(Una pista: Nada bueno)

Al tiempo que nuestro barco de buceo de 6 metros se mece suavemente en las cristalinas aguas turquesas de la Isla de Gran Exuma, en el archipiélago de las Bahamas, realizo unos ajustes de última hora a mis gafas de bucear y al tubo. Dentro de un momento me reuniré con el biólogo marino Mark Hixon en una expedición submarina para localizar y capturar a un pez león, llamado así porque sus aletas como abanicos recuerdan la melena de un león. O, como se conoce entre los amantes de los peces tropicales, Pterois volitans.

Antes de saltar por la borda, Hixon me recuerda: “Si ves alguno, mantente alejado. Estos chicos dan unos buenos golpes. Un pinchazo de sus venenosas púas te puede mandar al hospital. Y el más cercano está a un rato en avión”.

Hixon sonríe y me pregunta: “¿No estás teniendo segundos pensamientos, verdad?”

He venido a la Bahamas para pasar tiempo con Hixon mientras investiga lo que dice que puede convertirse en la “invasión más devastadora de la historia del océano”. Él y otros investigadores están buscando la manera de detener el explosivo crecimiento de la población de peces leones rojos, una especie no nativa que se come todo en su camino desde el Caribe a otras aguas del Atlántico.

“Explosiva es un buen término. Y puedes añadir invasiva”, afirma Hixon mientras disfrutamos de una cerveza bahamesa en el Instituto Perry de Ciencias Marinas en la Isla Lee Stocking, cerca de Gran Exuma. Hace diez años era raro ver peces león en el Atlántico. Estas bellezas de rayas granates y largas extremidades que esconden un arsenal de púas afiladas y venenosas entre sus ligeras y translúcidas aletas son nativas de los océanos Pacífico e Índico, a unas 10.000 millas del Caribe. “De repente”, afirma Hixon, “empezaron a divisarse en el Atlántico. Era como ver un oso polar en Hawai”.

No nadaron hasta allí, dice, y no hay pruebas de que llegaran adheridas al lastre de los barcos.

“Así que, ¿cómo llegaron hasta allí?”, pregunto. Hixon sonríe, da un sorbo a su cerveza y me cuenta una historia sorprendente —nadie puede probar que haya pasado de verdad— que comienza al sur de Florida en 1992 con la llegada del Huracán Andrew. Esta tormenta de categoría 5, la tercera más potente del siglo, se desencadenó en la costa a finales de agosto con vientos de 250 kilómetros por hora y barrió cientos de hogares, y algunos acuarios.

“Existen informes, sin confirmar, que afirman que destrozó una acuario privado que albergaba, quizás, seis o siete peces león”, explica Hixon. “Se liberaron, por tanto, en Biscayne Bay y empezaron a hacer lo que las especies invasoras saben hacer mejor: comer y reproducirse”.

Pero algunos científicos afirman que probablemente los peces león fueron liberados por los propietarios cuando descubrieron que sus crías hambrientas se comerían rápidamente a todos los peces más pequeños del acuario. Las pruebas de ADN sugieren que los peces león del Atlántico provienen originariamente del oeste de Indonesia, donde se capturan para su venta en acuarios. Sin embargo, desde que llegaron al Atlántico se han multiplicado cada vez más. Como estos peces no parecen tener depredadores locales, se están reproduciendo a una escala sin precedentes. En las Bahamas, algunos científicos han informado de que han descubierto más de 400 peces león por hectárea.

Han sido divisados tan al norte como en Massachusetts y tan al sur como en México y Panamá. “Ningún pez ha colonizado tan rápido y en un océano tan vasto antes”, afirma Paula Whitfield, una ecologista investigadora de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica. Los científicos han descubierto que sus huevos fertilizados “se enganchan” a la Corriente del Golfo. Aunque los datos científicos no están todavía disponibles, algunos pescadores del Caribe están ya informando de que los peces león están afectando a la captura de peces comerciales como el mero y el pargo. Hixon y su equipo vieron a un pez león comerse más de 20 peces pequeños en 30 minutos.

“Lo que es peor, se están comiendo todo lo que encuentran a su paso hacia el arrecife como una plaga de langostas”, afirma Hixon, experto en arrecifes de coral. Como los peces león devoran a los peces de los pastos que evitan que las algas estrangulen los frágiles arrecifes, muchos temen por estos ecosistemas en peligro.

De vuelta en el barco de Hixon estoy ansioso, y un poco tenso por ver lo que algunos han denominado “el Frankenpez” en acción. Salto a las aguas de 3-6 metros de profundidad de Gran Exuma y buceo por encima de Hixon mientras él se sumerge con bombona y con dos redes con las que espera atrapar a un pez león. En pocos minutos, diviso un arrecife artificial que Hixon y otros investigadores construyeron con bloques de cemento. Es como un apartamento en miniatura sobre el suelo arenoso del fondo del mar con “residentes” de colores, desde peces loro de múltiples tonalidades hasta peces damisela azul neón, a peces lábridos entrando y saliendo precipitadamente de los recovecos del arrecife incrustado. Pero no se divisa ningún pez león.

Después, cuando Hixon dirige la luz a un grieta, levanta el pulgar en señal de aprobación y me acerco buceando. Un pez león de 45 centímetros con sus magníficas aletas desplegadas como las plumas de un pavo, nos mira fijamente. Me han dicho que en principio el pez no tiene por qué ser agresivo, pero mientras me acerco no puedo apartar de mi mente las historias de desafortunados pescadores y buceadores que han sufrido picaduras de gravedad.

El organizador de viajes de buceo con sede en Florida, Bruce Purdy, me dijo que cuando le picó un pez león, se le hinchó la palma de la mano y se le puso roja. “Me dolía tanto que quería cortarme la mano”, cuenta. Un pescador de Gran Exuma confesó que “había llorado como un bebé” cuando le picó un pez león. Una página web informaba que “la picadura del pez león puede causar náuseas, dificultades respiratorias, parálisis, convulsiones y colapso”. Eso ya me dio que pensar. Pero aún había más: “Incluso se podía producir la muerte en circunstancias excepcionales”.

Cuando por fin me encuentro cara a cara con un Pterois volitans, veo que el pez es espectacularmente bonito, con un cuerpo reluciente y rayas rojas, blancas y doradas. Sus delicadas y tenues aletas se mueven y parpadean hipnóticamente en la ligera corriente. A un brazo de distancia —es lo máximo que me atrevo— no muestra señales de miedo, y me mira a directamente a los ojos. Casi estoy tentado de acercarme y tocarlo. Casi… si no fuera por las 18 púas camufladas dorsales, pélvicas y anales, armadas todas ellas con un par de glándulas venenosas.

De repente, el pez se va y revela su verdadera naturaleza. Me maravillo al ver al pez león extender sus aletas para “cautivar” a un pequeño lábrido. Lentamente, arrincona al inocente pez contra el arrecife. Con un repentino golpe, el pez león embiste al lábrido y se lo lleva a la boca, tragándoselo de un bocado. El lábrido no ha tenido ni una pequeña oportunidad. Ahora entiendo qué quieren decir Hixon y otros investigadores cuando lo llaman “la perfecta máquina devoradora” y comparan sus proezas alimentarias con “disparar a un pez que está en un barril”.

Cuando Hixon captura al pez, volvemos al barco y me dice que se ha visto algún pez león comerse peces dos tercios más grandes que él. También el colega de Hixon, Mark Albins, descubrió en un experimento que los peces león se comen alrededor del 80 por ciento de los peces nativos jóvenes de los distintos arrecifes de investigación.

Mientras aceleramos por las tranquilas aguas de Exuma Sound de vuelta al laboratorio marino del Instituto Perry, le pregunto a Hixon si es optimista o pesimista con respecto al control de la invasión. “Ya has visto cómo esos bichos están devastando los arrecifes de peces nativos”, contesta. “Me temo que soy pesimista. Pero todavía no hemos perdido”.

En toda la región hay montones de científicos, funcionarios y demás personal que están trabajando fervientemente para resolver el misterio. Es una carrera contra el tiempo. De momento, gana el pez león.

En el Instituto Perry me encuentro con Paul Sikkel, un parasitólogo marino de la Universidad Estatal de Arkansas que pasa buena parte de su verano diseccionando peces león, buscando “algún punto flaco”. Cuantos más parásitos, más vulnerable es el pez. Sin embargo, mientras observa a través de un microscopio el tejido de las branquias de un pez león recién pescado, exclama: “¡No me lo puedo creer. Son los peces más limpios que he visto en mi vida. No tienen parásitos!”. Pez león: 1, científicos: 0.

Muchos investigadores esperaban descubrir un depredador local del pez león. Mark Hixon viajó recientemente al Pacífico para ver qué mantenía al pez león controlado. “En este momento, no lo sabemos todavía”, explica.

Hixon y otros han intentado incitar a una amplia gama de peces, desde tiburones a lubinas, a comerse a los invasores venenosos, pero estos han mostrado poco interés. Bruce Purdy incluso puso un pez león ante una morena verde, una comedora voraz, pero no tuvo suerte. “La morena arremetió contra el pez león, se pinchó y desistió”, recuerda Purdy. Pez león: 2, científicos: 0.

Se ha creado un consorcio de agencias y organizaciones de conservación marina para actuar como “sistema de alarma primario” de la invasión de los peces león. Uno de los miembros es la Fundación de Educación Medioambiental del Arrecife (REEF) en Cayo Largo (Florida). En enero de 2009, una buceadora dijo a la entonces directora ejecutiva Lisa Mitchell que había visto a un pez león en el Santuario Marino Nacional de los Cayos de Florida, de 2.900 millas náuticas cuadradas.

“Alucinamos. Era el primer avistamiento confirmado de un pez león en nuestras aguas”, recuerda Mitchell. A la mañana siguiente temprano, un equipo de la REEF se embarcó en un barco de buceo y salió pitando hacia el lugar donde se había avistado, cerca de los restos de un barco hundido. El equipo encontró el pez león exactamente donde la buceadora dijo que estaba y lo capturó. Mitchell afirma que “sabemos que no podemos sacar cada pez león del mar, pero hacemos lo imposible para evitar que ganen más terreno en nuestro territorio”.

Aunque es demasiado tarde para detener la invasión del pez león capturándolos y matándolos, algunos gobiernos tiene programas de sacrificio selectivo para ayudar a detener la marea. Los programas educacionales están destinados a enseñar a los pescadores locales cómo atrapar de forma segura a estos peces y eliminarlos.

Muchos expertos creen que la mejor forma de controlar el pez león es la más simple: comiéndoselos. De hecho, algunos restaurantes de Nassau han empezado a ofrecer peces león en sus cartas como novedad. Pero por lo que he descubierto, los habitantes de Bahamas son reticentes a comerse “ese pez venenoso”.

Cuando le pregunto a la reputada chef de Gran Exuma, Susan Gordon, si compartiría conmigo un pez león para cenar, le entra la risa y dice “¡De ningún modo! No pienso tocar ese pez”.

Finalmente, tras explicarle que el pez león es inofensivo una vez que se le quitan las espinas y que al cocinarlo se neutraliza el veneno, acepta preparar uno. Paul Sikkel trae un rechoncho pez león de 45 centímetros apodado “Big Poppa” del equipo de Hixon y confirma que le han quitado las púas. Gordon promete comérselo conmigo “si yo doy el primer bocado”.

Con una multitud de locales y biólogos marinos animándonos, Susan corta el pescado en filetes, lo reboza y lo fríe, añadiéndole zumo de lima y ajo picado. Mientras levanto el tenedor con el pescado y me lo llevo a la boca puedo oír cómo cae una de las púas. Recuerdo que Hixon me ha dicho antes: “el hospital más cercano está a un rato en avión”.

El pescado es quebradizo, casi dulce, como el mero. “Delicioso”, digo mientras le doy otro bocado.

Gordon duda pero se lleva el tenedor a la boca. Su veredicto: “Mmmmm”.

Nuestro público aplaude en señal de aprobación. Creo que les hemos convencido de que el pez león convenientemente cocinado es perfectamente seguro —y sabroso— de degustar. Para sellar el trato les recuerdo: “En Asia se dice que el pez león es un potente afrodisíaco”.

Todavía oigo las risas y veo las amplias sonrisas. Escritor: 1, Pez león: 0.

Un descubrimiento reciente ha supuesto un jarro de agua fría para los biólogos marinos que intentan luchar contra la invasión del pez león. El biólogo marino de NOAA James Morris y sus colegas acaban de publicar que han descubierto que las hembras de pez león rojo pueden producir más de dos millones de huevos al año. La carrera para encontrar un modo de detener esta invasión acaba de ponerse al rojo vivo.

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