Los niños de la cocaína
Las políticas para combatir la droga en toda Europa no logran evitar que el problema se extienda.
By Brian Eads
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Las cosas han cambiado mucho en Aylesbury, una pequeña población 40 kilómetros al norte de Londres. Hace seis años, el centro local de tratamiento antidroga, Addaction, contaba tan sólo con dos consumidores de cocaína en su centro para menores de 18 años. Actualmente, para el personal es extraño encontrarse con un joven que no consuma cocaína.
“Si quieres cocaína, la puedes conseguir en cuestión de minutos”, afirma Laurie Yearley, un inspector detective de policía retirado que dirige el servicio a los jóvenes en Aylesbury. “La principal diferencia es la edad a la que empiezan a consumir drogas. Solía ser en la universidad. Ahora, los niños empiezan a estar expuestos antes de ser lo suficientemente maduros para enfrentarse a ello”.
Algunos traficantes locales emplean a niños de 14 o 15 años con bicicletas para entregar la mercancía y les pagan con cocaína. Sus clientes están en el mismo grupo de edad o son incluso más jóvenes.
Algunos les ponen trampas a las adolescentes. Sue*, que tiene actualmente 16 años, tenía 14 cuando le ofrecieron cocaína por primera vez. “Yo pensé que “estaba de moda”. Había visto gente esnifar “coca” en las películas, y parecía bueno”.
Comprarla era tan fácil como pedir una pizza. “Podía llamar al primer número de mi teléfono móvil”, afirma. Cuando no tenía dinero, intercambiaba sexo por coca. Más tarde empezó a funcionar como “mensajera”. Los fines de semana, un traficante le daba 20 o 30 bolsas de coca y un teléfono barato con el número de 126 clientes en la memoria. Si vendía 600 £ de cocaína, le recompensaban con tres gramos y 100 £. “Era de locos”, dice. “Venían niños de 12 años a comprar. Lo compraban con los ahorros de la paga”.
La familiaridad de los jóvenes de Aylesbury con la cocaína se repite en los pueblos de todo el país. En julio, el Estudio de Delincuencia Británica confirmó el aumento del consumo, especialmente de cocaína, entre los jóvenes de 16 a 24 años con más de medio millón de nuevos consumidores en el último año. Uno de cada ocho entrevistados declaró haberla consumido.
Y el problema no se limita a Reino Unido. La cocaína es la forma de estimularse de muchos jóvenes y adultos europeos de entre 15 y 34 años, informa el Centro Europeo de Vigilancia para las Drogas y la Drogadicción (EMCDDA), con sede en Lisboa, la agencia de la UE que recoge los datos y las tendencias. Es la segunda droga ilegal más popular después del cannabis.
Hace dos décadas, la cocaína, “la droga del glamour”, asociada a las estrellas de rock y las supermodelos, era demasiado cara y, para la mayoría de los jóvenes, inaccesible. Más tarde, a finales de los noventa, la ley de tolerancia cero y la caída de la demanda en Estados Unidos, junto con la guerra de las bandas asesinas en México (la gran ruta de contrabando), hizo que los grandes carteles de la droga sudamericanos exploraran nuevos mercados. “Europa era una alternativa muy atractiva”, afirma Thomas Pietschmann, analista de la Oficina de la Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD).
El fino polvo acre y blanco, tan adictivo y tóxico como la heroína, se puso al alcance de casi todos, ya que una raya de coca empezaba a costar menos que una cerveza. El consumo de cocaína se duplicó en casi toda Europa. En algunos países, el consumo por parte de los jóvenes se multiplicó por más de tres. De acuerdo con el EMCDDA, cerca de 3,5 millones de adultos jóvenes consumieron cocaína el pasado año, incluyendo cientos de miles de niños. Los estudios escolares demuestran que, en los países más afectados, España, Reino Unido y Holanda se le ofreció cocaína a uno de cada cinco niños de 15 años, y uno de cada 20 la consumieron, algunos incluso antes de ser adolescentes.
Incluso en Holanda, donde el tremendo gasto en tratamiento y prevención ha estabilizado el consumo adulto, también ha aumentado el consumo de cocaína entre los jóvenes. De hecho, la cocaína se ha “normalizado”. Los investigadores holandeses del Instituto de Investigación contra la Drogadicción (IVO) de Rotterdam informaron el año pasado de que “entre los adolescentes socialmente integrados y los adultos jóvenes, ha dejado de ser una droga extraordinaria”.
La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) con sede en Viena, ha advertido en repetidas ocasiones que Europa se está enfrentando a una “pandemia de cocaína” y que muchos gobiernos se niegan a afrontar el hecho. “Actualmente, Europa se enfrenta casi desnuda a la amenaza de la cocaína”, advierte el director ejecutivo de la ONUDD, Antonio María Costa.
Muchos jóvenes consumen cocaína para prolongar las noches en los bares y discotecas y beber más alcohol, afirma el profesor Mark Bellis, director del Centro de Salud Pública de la Universidad John Moores de Liverpool y uno de los colaboradores del estudio de la EMCDDA de 2006 sobre nueve ciudades, en el que se descubrió que, en promedio, casi uno de cada tres jóvenes de los que frecuentan las discotecas han consumido cocaína, al menos una vez. “Se extiende sin que te des cuenta”, dice Bellis. “El consumo esporádico y por diversión se convierte en un consumo problemático”. Y en una seria amenaza para la salud, también.
Aparte del daño psicológico, principalmente la psicosis y la paranoia, la droga puede causar mucha tensión en el corazón, provocando crisis, ataques y paros cardíacos. Las unidades de urgencias y de accidentes de los hospitales de Inglaterra estiman que el 40 por ciento de los jóvenes que ingresan por dolores en el pecho, lo hacen como resultado del consumo de cocaína.
Toda la que se vende en la calle está adulterada. Según la Agencia británica para el Crimen Organizado Serio (SOCA), la cocaína de la calle es pura en menos de un 20%, y a menudo tan sólo en un 5%. El resto es una pócima de polvos blancos baratos que añaden volumen, imitan el amargor o el “zumbido” de la cocaína y aumentan los beneficios de los traficantes. Además, la cocaína mezclada con el alcohol forma el cocaetileno, una sustancia química que envenena el hígado y daña el sistema cardiovascular. También dispara el comportamiento agresivo y aumenta la posibilidad de violencia.
“Te hace sentir invencible. Los chicos piensan que pueden enfrentarse a un puñado de matones”, dice Bellis. “No piensan en su futuro”.
Ni piensan mucho en la policía. Hoy en día, si cogen a un mayor de 18 años en Reino Unido con una pequeña cantidad de cocaína, recibe una amonestación; si cogen a un menor de 18 años, recibe una reprimenda por un primer delito. Generalmente no esperan ser detenidos y tienen buenos motivos para ello. “La policía no está interesada en los niveles de la calle. Quieren un alijo de 25 kilos”, afirma Yearley, de Addaction. “Pero con eso no conseguimos transmitir un mensaje a los chicos”.
Jenny*, una británica de 16 años consumidora de cocaína desde que tenía 12, tipifica la despreocupación de los jóvenes adictos. “Si me cogieran”, se mofa “probablemente me soltarían con una palmada en la muñeca”.
Los problemas en España con la cocaína son tan profundos como en Reino Unido y más antiguos. Desde mediados de los noventa, los lazos históricos y lingüísticos con los países sudamericanos productores de cocaína, la hicieron la principal puerta de acceso hacia Europa para los traficantes.
“España ostenta el récord mundial de incautaciones de cocaína”, afirma Carmen Moya García, epidemióloga que dirige el Plan Nacional Antidrogas del país. Pero eso plantea la cuestión de qué cantidad no ha sido incautada. La respuesta indiscutible es “cantidades ingentes”.
Prueba de ello es que la pureza de la cocaína en la calle en España es del 25-50 por ciento, mucho mayor que en ninguna otra parte de Europa, por el mismo precio medio de 60 euros/gramo. Para muchos jóvenes españoles que han vivido un boom económico sin precedentes durante los últimos años, el atractivo de la cocaína —la droga de las fiestas— era irresistible.
“Se difundía desde la élite a las masas y a la gente joven”, explicaba Sergi Canal, especialista en tratamiento y prevención antidrogas de Proyecto Hombre. Sin embargo, aunque el consumo de la cocaína aumentaba sin cesar, poca gente lo tenía en cuenta o se lo tomaba en serio. El foco estaba en otra parte, en una plaga de adicción a la heroína que empezó en los ochenta y alarmó al país. “España sólo se dio cuenta que tenía un problema con la cocaína a partir de 2003, aproximadamente”, afirma García.
Para entonces el daño ya estaba hecho: el número de tratamientos contra la adicción a la cocaína sobrepasó al de tratamientos contra la heroína y una nueva plaga se extendió. El año pasado, el ocho por ciento de la población española consumió cocaína, más del doble que la década anterior. Al mismo tiempo, los expertos en tratamiento antidrogas, declaran que sus pacientes son más jóvenes. En Baleares, que no es peor que las demás comunidades, la edad media de iniciación en el consumo de cocaína ha caído a los 15 años y medio. Antes de que los traficantes eligieran España como objetivo preferente, ningún joven de la isla necesitaba tratamiento por abuso de cocaína, afirman los trabajadores sociales.
Como el resto de los 27 miembros de la Unión Europea, la política española se guía por acuerdos alcanzados en Bruselas por el Grupo Horizontal sobre Drogas y la Comisión Europea. Los elementos principales del plan actual, 2005-2012, son la prevención y la reducción del riesgo y el daño.
En Barcelona, la ONG Asociación Bienestar y Desarrollo (ABD), ofrece un servicio de pruebas de drogas de “reducción de riesgos”. En menos de cinco minutos, pueden decir a los consumidores si, por ejemplo, su polvo blanco es cocaína y con qué la han cortado. En las fiestas rave y en los festivales de música, los laboratorios móviles de ABD prueban entre 100 y 200 muestras de la droga en una sola noche. La idea es acercarse a los consumidores y ofrecerles información. El control de calidad gratis es una realidad cada vez más cercana.
Sin duda, las políticas contra la droga en toda Europa no consiguen evitar que el problema se agrave. El informe de la ONUDD de el pasado año, publicado en junio, señala una “estabilización” en el consumo de cocaína en Europa pero lo atribuye a una reducción del suministro más que a una acción europea eficaz.
Costa, de la ONUDD, quiere ver unas medidas más severas contra el crimen organizado, particularmente un mayor compromiso para combatir el blanqueo de sus beneficios. Además, quiere una mayor responsabilidad de las celebridades influyentes que alardean del consumo de cocaína. “Los europeos hoy en día entienden que no deberían comprar diamantes manchados de sangre”, afirma. “Pero nadie hace películas sobre la coca manchada de sangre”, acusa.
El único país que los expertos piensan que lo está haciendo bien es Suecia. Tras flirtear con la liberalización en los años sesenta, Suecia adoptó medidas severas y se puso el objetivo de convertirse en una sociedad libre de drogas, gastando en consecuencia mucho dinero en prevención y en tratamientos. Independientemente del partido que estuviera en el poder, la política ha seguido siendo la misma: no se debe tolerar ni la producción ni el tráfico ni el abuso de las drogas. Como resultado, el consumo regular y diario de las drogas entre los suecos está muy por debajo del resto de los países europeos.
Para los menos afortunados: ‘Lo que sube debe bajar’, afirma Harry Shapiro, portavoz de DrugScope, un centro líder de investigación sobre la drogadicción de Londres. ‘Y la recuperación puede llevar mucho tiempo’.
Sin embargo, es posible.
Ruud Hansen, de 29 años originario de Volendam, un pueblo pesquero al norte de Ámsterdam, probó por primera vez la cocaína a los 14 años. Todas sus inseguridades desaparecieron. ‘¡Esto está hecho para mí!’, declaró Ruud. En 2004, después de una década abusando de la cocaína, Ruud pasaba mucho tiempo en su piso tras las pesadas cortinas de las ventanas, fumando y esnifando cocaína, comiendo poco y pensando de forma paranoica que la gente que conocía lo espiaba. El esnifar cocaína casi sin parar durante tres meses le provocó un ataque al corazón y tres intentos de suicidio por sobredosis.
Ruud ingresó en Castle Craig, un centro de tratamiento contra la drogadicción cerca de Edimburgo, en Escocia. Tras dos años sin esnifar, actualmente es director de contabilidad de una empresa líder de tecnología de la información. En su tiempo libre, visita colegios holandeses para hacer comprender a los niños la brutal realidad de la adicción.
Insatisfecha con las clínicas holandesas que parecen mostrar casi siempre el consumo seguro de las drogas, su madre, Gary Kok, se decidió a lanzar Moedige Moeders (Madres Coraje), un grupo de veinte mujeres que unieron fuerzas para apoyarse unas a otras y ayudar a sus hijos.
Hoy en día, hay 15 grupos de ‘Madres Coraje’ en toda Holanda que enseñan cómo comunicarse con los hijos adictos, ofreciendo consejos sobre prevención a los padres, líneas de ayuda, intervención en las crisis las 24 horas los 7 días de la semana, equipos de test antidrogas, y casas medio decentes para jóvenes en recuperación. Solamente en Volendam, hasta 250 personas han buscado su ayuda.
“Las Madres Coraje conciencian a la gente”, afirma Ruud. “El tabú ha desaparecido. La mayor victoria es reconocer el problema. Antes, no existía”.
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1 Comentarios |
| wesley on 05 Enero 2010 ,12:49 Como brasileño, me ha gustado mucho este artículo. Sabemos que, siendo un país tan extenso, nos convertimos en ruta para Europa y Estados Unidos. Además, muchos de los jóvenes latinos se incorporan al crimen por que faltan políticas de formación y empleo en latinoamérica para ellos, mientras que, al parecer, los jóvenes europeos ingresan en el mundo de la drogas por su propio placer y curiosidad. Los resultados de la legalización en Holanda también añaden mucho a esta polémica cuestión. |
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