Contra el Volcan
Una repentina erupción en un volcán de Nueva Zelanda pilló a dos alpinistas desprevenidos
By Paul Connolly
Historias relacionadas
Poco después del crepúsculo el 25 de septiembre de 2007, cerca de la cumbre nevada del monte Ruapehu, William Pike reflexionó sobre su buena suerte: unos días antes, este profesor de primaria neozelandés de 22 años había presentado su tesis de licenciatura en educación, y por primera vez en años sentía una agradable libertad.
Por si fuera poco, el atlético alpinista y su buen amigo y colega James Christie, de 21 años, llevaban dos días haciendo un difícil recorrido de seis días en total por los montes del Parque Nacional Tongariro. Con crampones para aferrarse al hielo y ropa térmica para soportar las temperaturas bajo cero, Pike se encaramó sobre una roca grande en forma de cúpula e instaló su cámara en un trípode para captar las majestuosas vistas a la luz mortecina del atardecer.
Unos 100 metros más arriba, a lo largo de una accidentada cresta, se erguía Tahurangi, la cumbre de 2.797 metros de altitud del Ruapehu, un volcán activo y la máxima elevación de la Isla Norte de Nueva Zelanda. Varios centenares de metros más abajo se extendía el espectacular lago del cráter, una extensa y profunda poza formada en la mayor chimenea del volcán. Todavía más abajo, y ocultas a su vista, estaban las pistas de esquí que habían escalado la víspera.
¡Esto es vida!, pensó Pike antes de que lo azotara una ráfaga gélida y cortante. Entonces fue a reunirse con Christie en el Refugio del Domo, una cabaña de madera usada a veces por científicos para observar el lago del cráter.
Hacia las 8 de la tarde, tras enviar mensajes de texto a familiares y amigos para decirles que estaban bien, los amigos apagaron sus linternas de cabeza y se metieron en sus sacos de dormir junto a la puerta. Mientras que Christie casi de inmediato cayó en un sueño profundo, Pike estaba muy emocionado pensando en lo que les depararía el día siguiente.
Unos 20 minutos después, Pike oyó un ruido sordo que provenía de fuera. La puerta, abierta de golpe por el viento, le dio en las piernas. Demasiado nervioso para sentir dolor, se arrodilló en el suelo dentro del saco de dormir y se asomó al exterior, esperando ver a un bromista de mal gusto.
Pero no: a la luz de la luna llena distinguió una densa nube de ceniza y piedras que los envolvía; sintió una lluvia de piedras pequeñas que le acribillaba la cara, y oyó un furioso siseo, como de vapor que escapara por una válvula gigantesca.
Christie se levantó somnoliento y aturdido, y vio a Pike en el vano de la puerta justo cuando un aluvión de lodo, piedras y agua helada irrumpía en el refugio. Pike recibió de lleno el embate y, como un muñeco de trapo, fue a caer contra el marco de la puerta que daba al segundo cuarto de la cabaña, donde empezó a sentir la creciente presión del fango.
Aún más alarmante era el rápido ascenso del nivel del agua. En cuestión de segundos, Pike tuvo que estirarse para mantener la cabeza a flote. A menos de medio minuto del primer ruido, temía morir ahogado, irónicamente, en la cima de una montaña.
Luego, con el mismo ímpetu con que había subido, el agua bajó y dejó a Pike hundido hasta las rodillas en una masa de lodo y piedras. Desesperado, el alpinista cavó con las manos en un intento de liberar sus piernas.
Por su parte Christie, gracias a que se había aferrado a una tubería que había junto a una pared lateral, pudo salir del saco de dormir y del agua. Cuando al fin se levantó, ésta se había retirado y el barro quedó casi solidificado por la temperatura de 8°C bajo cero. Lo primero que pensó fue que el techo se había venido abajo a causa de un terremoto. Hasta un poco después no se dio cuenta de que el volcán Ruapehu había entrado en erupción por el lago del cráter y arrojado directamente sobre el refugio un torrente de agua, fango y piedras. De haberse puesto a dormir en su tienda de campaña o en una cueva de nieve, no habrían vivido para contarlo.
Por suerte, Christie se había acostado con la linterna en un bolsillo. La encendió y vio a Pike tumbado contra la pared, con la cara llena de lodo, cenizas y quemaduras de azufre.
—¡Por favor, James, sácame de aquí! —gritó Pike.
Entre los dos se las ingeniaron para apartar el saco de dormir y liberar la pierna izquierda, que, a oscuras, parecía estar ilesa. Lo cierto es que la rótula estaba destrozada, y Pike no podía flexionar la pierna más que ayudándose con las manos. En la pantorrilla tenía también una herida grande oculta por el fango y las cenizas.
Después de varios tirones en vano para desatascar la pierna derecha de su amigo, Christie decidió picar con un piolet la masa endurecida alrededor de ella.
—Quita las manos, no te vaya a hacer daño en un dedo —lo previno antes de dar el primer golpe.
El piolet hacía saltar chispas cada vez que golpeaba las piedras. Palmo a palmo Christie fue cavando un agujero lo suficientemente grande para poder meter las manos alrededor de la pierna de Pike. Entonces palpó algo que parecía un fragmento de madera y trató de sacarlo. Sólo cuando vio sangre cayó en la cuenta de que era la tibia de su compañero: al fracturarse, el hueso había desgarrado la piel y sobresalía de la espinilla. Por suerte, Pike estaba entumecido por el frío y la presión de las piedras, y no sentía nada.
Debido a la pérdida de sangre y la conmoción, empezó a delirar. Para entonces ya estaba claro que sus lesiones eran graves y, aunque su amigo consiguiera liberarle la pierna, no podría bajarlo de la montaña sin ayuda.
—No puedo sacarte de aquí —le dijo—. Déjame ir a pedir auxilio.
Tenía la intención de dar la voz de alarma en el albergue del Club Alpino de Nueva Zelanda, situado más abajo, donde empezaban las pistas de esquí, y que estaba perfectamente equipado para atender emergencias.
Provisto de ropa de abrigo, botas y un piolet, Christie se dispuso a partir.
—James, diles a mis padres que les quiero —le pidió Pike en un tono tan sereno que él mismo se sorprendió.
—No, William, tú mismo se lo dirás.
Christie pensaba que, aunque su amigo estuviera herido y con frío, no correría mayor peligro si lo dejaba un rato solo.
Más experimentado en primeros auxilios y ascensos en nieve y hielo, Pike sabía que su situación era grave. Calculó que podían necesitarse hasta seis horas hasta que Christie consiguiera la ayuda y los socorristas se organizaran y acudieran en su ayuda, sólo que, si tardaban tanto, era muy probable que lo encontraran muerto.
Cuando Christie salió del refugio, Pike estaba tiritando de frío, pero, consciente de las etapas de la hipotermia, sabía que el temblor cesaría pronto. Entonces lo invadiría la euforia y su organismo dejaría de funcionar. No debía dormirse, porque si lo hacía no volvería a despertar jamás.
Al salir del refugio Christie vio la nieve cubierta de ceniza y cráteres abiertos por las rocas que el volcán había expulsado, y un río de barro congelado. Iba lo más rápido que podía, tratando de volver sobre los pasos de esa tarde; pero sin la ayuda de los crampones podía resbalar en el hielo. Si se caía y se mataba, Pike tampoco saldría de allí con vida.
Como durante el ascenso habían visto a unos esquiadores cerca del glaciar de Whakapapa, en una vertiente del Ruapehu, Christie eligió esa ruta, más larga pero menos escarpada. Una vez en el glaciar, impulsado por la adrenalina y alumbrado por la luna llena, bajó dando grandes zancadas por la gruesa capa de nieve.
Al poco rato se apartó del glaciar porque éste se desviaba del rumbo hacia el albergue del club alpino. Al hacerlo, unas huellas de esquí le confirmaron que iba en la dirección correcta. Media hora después de haber dejado a Pike, pudo ver un foco a lo lejos. Pidió ayuda a gritos y no tardó en verse bañado en luz. Le había visto Shane Buckingham, gerente de pistas de Telesquíes Alpinos del Ruapehu, quien iba conduciendo un tractor para acondicionar las pistas de esquí.
Buckingham había empezado su turno de noche cuando se produjo la erupción, y a duras penas esquivó un torrente de barro y piedras. Imposibilitado para bajar al albergue, estaba inspeccionando los daños cuando oyó los gritos de Christie.
—¡Ayuda! ¡Ayuda! Mi compañero está atrapado —exclamaba éste agitando en el aire el piolet.
—¡Hola! —le respondió Buckingham—. ¿De dónde viene?
Al poco rato Christie ya estaba en la cabina del tractor intentando entrar en calor. Se había quitado algunas prendas mojadas, y Buckingham puso al máximo la calefacción. Al oír que la radio del tractor estaba encendida, Christie se sintió más seguro. No temía por su compañero porque lo había dejado tranquilo y lúcido.
Buckingham llamó por radio a su base para notificar el accidente. A las 10 de la noche, una brigada de rescate de cinco hombres ascendía el Ruapehu.
Poco antes de las 00:20, unas cuatro horas después de la erupción, los faros del tractor de nieve iluminaron el Refugio del Domo.
Los socorristas hallaron a Pike tumbado y apenas vivo en la trampa de piedra y lodo que lo aprisionaba, y se pusieron sin perder tiempo a liberarlo con picos, martillos, palas y palancas, hasta que consiguieron apartar una roca grande que le había aplastado la pierna derecha. Luego se enfrentaron a la ingrata tarea de enderezar la pierna para acostarlo en la camilla y llevarlo envuelto en mantas al tractor para iniciar el descenso.
A la 1:12 de la madrugada, el tractor llegó a la base de la pista de esquí de Whakapapa, donde una ambulancia esperaba a Pike. Con una temperatura corporal de 25°C, su estado era tan crítico que corría peligro de muerte.
Aproximadamente a la misma hora, cuatro policías llamaron a la puerta de una casa de las afueras de Auckland.
—Ha habido una erupción en el Ruapehu y su hijo quedó atrapado en la cumbre —dijo un policía a los padres de Pike, Barry y Tracy—. Su vida está en peligro.
Al día siguiente, poco después de las 11:30 de la mañana, Pike despertó y vio una mancha blanca sobre él. Se imaginó dentro de una cueva de nieve, pero luego se le aclaró la vista: estaba conectado a varios monitores en una sala de terapia intensiva del Hospital Waikato, al sur de Auckland.
Su último recuerdo era la partida de Christie en busca de ayuda, y su convicción de que no iba a aguantar la espera. Seguir con vida era una grata sorpresa, y suavizó un poco el golpe que iba a recibir. Sus padres ya estaban en el hospital; Barry le dijo:
—Hijo, ha habido que amputarte la pierna para salvarte la vida; lo siento mucho.
Al enterarse de la amputación, Christie quedó desolado… y abrumado por los remordimientos; pero acabó por entender que, si él también hubiera estado herido, poco habría podido hacer para buscar la ayuda que salvó a Pike. Esta reflexión le dio cierto consuelo.
También lo reconfortó la tendencia de Pike de ver el lado amable de la vida: le quedaba la pierna izquierda, y la derecha estaba amputada debajo de la rodilla, lo que le permitiría más movimiento cuando le adaptaran una prótesis y, con un poco de suerte, la posibilidad de volver al Ruapehu.
—Son cosas que pasan —le dijo Pike a su amigo algunas semanas después del accidente—. La erupción se produjo en el momento que menos esperábamos. No estoy ni enfadado ni amargado. Pensé que me iba a morir y me equivoqué. A partir de hoy, cada día será una bendición para mí.
|
| ||||||
Hacer un comentario
| Nombre* | |
| E-mail* | |
| Comentario* | |

Más populares
Más populares
Favoritos de la semana
![]() Recetas y Cocina | ![]() Alimentación saludable | ![]() Consejos Prácticos | ![]() Útil para tod@s | ![]() Consejos de salud | ![]() Medicina Natural |
Se busca: ¡Una buena historia!
Se busca: ¡Una buena historia!
Escríbanos y podrá ganar:
90€ por cada historia verídica e inédita que sea publicada en ¡Qué cosas!.
60€ Por lo que se publique en Gajes, Niños o Comedia Estudiantil.
30€ por cada texto publicado en Risas.

Pásalo















