Comprar felicidad
Esto de poner la esperanza en la tarjeta de crédito tiene más difícil solución que el crack bursátil
By Kiko Méndez-Monasterio
Puede que la fiebre del consumo no diera la felicidad, pero al menos ayudaba a aparentarla, y como cada vez somos más pura apariencia, el mundo se iba sosteniendo en esa colorida ficción. El mundo nuestro, quiero decir, porque hay otro, al que no nos asomamos casi nunca, y donde el consumismo no ha llegado porque ni siquiera la comida llega con regularidad. Claro que esa es una realidad demasiado incómoda como para pensar en ella, y queda más correcto escandalizarse por el deshielo de las capas polares.
Ahora la crisis nos roba hasta las apariencias. Dicen, los que saben, que el perfil del desempleado en ciertas provincias españolas está cambiando: hoy se trata de un joven albañil, rondando la treintena, que tiene que dejar aparcado el BMW en las puertas de su casa hipotecada, porque no hay manera de llenar el depósito. Para ir a la oficina del INEM coge el autobús, y espera la cola pensando dónde estará el futuro que le han robado, y se encoge de hombros cuando trata de entender las largas explicaciones de los especialistas, porque parece que las razones de que todo vaya mal son secretos a los que sólo pueden acceder los iniciados en ciencias esotéricas. Alguien se ha ocupado de hacer la economía lo suficientemente complicada como para sacarle partido sin que le pidamos cuentas, pero ese es otro tema.
Si es más importante lo que tenemos que lo que somos, hay que procurar tener cada día más, es bastante lógico. Lo que no está tan claro es la forma de mantener la sonrisa cuando la tarjeta tirita y cuando la cuenta corriente empieza a gemir. Comprar, entre nosotros, es mucho más que proveerse de lo necesario o incluso de lo superfluo: es un testimonio existencial, un remedio para las depresiones, una forma de ocio, una afirmación de estatus y, en ocasiones, la única forma de sentirnos vivos. Comprar es vivir, y si compramos menos, tenemos la sensación de vivir también menos.
Lo difícil es encontrarle a todo esto una moraleja. La cigarra holgazana, la de la fábula, recibe su castigo por no trabajar cuando debía, pero el tipo del BMW, el que ahora está en la cola del paro, se rompió el espinazo en el tajo, cuando lo había, y nadie le dijo, nadie nos dijo, que las pantallas de plasma no dieran la felicidad.
Nada será igual en las grandes finanzas después de la gran crisis. Cambiarán estructuras, mercados y hasta gobiernos. Y al final, si logran arreglar el desaguisado, puede que se vuelvan a llenar los grandes almacenes. Pero nadie, y mucho menos los políticos o economistas, arreglará lo nuestro. Porque, aunque parezca mentira, esto de poner la esperanza de alegría en la tarjeta de crédito tiene una solución mucho más difícil que la de un crack bursátil. En realidad, ni siquiera queremos curarnos, nos basta con que las cifras vuelvan a cuadrar y ahogar nuestras inseguridades con dosis masivas de ansiolíticos. Hace mucho que dejamos de soñar con ser admirados por virtuosos, ahora nos basta con conquistar algo de respeto gracias a la ropa de marca y al coche nuevo. Y para esos días raros, cuando una vocecilla interior nos hace sentirnos incómodos, bastará con otro lexatín y una tarde de compras, que es verdad que el gusto por los escaparates no da la felicidad, pero que seguirá ayudándonos a aparentarla.
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