Mi madre, que Dios la tenga en su Gloria, tenía un don para hacer malos regalos. Un rollo de telar del tamaño de una hectárea castaño oscuro. Un plato profusamente decorado con flores convertido en reloj con pequeños carillones digitales.

Un cachivache tan ruidoso como una excavadora que transformaba la bañera normal en un jacuzzi; estaba festoneado de carteles premonitorios PELIGRO DE ELECTROCUCIÓN.

Todas las Navidades se producía el advenimiento de algunas de esas rarezas, a cada cual más inútil que la anterior. No era la única. Estoy seguro de que muchas de las chucherías que regalé durante años han acabado en las ventas de primavera de los garajes. Sin embargo, año tras año, aspiramos a dar, o por fin a recibir, un regalo meditado y sorprendente, considerado y exquisito. Y todos los años, más a menudo de lo que quisiéramos, deshacer el envoltorio se convierte en un ejercicio de cómo fingir deleite mientras ocultamos como se trunca nuestra esperanza.

Es desalentador en el momento pero la perla de la historia no tarda mucho en tomar forma. Hemos decidido preguntar a nuestros amigos de todo el mundo qué opinan sobre dar o recibir regalos en Navidad. Parece ser que los regalos malos de las suegras son un tema común en muchos países y lo corroboran un par de historias que hemos oído. Agnieszka, de Polonia, nos contó en su primera Navidad después de la boda, su suegra le hizo un regalo con un bonito envoltorio.

“Lo deshice lentamente con algunas esperanzas”, afirma, hasta que descubrí unos pijamas enormes, talla única de franela de un color violeta particularmente horroroso: el antinegligé por excelencia. Y Marie, de la República Checa nos cuenta que su suegra le dio una vez un libro de cocina. Nada raro en ello, excepto que dentro del libro había un folleto sobre las tareas domésticas y un comentario no muy sutil sobre sus propias técnicas domésticas.

Después están los regalos egoístas, lo que regalamos a los demás, aunque en realidad, somos nosotros los que los queremos, algo también bastante común. Desde Australia, Louise nos informa que su hermano, Kevin todavía se mosquea cuando se acuerda de cómo se encontró un telescopio bajo el árbol de Navidad, en vez de un bate de cricket que era lo que más anhelaba, ya que a los 12 años estaba obsesionado con el cricket. “Me quedé hecho polvo”, afirma, “pero Papá no podía esperar al anochecer.” Años después, supieron que su padre había buscado por todas partes el telescopio; era algo que él siempre había anhelado.

Mientras tanto, más o menos en la misma época pero en otro hemisferio, Reino, de 14 años, Finlandia, recibió un libro de radios DXing y DX.

Reino no tenía ningún interés en seguir las señales de radio remotas, aunque su hermano, sí. Este manual que le regaló su hermano mayor, pasó rápidamente a las estanterías de él, en vez de a las de Reino. Era una pérdida fácil de asumir. “Era en inglés” dice Reino “y en ese momento yo no sabía leer inglés”.

Y entonces llegaron las Navidades para Lenka y su marido en la República Checa. Lenka le regaló a su marido las herramientas que él deseaba. Las utilizó para montar la maqueta del barco que él le regaló a ella. ¿Quién crees que se quedó más satisfecho esas navidades, Lenka o su marido?

Esos regalos pueden demostrar una falta de generosidad pero una abundancia de transparencia: las motivaciones de quien hace el regalo están perfectamente claras. Más sorprendente son los regalos de Navidad que están más que meditados, incluso son bastante caros pero que sugieren una falta total de conocimiento del receptor y plantean la siguiente cuestión: ¿No tienes ni idea de quién soy?

Esa pregunta podría muy bien haberse pasado por la cabeza de Cilia en Holanda, cuando su marido le regaló una máquina de coser. “Pensó que yo era creativa y que sería capaz de hacer ropa a medida para nuestros hijos, pero yo en mi vida había cogido siquiera aguja e hilo. La máquina fue devuelta a la tienda”, dice. Y en Argentina, Alicia, de 65 años, dejó caer entre su familia que le gustaría que le regalaran un móvil para Navidad. En vez de ello, recibió un monitor de presión sanguínea. “Me reí un montón”, dice “al comprender que mientras yo me veo como una mujer moderna, ellos me ven como una señora mayor”.

En Noruega, Stig opina que la Navidad es una época de pensamientos positivos y aunque él no alberga ningún sentimiento negativo hacia su incipiente calvicie, le entristeció recibir de su mujer unas pastillas contra la caída del cabello. “Y ni siquiera venían con garantía”, dice, añadiendo que es algo de lo que ambos se ríen ahora. Pero menos agradable fue el resultado de otro regalo relacionado con el pelo en Hungría. Los tíos de Anita se divorciaron poco después que ella le regalara a él una maquinilla de afeitar, sin caer en cuenta de lo orgulloso que estaba él de su espesa barba de Papá Noel.

La historia de Anita nos hace preguntarnos si no habría una pizca de crueldad por parte de su tía. Y quizás también por parte del tío de Carolina. Carolina, francesa, admite que es curvilínea. ¿Le estaba hacienda su tío una sugerencia no muy sutil cuando le regaló por Navidad el año pasado una báscula de baño? Aunque, sin embargo, nadie lo podría llamar incoherente. En 2009, le regaló una caja de música infantil estridente y el año anterior una funda para el volante. Sin duda, ella está en ascuas esperando qué se le ocurrirá para la Navidad del 2011.

Dentro de unos cuantos años, si todo va bien, Caroline podrá abrir su propia tienda de cosas inútiles.

Podría llamarla “Chez Mon Oncle.” O, si no se anima a vender sus regalos no deseados, podría volver a envolverlos y regalárselos a la próxima persona que toque en la lista. Regalar un regalo que se ha recibido es una práctica popular para deshacerse de los regalos que han fracasado, pero es una táctica que requiere ser muy cauto.

Desde Rumania, Florica cuenta que recibió de su prima una elegante blusa, la misma que Florica le había regalado a ella el año anterior. La apartó, la envolvió un año después y le puso el nombre de su hermana. Su hermana abrió el regalo, miró la prenda y dijo “¿No te acuerdas que fuimos a comprarla juntas?”

Algunos regalos vienen de vuelta demasiado a menudo. En México, en el intercambio anual de regalos de la familia de Bertha, todos llevan regalos y cada uno elige el paquete que más le gusta. Bertha había envuelto muy cuidadosamente una escultura de metal de un león que ella no quería. Se la había regalado su suegro a su marido y quería deshacerse de ella cuanto antes. Fue la caja que escogió su cuñada. Sin embargo, no le gustó el contenido y al final de la tarde, la nueva propietaria se las arregló para dejarse atrás el león. Sin embargo, el marido de Bertha los alcanzó por la calle y les obligó a que se lo llevaran a casa. El león volvió el Día de San Valentín, otra vez, agradablemente envuelto y entregado en la oficina del marido de Bertha. Las navidades siguientes, acabó de vuelta en casa de su hermana.

Bertha dice, “Desde entonces, el león se ha convertido en una tradición familiar y siempre estamos buscando formas creativas de deshacernos de él, así que seguirá merodeando por la familia.”

De igual forma, un joyero de malaquita verde realmente feo sin adornos ni grabados que lo hicieran bonito, hizo la ronda en Moscú. Marina nos cuenta que el joyero ha viajado de una rama a otra de la familia durante años antes de que su padre le pusiera una inscripción “A la querida Ludmilla con amor”. Desde entonces, ha permanecido con su prima.

Y, a veces, un regalo, se convierte simplemente en algo demasiado bueno. Si creemos que a un amigo, o a un familiar le gustan los angelitos de cristal o los elefantes de cerámica, tendemos a comprarle uno para reforzar su colección.

En Gran Bretaña, Lucy mencionó en una ocasión a su sobrino, como quien no quiere la cosa, que le gustaría tener perros Scotties. Esas navidades, su sobrino le regaló un llavero con un Scottie. Y ahí empezó la cosa. Platos, tazas, felpudos, pizarras, trapos de cocina. Lucy dice, “Tengo un armario lleno hasta arriba de esas cosas y mi entusiasmo por los Scotties se ha desvanecido.”

Todas estas historias me hacen sonreír y me vuelvo a acordar de mi madre y los regalos extraños que me hizo. ¿En qué demonios podía estar pensando? Me lo sigo preguntado todas las navidades y eso que ya me he deshecho de la mayoría de las cosas. Sin embargo, me he quedado con unas pocas: una bandeja de servir de cristal rosa con un motivo de un colibrí, una salsera dorada que parece tener aspiraciones a Habsburgo; es tan grande que muy probablemente podría usarse como barco de verdad, en caso de ser necesario.

Durante años, me he aficionado a estas cosas. Incluso las uso de vez en cuando. Las atesoro como recuerdo de la gran amabilidad de mi madre, porque era su bondad de corazón y un amor verdadero la que le llevaba a comprar esas cosas y enviarlas.

La amabilidad y el amor son, en mi opinión, en la mayoría de los casos, los que inspiran los regalos. Y sean o no dichos regalos de nuestro total agrado, probablemente es la primera cosa que deberíamos todos recordar en Navidad, independientemente de la parte del mundo en la que vivamos.

 

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2 Comentarios

Leydis D. on 13 Diciembre 2011 ,15:06

jajaja, muy cierto, aunque a veces nos regalan cosas que les damos otro uso, mi ejemplo me ragalaron unas colitas para el cabello, cuando tenía como 4 años, de esas que tienen bolitas en los lados, y les recorté todas las bolitas y las usé para decorar mi árbol de navidad!! xD

Lorena on 08 Diciembre 2011 ,00:30

Me encanto el articulo, tiene razon en las cosas que mencionas. entonces pude darme cuenta la suerte que eh tenido en recibir cosas de mi agrado jeje. Feliz Navidad y prospero año 2012, desde Tabasco México.

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