dos hijos, observa las sobras de la cena de su familia: hamburguesas caseras a medio comer, patatas fritas y zanahorias baby con restos de salsa para aliñar ensaladas. “Sé que debería hacer más verduras”, dice. “Quisiera preparar comidas más sanas, pero no tengo tiempo”.

En un día normal esta mujer se levanta a las 5 de la mañana. A las 7 su marido deja en la guardería a los niños, Morgan, de cuatro años, y Ryan, de tres, mientras ella va en tren a Toronto, donde es gerente de organización de actos sociales en una empresa. Desayuna por el camino y come en su mesa. “Vuelvo a casa a las 6:15 de la tarde”, añade. “Cenamos juntos, bañamos a los niños y los acostamos. No paro en todo el día. Con demasiada frecuencia compramos platos preparados, y tenemos temporadas en que comemos siempre lo mismo. Me siento culpable”.

Nuestra manera de cocinar y comer es cada día más acelerada, igual que el ritmo de vida que llevamos. Hoy la gente está más ocupada que nunca.

En España, uno de cada dos adultos tiene exceso de peso, y respecto a los más pequeños, en dos décadas se ha pasado del 5 al 16% de niños obesos. El cambio de hábitos alimenticios y la falta de ejercicio son las causas principales.

El abandono progresivo de nuestra dieta mediterránea ha provocado un desequilibrio nutricional. Hoy en día, la comida principal se realiza fuera de casa, y esto, unido a la incorporación de la mujer al mundo laboral y a la falta de integración de los hombres en las tareas domésticas hace que cada vez se dedique menos tiempo a la elaboración de comidas. En su lugar, la alternativa son alimentos fáciles de preparar y rápidos de consumir. El consumo de frutas y verduras es insuficiente, y el de grasas y sal excesivo. Pero esto tiene solución.

Gail Hall lleva a un grupo de estudiantes de cocina a un mercado agrícola para elegir los ingredientes que usarán en la clase. “Primero pasamos por los invernaderos, que son como un cuadro de Monet (berenjenas perfectas y coloridos pimientos)”, dice, “a comprar verduras para asar. Luego vamos a comprar un corte de carne”.

Hall piensa que el ser humano desea frenar su vertiginoso ritmo de vida y darse tiempo para saborear la comida. “Mis alumnos están muy ocupados”, dice, “y aun así quieren redescubrir el placer de cocinar. Al terminar la clase están felices, ¿y cómo no, si han pasado un buen rato preparando platos deliciosos acompañados de un vino exquisito? Además, gracias a los cultivos de invernadero, los alimentos frescos abundan todo el año”.

Hall, antes promotora de banquetes y asesora en nutrición, ahora es activista de Slow Food International, un movimiento que cuenta con más de 80.000 adeptos en todo el mundo. En España, cuenta con unos 1.500 miembros en diferentes comunidades autónomas.

Los partidarios del Slow Food defienden su derecho a conocer el origen y el método de producción de lo que comen y, conscientes de las repercusiones ambientales del transporte de alimentos a lugares distantes, en lo posible procuran comprar productos locales de temporada. ¿Su filosofía? Disfrutar del placer de cocinar y comer pausadamente en compañía de familia y amigos.

Sinclair Philip, dueño de un hotel en Vancouver, y director de Slow Food Canadá, compara el estilo de vida en Italia (donde comenzó el movimiento) con el de Norteamérica. “Allí comer es un pretexto para convivir. Se come con la familia y, si no se puede ir a casa, con los amigos. Es un acto social, e incluso en la comida de mediodía se suele tomar vino. ¡No es casualidad que haya menos divorcios que al otro lado del Atlántico!”

Esta tendencia también resulta positiva para la salud. Paul Veugelers, profesor adjunto de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Alberta (Canadá), realizó un estudio y observó que cuando los niños comen en familia lo hacen de manera más sana y tienden menos al sobrepeso y la obesidad. “La comida casera suele ser mejor que los alimentos procesados y la comida rápida”, explica. “Además, la cena es un momento propicio para inculcar buenos hábitos de alimentación”.

Un estudio publicado en 2004 en la revista Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine demostró que cuanto más frecuentes son las comidas en familia, menor es el consumo de tabaco, alcohol y marihuana entre los jóvenes, y menores los síntomas de depresión, sobre todo en las chicas. Según los autores del estudio, las comidas en casa “parecen mejorar la salud y el bienestar de los jóvenes”.

Sin embargo, para muchas personas la cena es el momento más estresante del día. Val Downey, una madre de cuatro hijos que vive al oeste de Toronto, reconoce que casi todos los días tiene que comer de pie mientras da de cenar a sus hijos (aunque los fines de semana cocina con ellos). “En el camino de vuelta a casa me pongo a pensar en lo que voy a preparar de cena”, dice. “Es un hábito inevitable cuando se tiene una familia de seis miembros”.

Según la nutricionista de Toronto Rosie Schwartz, hacer participar a los niños en la preparación de las comidas les inculca el principio de que la buena nutrición es preferible a la comida rápida. Schwartz recomienda comprar libros de recetas adaptados para niños, y pedir a éstos que una vez a la semana busquen en Internet una receta para preparar lo que les llame la atención. “Enseñar hábitos saludables a los niños es vital para que lleguen a ser adultos inteligentes y productivos”, asegura la especialista.

A pesar de todo, comer de forma sana no siempre resulta fácil, y es que el cerebro humano está adaptado para disfrutar los sabores de las grasas, el azúcar y la sal. Sin embargo Gail Hall cree que si realmente pensáramos en lo que nos introducimos en el cuerpo, podríamos cambiar. “Ante cualquier duda sobre lo que vas a comer, debes preguntarte qué contiene, quién lo produjo, si te gusta y si representa un beneficio para tu salud”

Hall recomienda que, en lo posible, las familias reserven un tiempo para reunirse al menos en una de las comidas del día, y añade que comprar los ingredientes en el mercado puede resultar una experiencia. En los mercados también es posible comprar a los niños algún capricho saludable, como alguna pieza de fruta, mientras se hacen las compras.

Si no se puede ir al mercado, en muchas ciudades existe la posibilidad de pedir por Internet carnes, frutas y verduras frescas a domicilio. En la Red también hay servicios que ofrecen ayuda para preparar comidas que pueden congelarse. Y ya existen restaurantes en algunos países parecidos a cocinas industriales donde, bajo la guía de un instructor, las familias pueden preparar nutritivas y sencillas comidas caseras con ingredientes previamente preparados para cocinar. “Muchos de nuestros clientes no aprendieron a cocinar de pequeños y no tienen tiempo, pero se sienten culpables y quieren comer mejor”, dice Michele Peill, dueña de un restaurante así en la ciudad canadiense de Halifax. “Dejan de tener malos hábitos de alimentación y aprenden a preparar comidas caseras”.

Jen Lailey, madre de tres hijos y también canadiense, opina que cocinar no tiene por qué ser estresante ni complicado, y aconseja identificar a los proveedores de productos frescos de nuestra ciudad: no sólo mercados, mataderos, queserías y productores de huevo. “Yo nunca compro carne de ternera en el supermercado ni en la carnicería porque guardo un corte grande en el congelador”, dice Lailey, quien rara vez come productos fuera de temporada. “A veces hay que ser creativo”, continúa. “En vez de comprar brócoli importada, es preferible conseguir espinacas congeladas, que por lo menos tienen la ventaja de haberse cosechado cuando estaban en temporada”.

Desde luego, no siempre es posible comprar productos frescos en la propia localidad. “Es mejor dar de comer a un niño un kiwi importado que una bolsa de patatas fritas”, opina Debbie Field, directora ejecutiva de Food­Share, una organización de Toronto que promociona la alimentación saludable mediante programas como un servicio de entrega de frutas, verduras y ensaladas para colegios. Los clientes de esta organización provienen de diversos estratos sociales y medios culturales. “No van a renunciar a los mangos, ni tienen que hacerlo”, cuenta. “Sólo aconsejamos que elijan productos locales”.

Heather farmer dice que su familia ha empezado a comer más verduras desde que Reader’s Digest la visitó para preparar este artículo. También se ha apuntado a un curso de cocina. “Ahora me siento más sana”, asegura. “Cenamos juntos más a menudo, sin televisión, y los niños se quedan en la mesa hasta que todos hemos terminado. Me gusta incluir ensaladas en las comidas, ¡aunque los niños se comen sólo las zanahorias!

“Los alimentos son dones de la naturaleza que pueden favorecer la salud y propiciar las buenas relaciones con la familia y los amigos”, concluye Sinclair Philip. “Si los consideramos de esta manera, serán mucho más que un simple combustible para el cuerpo”.

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