Cuando un monje del siglo XIII raspó 94 páginas de notas para crear un libro de oraciones, destruvó parte de una obra matemática fundamental. Pero gracias a las técnicas actuales reaparecieron los “textos Eureka" de Arquímedes.

Arquímedes fue un  matemático único. Su tratado perdido, El método de los teoremas mecánicos, se conocía sólo por referencias de eruditos, hasta que en el siglo XX fue descubierto en una biblioteca de Constantinopla, en lo que parecía ser un misal olvidado de la iglesia ortodoxa griega, bajo capas de pigmentos y textos sobre-escritos.

En El método, el pensador griego del siglo III a.C. formuló conceptos matemáticos adelantados 2.000 años a su época, cómo por ejemplo la suma de una serie numérica infinita.

En otra parte del devocionario que ocultaba el texto de Arquímedes, los dibujos muestran que usó cálculo diferencial e integral para llegar a conclusiones precisas sobre áreas, volúmenes y aceleraciones.

La obra perdida de Arquímedes se rescató con una técnica de creación de imágenes multiespectrales, que puede separar, del texto escrito encima, las débiles manchas subyacentes dejadas por los taninos de la tinta raspada. Se trata de un proceso que habría complacido a Arquímedes quien, además de matemático, era un científico práctico. Gracias a este procedimiento, los investigadores detectan las diferentes longitudes de onda de luz reflejadas al examinar un pedazo de pergamino, para reproducir una imagen clara a partir de la sombra de algo borrado hace tiempo.

Arquímedes escribió a dos columnas sobre rollos de pergamino, que fueron copiados y vueltos a copiar. El texto borrado por el inconsciente monje era una transcripción del siglo X, pero esta copia severamente dañada es lo más cerca que podemos llegar de las versiones originales de algunos de los trabajos fundamentales de Arquímedes. Como la transcripción tiene el estilo de Arquímedes, los estudiosos pueden confiar en que es fiel al original.
 
Reciclado de papel
El hecho de que el monje tratara el escrito tan a la ligera refleja los cambiantes valores en el curso de la historia. En el siglo XIII el pergamino era escaso y resultaba común reciclar los manuscritos de las bibliotecas para hacer palimpsestos (del griego "borrar").

El monje remojó el texto en un blanqueador natural y luego raspó la tinta para limpiar la superficie. Después duplicó el número de hojas para su devocionario, cortando por la mitad cada página original y volviéndolas a unir.

El siglo XX fue testigo de maniobras más tortuosas. En 1906, un clasicista danés, Johan Ludvig Heiberg, reconoció el texto de Arquímedes, apenas descifrable, cuando vio el libro en una biblioteca, pero antes de que pudiera dar a conocer su importancia, lo vendieron a un coleccionista de obras religiosas. Al libro se le pegaron imágenes de un periodo posterior en algunas páginas y fue manchado y desgarrado para incrementar su valor como reliquia religiosa.

Finalmente, con los avances tecnológicos en la captura de imágenes, y no con los esfuerzos de un codicioso falsificador, se incrementó el valor del antiguo pergamino. En 1998, el trabajo redescubierto de una de las mentes más brillantes de la humanidad se vendió en dos millones de dólares.

 

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