...  dedicada a los deberes de su cargo y al cuidado de su vida familiar.

La vida de Michelle Obama no tiene nada de normal. El Servicio Secreto la sigue a todos lados; vive en la casa más histórica de Estados Unidos, rodeada de antigüedades del siglo XVIII y retratos de los Padres Fundadores; su esposo aterriza en helicóptero en el césped tras la jornada de trabajo, y sus elecciones de vestuario son analizadas minuciosamente por observadores en todo el orbe. Su historial como Primera Dama registra varios hechos inéditos: fue la primera en pronunciar un discurso en la Academia Militar de West Point, la primera en ocupar el sitio número uno en la lista de Forbes de las mujeres más poderosas del mundo, la primera cuya madre reside permanentemente en la Casa Blanca y, desde luego, la primera afroamericana en el cargo.

Sin embargo, como nos contó en una entrevista en septiembre pasado, la señora Obama está totalmente comprometida con crear una vida normal dentro de la extraordinaria burbuja que es Washington. Y los observadores afirman que su búsqueda de la normalidad es prácticamente revolucionaria en los anales de las primeras damas. En junio, su amiga Sharon Malone, obstetra y esposa del procurador general de justicia Eric Holder, declaró a la revista Newsweek: “Existe un guión en Washington respecto a lo que una primera dama debe hacer. Pues bien, ella no está siguiendo el guión”. Aunque algunos dirían que su elección de causas sociales —crear conciencia sobre la epidemia de obesidad infantil y buscar más apoyo para las familias de los militares— es inesperadamente tradicional para una abogada que egresó de la Universidad de Princeton y que encabeza a las modernas mujeres trabajadoras, la señora Obama escoge causas confiando en sus instintos, no en lo que otros creen que debería hacer. Como le dijo a Oprah Winfrey en una de sus primeras entrevistas como Primera Dama: “No me interesa ser otra persona más que Michelle Obama”.

Es una mujer que conoce bien su corazón”, dijo la comentarista política Mary Matalin, en un elogio a la señora Obama publicado en el Chicago Tribune en enero de 2010, “y realmente se siente a gusto consigo misma”. Se le suele ver inclinándose (es altísima, incluso con tacones bajos) para darle un cálido abrazo a algún visitante. En la sesión fotográfica para esta entrevista, bromeó con los asistentes del fotógrafo, dos desconcertados hombres jóvenes vestidos con chaqueta y corbata. “No se visten así normalmente, ¿verdad?”, preguntó, y a continuación estiró la mano para acomodarle la corbata a uno de ellos. “Pisacorbatas... ¡Eso es de novatos!”

El día de nuestra entrevista, la señora Obama acababa de regresar de una sesión fotográfica para su nuevo libro de jardinería, cuya publicación está prevista para la primavera, y de un almuerzo que, según dijo, consistió más que nada en tomates cultivados en el huerto de la Casa Blanca. Se le veía muy dueña de sí misma y en su papel, lo cual no sorprende luego de tres años en el cargo, pero su pasión y sutil sentido del humor se manifestaron sobre todo al hablar de su familia. He aquí un extracto:

Selecciones: Las familias de los militares han sido un tema importante en su agenda. ¿Cómo empezó eso?

Michelle Obama: Empezó durante la campaña. Me pasé mucho tiempo de gira hablando con las trabajadoras y asegurándome de que la voz de las mujeres se incluyera en la campaña [de mi esposo] y, finalmente, en su presidencia. Mientras recorríamos el país, inevitablemente surgían las voces de esposas de militares, que no había escuchado yo antes. Sus problemas —los mismos que afrontaban las familias civiles, pero con el estrés adicional de múltiples misiones en zonas de guerra y mudanzas frecuentes— eran asuntos de los que yo no sabía nada, porque no provengo de una familia de militares. Y pensé: Pues si no estoy enterada yo, otros tampoco.

SRD: Algunos ex combatientes nos han dicho que, cuando regresan a casa y buscan trabajo, se enfrentan a un estereotipo respecto a su salud mental que los perjudica y limita. Y aún hay mucha vergüenza asociada con el estrés postraumático. ¿Qué están haciendo ustedes al respecto?

MO: La salud mental es un tema importante que señalan las familias, y esperamos hacer esfuerzos para quitarles el estigma a los problemas de la salud mental. En términos generales, no actuamos muy bien en este país en materia de salud mental. Los recursos son limitados, y en algunas comunidades pequeñas, inexistentes.

No estamos hablando de la salud mental solamente por lo que afecta a los integrantes de las fuerzas armadas. Los miembros de sus familias sufren su propia forma de trastorno de estrés postraumático: el impacto que tiene el servicio militar en la fortaleza del matrimonio, y los niños pequeños que se enfrentan a la pérdida de un padre o una madre, o a su ausencia por servicio en zonas de guerra durante muchos años, sin saber si él o ella va a regresar o no con vida.

Si tan solo hiciéramos del asunto una parte de las conversaciones diarias en este país y no fingiéramos que no existe, podría ser de mucha ayuda. Y esperamos que los integrantes de nuestras fuerzas armadas y sus familias nos ayuden a profundizar en nuestra comprensión de la salud mental en general, que los avances que esperamos lograr en esta materia tengan repercusiones positivas en la población más amplia.

SRD: Hablemos de su otra gran causa: la obesidad infantil. Existe mucha sensibilidad respecto a que el gobierno nos diga lo que deberíamos comer y lo que no. Me alegra que haya usted reconocido públicamente que le encantan las patatas fritas...

MO: Me fascinan.

SRD: Cuando hay tanta gente desempleada, existe la percepción —y es una realidad— de que las mejores opciones de alimentación son caras. El mayor problema de las personas quizá no sea comer demasiado, sino que digan: “No sé cómo voy a conseguir mi siguiente comida”.

MO: La posibilidad de comprar y la accesibilidad [a alimentos y frutas y verduras frescos] ha sido un problema durante décadas. Por eso fue importante nuestro anuncio sobre los esfuerzos de Walmart [para reducir la cantidad de azúcar, grasas y sal en sus productos de marca propia y crear cierta paridad entre los alimentos sanos y los no sanos]. Mucha gente dijo: “Bueno, Walmart…”, pero nuestro punto de vista es que Walmart es uno de los proveedores más grandes de alimentos en una amplia gama de comunidades y a precios asequibles. Ellos saben que a menudo hay que pagar más por el pan integral que por el blanco, así que su compromiso es hacer que la opción sana sea la asequible, para que las familias, si en verdad están tratando de elegir lo más saludable, puedan pagarlo. Walmart puede llegar a tener un efecto en toda la industria.

SRD: Habla usted de desiertos alimentarios: lugares donde no se venden realmente alimentos frescos y sanos.

MO: Esto está ocurriendo desde hace mucho tiempo. Las grandes tiendas de comestibles se han ido poco a poco, y lo único que les queda a las comunidades son pequeñas bodegas o la gasolinera; no hay frutas ni verduras, o son sumamente caras. Filadelfia ha hecho mucho por eliminar los desiertos alimentarios mediante una iniciativa de financiamiento de alimentos, empleando fondos gubernamentales junto con algo de capital del sector privado, y usándolo como incentivo para hacer que regresen los dueños de las tiendas de comestibles.

Y lo que están descubriendo es que esas tiendas generan utilidades —¡quién lo iba a decir!— porque la gente necesita comer. Si las personas tienen oportunidad de entrar en una tienda de comestibles agradable y comprar una lechuga o tal vez una cena empaquetada de pollo rostizado, lo harán si está a su alcance. Y eso también crea empleos en muchas de estas comunidades.

Entendemos que no se le puede decir a un padre de familia que elija mejores opciones cuando ni siquiera tiene opciones, así que hemos tenido que empezar por allí. Sin embargo, queda mucho por hacer.

SRD: ¿Qué opinan sus hijas respecto al énfasis que pone usted en los alimentos saludables? ¿Acaso le dicen, como solía decirme mi hija, que es la madre más mala del mundo?

MO: No, afortunadamente no me ponen esa etiqueta. Creo que conforme cumplen más años, aprecian y entienden mejor el asunto. Es como cualquier otra cosa que les decimos a los hijos: no tiene ningún sentido para ellos hasta que crecen, ¿o no es así?

El Presidente y yo hacemos lo que sabemos que es lo correcto para nuestras hijas, incluso si a ellas no les parece y aunque se enojen un poco con nosotros. Mi tarea consiste en cerciorarme de que mis hijas tengan hábitos sanos y que comprendan las decisiones que deban tomar. Pero sus papilas gustativas no son distintas de las de otros niños. Les gustan los mismos alimentos, pero nuestro mensaje sobre el equilibrio es parte de todo lo que ocurre en nuestro hogar.

SRD: Algunos de mis colegas internacionales dicen que las primeras damas estadounidenses son un poco tímidas en comparación con las de otros países del mundo en cuanto a las causas que defienden. Usted ha afirmado que éste no es un papel restrictivo para usted, pero, ¿considera que hablaría con más franqueza en un segundo periodo presidencial?

MO: Antes de que supiera lo que es este papel —porque nadie lo sabe hasta que lo desempeña—, eran esos los temas de los que hablaba yo. Porque hago un mejor trabajo cuando algo me apasiona de verdad, así que he tratado lo mejor posible de elegir las causas que más me importan y también las que coinciden con la agenda de trabajo más amplia de mi esposo. Y las familias de los militares, la obesidad infantil, el servicio y la orientación a los jóvenes son asuntos totalmente congruentes con todas esas causas. Son cuestiones que me importan profundamente, en las que pretendo tener algún efecto. Y pienso que tienen implicaciones no solo nacionales, sino también internacionales.

Uno de los temas que me comentan las esposas de otros líderes es que están viendo las tendencias en torno a la obesidad entre los niños, y que están considerando asuntos como la alimentación en las escuelas, el ejercicio físico y cosas por el estilo. Éste es un tema global.

Lo mismo es cierto en lo referente al apoyo a las familias de los militares. Muchos países en realidad no han empezado a ver de manera integral a los familiares de aquellos que prestan servicio militar. Así que ésta es la manera como elijo mis causas, más que emprender lo que otros piensan que debería hacer.

SRD: Muchas personas quisieran saber cómo es su vida familiar en esta casa fabulosa. George W. Bush reconoció que le llevaba el café a la cama a su esposa Laura cuando vivían aquí. ¿Recibe usted ese mismo trato por parte del Presidente?

MO: Voy a anotar eso. ¿Lo escribió en alguna parte de su libro? Podría yo fotocopiarlo y ponerlo debajo de la almohada de mi esposo.

SRD: Bien, no le lleva el café a la cama. Sin embargo, a menudo habla usted de tratar de mantener un sentido de normalidad en la vida de su familia. ¿Cómo logra eso?

MO: Es un enorme honor y también un privilegio, sin lugar a dudas, vivir en esta casa, servir al país de esta manera. No obstante, dicho esto, una de las cosas más difíciles de estar en este papel es tratar de mantener la normalidad. Me preocupa menos por mí y por mi esposo que por mis hijas. Mi marido y yo hacemos todo lo posible por ponerlas en primer lugar, y eso puede resultar muy difícil. Queremos asegurarnos de asistir a las reuniones de padres y maestros. Queremos cerciorarnos de que viajen y de que las cosas a las que estén acostumbradas en la vida no se interrumpan por el trabajo de su padre. Tenemos que luchar para superar las tensiones y el estrés, y las críticas que puedan suscitar nuestros esfuerzos por crear normalidad para nuestras hijas.

Porque, a final de cuentas, la forma como veo el futuro que deseo para mis hijas, la pasión que eso me inspira, convierte mi anhelo en algo para todos los niños. Tenemos que luchar en este país para lograr esa normalidad. Tenemos que esforzarnos para asegurar que todo lo que hagamos no sea para nosotros, sino para la siguiente generación.

Aunque es el presidente de Estados Unidos, la primera responsabilidad [de mi marido] y la más importante es ser el padre de Malia y Sasha, porque si no puede hacer eso, entonces no lo puede hacer por los demás niños de este país, y pienso que lo mismo es cierto en cuanto a mí.

SRD: De manera que no les permiten a sus hijas ser unas princesitas aquí. Sería muy tentador. Ha dicho usted que hacen sus camas e incluso que ayudan a poner la mesa.

MO: Así es. Nada de cosas de princesas, porque también se trata de su futuro. Una vez que salgan de aquí, serán niñas normales. Tenemos que prepararlas para la vida más allá de la Casa Blanca, y eso significa quehaceres, responsabilidades, tratar a la gente con dignidad y respeto, ser atentas con las personas mayores, y corteses y bondadosas con las demás. Queremos que aprendan estos valores y los conserven hasta que ellas también tengan el pelo canoso.

Así que el tiempo que pasemos aquí no puede ser simplemente una pausa, un paréntesis en nuestra vida. No podemos tomar un descanso de todos los valores en los que creemos. No, tenemos que preservar estos valores, incluso aquí. Ésta es la casa donde vivimos, pero llevamos con nosotros nuestros valores. En ese sentido, este lugar es tan solo un edificio.

Afortunadamente, la Casa Blanca está llena de personas que respetan los deseos de mi familia y que nos ayudan. Y, por supuesto, tenemos a la abuela… Cuando surgen dudas, ¡hay que recurrir a ella!

SRD: Habla usted de su madre muy a menudo, y evidentemente sus hijas cuentan con ella. ¿De qué manera la apoya a usted ahora?

MO: Apoyar a mis hijas es apoyarme a mí, primero y antes que nada.

SRD: Pero sin duda hay ocasiones en que lo único que usted quiere es meterse en una habitación y llorar. Todas las mujeres trabajadoras que conozco se han sentido así a veces.

MO: Siempre he contado con mi mamá en ese sentido. Ahora no tengo que hablarle por teléfono; solo voy a su habitación, me siento en el sofá y doy rienda suelta a mis emociones. Y ella escucha, y me dice que me levante y me ubique, y eso hago.

A este respecto, las cosas no han cambiado. Lo que pasa es que algunas veces mi madre lee en el periódico sobre cosas que me frustran antes de que yo se las cuente. Pero siempre ha sido una caja de resonancia maravillosa: es una mujer objetiva y sensata, con mucho sentido común.

Siempre habla con la verdad. No se anda con rodeos, pero su amor es incondicional. Ésos son los valores que más aprecio en ella.

Todos necesitamos eso, y ésa es una de las razones por las que suelo hablar de mi madre. Creo que tener esa interacción generacional dentro de la familia es esencial. Todavía siento que necesito un hombro en el cual apoyarme, alguien que en cierta forma me obligue a tener la cabeza bien puesta.

 

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