Quedarse en casa una soleada tarde de sábado no era lo habitual para Cody Phillips. Sin embargo, este agradable estudiante de primero de bachillerato había prometido ayudar a limpiar el garaje de su casa, en Oklahoma (Estados Unidos). Se puso a trabajar sin poner atención a los perros de la casa vecina que, como siempre, estaban montando un alboroto en el patio trasero. Justo en ese momento, su madre, Shannon Ash, de 39 años, interrumpió su propia tarea para escuchar.
“Oí el grito de un niño”, cuenta. “Toda madre que oye un grito así sabe que se trata de algo grave”. Corrió hacia el patio trasero de los vecinos y se quedó horrorizada al ver lo que ocurría detrás de la alambrada: dos perros enfurecidos estaban atacando a un niño pequeño.
Al oír que su madre pedía auxilio a gritos, Cody corrió hacia el patio trasero para ver qué pasaba. Sin detenerse ni un instante, apoyó la mano sobre el borde de la valla, de 1,80 metros de altura, y de un salto pasó al otro lado. “Era adrenalina pura”, recuerda el chico, quien mide 1,75 metros de estatura.
Los perros de la casa vecina —un pit bull y un shar pei— estaban arrastrando por todo el patio a Zackery Miller, de cuatro años, y disputándose su cuerpo a tirones y gruñidos. “El pit bull lo tenía sujeto por la cabeza con los dientes, y el otro le estaba mordiendo un muslo”, cuenta Cody. Sin titubear ni un instante, se lanzó contra los animales, que soltaron al niño ensangrentado y se alejaron un poco.
“Creo que los asusté porque corrí muy rápido hacia ellos”, cuenta el adolescente. Pero cuando se acercó a Zack, los perros volvieron, listos para atacar otra vez. Reaccionando por instinto, el muchacho se arrojó sobre el niño para protegerlo.
—¡Cody! —gritó su madre.
Los dueños de los perros no estaban en casa. Desde el otro lado de la valla, Shannon sacudió la puerta para abrirla, pero estaba cerrada con cadena y candado.
“En ese momento corría por mi cuerpo tanta adrenalina, que ni siquiera sentía miedo”, dice Cody, quien desea convertirse algún día en bombero o policía. Tumbado boca abajo sobre Zack, esperó con una extraña calma otro ataque de los perros.
Al oír tanto alboroto, el marido de Shannon, Andy Ash, de 40 años, salió corriendo de la casa y vio a su hijastro tendido en el pa- tio de los vecinos. Levantando juntos la puerta de la valla, la pareja logró sacarla de sus goznes. Entonces Andy cogió un tablón y se colocó entre los perros y los chicos. Cuando los animales se apartaron, Cody tomó a Zack en brazos y echó a correr.
—¡Quiero a mi mamá! —lloriqueó el niño—. ¡Quiero a mi mamá!
Le sangraban las heridas de la cabeza y las extremidades, y tenía una oreja casi desprendida.
La abuela de Cody, Cy Taylor, que también había salido de la casa al oír gritos, cogió a Zack de los brazos de su nieto. Otros vecinos usaron un trozo de tubo para atrancar la puerta de la alambrada y mantener a los perros en el patio.
“Mi hijo se dejó caer en el suelo y comenzó a temblar y a sollozar”, cuenta Shannon. Ella lo abrazó con fuerza y le dijo:
—Está bien, Cody. Ya pasó todo. Ha sido increíble lo que has hecho.
Aún temblando, Cody fue a la casa de la familia Miller y llamó a la puerta. La madre de Zack, Dana, casi se desmayó al ver a la abuela del chico consolando a su hijo ensangrentado.
—¡Dios mío! —gritó—. ¡Zack!
El niño pasó casi ocho horas en el hospital, y se necesitaron más de 100 puntos de sutura para cerrarle las heridas. Fue entonces cuando Dana comprendió lo que había pasado: su hijo había ido a buscar a su mejor amigo, que vive entre la casa de los Miller y la de los Ash. Como nadie abría la puerta, dio la vuelta y fue hasta el patio de atrás.
“Mi hijo había jugado muchísimas veces con esos perros y nunca hubo problemas”, dice Dana. Zack no recuerda lo que ocurrió, pero Shannon supone que los perros arrastraron al niño por un agujero que había en la parte baja de la alambrada. “Si no hubiéramos salido a ver qué pasaba”, dice, “el niño habría muerto”.
Zack se recuperó rápidamente y, pocos días después del ataque, se sintió lo bastante bien para celebrar su quinto cumpleaños con una fiesta en la pizzería donde Cody trabaja.
Los policías lograron atrapar al pit bull, pero como el otro perro trató de atacarlos, tuvieron que dispararle. Los dueños no quisieron reclamar el pit bull. “Fue por respeto a nosotros”, comenta Dana, y las dos familias siguen siendo amigas.
A la madre del niño le resulta di-fícil perdonarse a sí misma. La voz se le quiebra al pensar en el grito que no oyó aquel día. “Eso es lo que más me duele”, admite.
Esa noche, al volver a casa del hospital, llamó a la puerta de los Ash. Primero les dijo a todos que Zack estaba bien; después abrazó a Cody y le dio las gracias por haber salvado la vida de su hijo.