Todas las mañanas, Becky Ziegel se pone nerviosa. Antes de las 10, sentada en la cocina con una taza de café, trata de concentrarse en el día que le espera. Pero sus ojos no logran apartarse del móvil que está junto a ella. ¿Dónde está el mensaje de texto de Ty? “Si no tengo noticias de él, me entra el pánico”, dice. “Entonces lo llamo, y si no contesta, corro al coche. Conduzco hasta su casa y el corazón me late con tal fuerza que lo siento en el cuello”.

En ese momento, un tintineo anuncia un nuevo mensaje, y los hombros de Becky se relajan al leerlo: “Las funciones cerebrales y corporales parecen ser lo más ‘normales’ posible”. Ya puede subir a su cuarto de costura, con la tranquilidad de saber que su hijo ha pasado bien otra noche más.

“Estaría muerto si mis padres no estuvieran cerca de mí”, dice Tyler Ziegel, de 26 años y que vive en su propia casa a unos 16 kilómetros de la casa de su familia, en Estados Unidos. Ty, ex infante de marina, está retirado oficialmente del ejército, con una indemnización por incapacidad a causa de las tremendas heridas que sufrió en un ataque suicida en el oeste de Irak. Perdió parte del brazo izquierdo y la mano derecha, la mayor parte de la cara y un fragmento del cerebro. Hoy se ha recuperado lo suficiente para vivir sin una atención constante, pero las convulsiones y otros problemas de salud lo han enviado a urgencias cuatro veces en los últimos meses.

En 2006, dos años después de ser herido, Ty se casó con su novia, Renee Kline, con quien se había comprometido entre sus dos periodos en Irak. El suceso atrajo la atención mundial de los medios. Pero el matrimonio se rompió, y la pareja se divorció después de un año. (“Nos distanciamos y cada uno tomó su camino”, dice Ty, con práctica objetividad.) Desde entonces, Becky, como miles de madres de ex combatientes discapacitados, ha sido la principal cuidadora de su hijo. Aunque Ty considera que toda su familia y sus amigos han cerrado filas en torno a él, a ella le reconoce el mayor mérito. “Mi madre ha sido increíble”, dice. “Ha estado conmigo en todo”.

“Me deshice de él, y ahora lo tengo de vuelta”, bromea Becky. Lo lleva a sus citas en la clínica de Asuntos de Ex Combatientes, cerca de su casa, y al hospital, a más de dos horas de distancia. Se asegura de que coma bien y tome sus medicamentos. Le ayuda con las tareas de la casa y el pago de las cuentas. Y, desde luego, todas las mañanas se asegura de que su hijo todavía respire.

“Soy su madre”, dice. “Ese es mi trabajo”.

Becky tiene 49 años y es madre de dos infantes de marina, que se alistaron en el ejército después del colegio. Ty partió a Irak por segunda vez en el verano de 2004, poco después de que su hermano menor, Zach, se incorporara al campamento de entrenamiento de reclutas. Con ambos lejos, admite Becky, se puso “a bailar de alegría”. Ella y su marido, Jeff, de 56 años, operador de maquinaria, finalmente tenían un nido vacío. “Pensé: Ya son adultos; no me necesitan. ¿Qué quiero ser?” Consideró la posibilidad de apuntarse en algunos cursos en la universidad, y pensaba visitar a amigos a los que hacía mucho tiempo que no veía.

Un día de diciembre Ty estaba de patrulla en la provincia de Anbar cuando un insurgente iraquí hizo detonar un coche lleno de explosivos junto al camión de la tropa. De los siete hombres que iban a bordo, Ty recibió el mayor impacto. Un compañero lo sacó del vehículo y sofocó las llamas. Ty fue evacuado a un hospital militar en la Base Aérea de Balad, donde los cirujanos trabajaron para salvarle la vida.

Becky se disponía a envolver regalos de Navidad cuando un oficial de la infantería de marina llamó para dar la noticia. Cuando Jeff le pasó el teléfono, no lloró, sino que presionó al oficial para que le diera la mayor información posible. Éste no pudo ofrecerle más que una descripción superficial del ataque y de las lesiones de Ty. La casa no tardó en llenarse de familiares y amigos.

De Balad, Ty fue trasladado en avión al Centro Médico Brooke Army en San Antonio (Texas), en un vuelo que duró 17 horas. La Fundación Fisher House —una organización sin ánimo de lucro que ayuda y temporalmente alberga a las familias de los soldados heridos—consiguió billetes de avión para Becky y Jeff, junto a la novia de Ty, Renee, y Zach, que disfrutaba en ese momento de un permiso. Llegaron a Brooke la víspera de Navidad.

Un neurólogo les informó del estado de Ty. Los cirujanos de Balad le habían quitado la parte del lóbulo frontal que le había perforado la metralla. Era demasiado pronto para saber si su capacidad mental y su personalidad quedarían afectadas, si quedaría paralizado e incluso si llegaría a despertar. De la cintura para arriba tenía quemaduras graves. “Realmente no esperaban que fuera a vivir”, recuerda Becky.

Cuando la familia entró en la habitación, lo encontraron envuelto en vendajes y con un tubo que le salía de la cabeza. “No podíamos verle la cara”, recuerda Becky. “Pero las piernas se le asomaban, y entonces vi el tatuaje de rifles cruzados. Así supe que era Ty”.

El chico soportó muchas operaciones. Le amputaron el antebrazo izquierdo y tres dedos de la mano derecha: el pulgar, el índice y el anular. La mayor parte del tiempo lo tenían sedado. Luego, después de varias semanas, los médicos le quitaron los vendajes. “Partes de la cara se parecían a él, pero quemadas”, dice Becky. “No puedo describir el color: carbón, pardo. No tenía orejas ni nariz”.

Las operaciones posteriores, incluida una en que se usó músculo de la espalda de su hijo para cubrirle la parte expuesta del cerebro, modificaron aún más su aspecto. Durante varios meses usó un casco para proteger la zona, hasta que le adaptaron una prótesis y le suturaron el cráneo. “Pasó por tantas etapas de curación que acabé por acostumbrarme a su aspecto”, recuerda Becky, quien dice que le preocupaba más el bienestar emocional de su hijo que su apariencia física.

Después de que sobreviviera a las primeras semanas críticas, su padre y su hermano regresaron a casa. Becky y Renee se quedaron, y se buscaron un piso en la zona. Se turnaban para estar al lado de Ty. Le daban de comer y lo ayudaban a ducharse. Le estiraban los dos dedos restantes —ambos gravemente quemados— para aumentar el alcance de su movimiento. “Recuerdo los días en que pensaba que no podía entrar en esa habitación y poner una cara feliz”, afirma Becky. “No sé cómo lo hice, pero lo hice. Era mi hijo”.

Ty, con la percepción nublada por los sedantes, se dio cuenta sólo gradualmente de su desfiguración. Siguiendo los consejos médicos, Becky no le dio detalles, sino que esperó a que él preguntara. Un día, cuando quiso sonarse la nariz, Ty observó:

—Con las quemaduras que he sufrido, me sorprende que aún tenga nariz—. Luego vio la expresión de los ojos de su madre.

—¿No tengo nariz? Debo parecer un extraterrestre.

Una vez, cuando entraban en una sala de tratamiento, Becky no pudo quitar de la vista de su hijo un espejo de cuerpo entero. Era la primera vez que se veía bien. Sorprendentemente, parecía más interesado que horrorizado. A medida que Ty se recuperaba, él y Becky iban a San Antonio para comprar y comer, y Becky dirigía una dura mirada a los curiosos. Si a Ty le molestaba la atención, rara vez lo mostraba.

En mayo, Jeff fue de visita y le trajo a Becky un anillo con tres diamantes —pasado, presente y futuro— para celebrar su 25 aniversario de boda. Recorrieron el Paseo del Río de San Antonio y admiraron el paisaje. Becky llevaba cinco meses viviendo ahí. Todavía celebraría otro aniversario más antes de irse.

Nunca había pasado mucho tiempo lejos de la extensión de campo en las afueras de Peoria donde creció. La mayor de siete hijos cuyos padres se separaron cuando ella era aún adolescente, Becky aprendió a ser independiente y trabajadora y a pensar primero en los demás. Trabajó como camarera mientras estaba en el colegio y luego aceptó un trabajo de mensajera en el hospital donde su madre trabajaba como enfermera. Se casó con Jeff a los 20 años y compraron la vieja casa de la abuela de ella, que todavía es su hogar.

“No me hubiera gustado vivir en otra parte y no tener cerca a mi familia y amigos”, explica. Pero sus 19 meses en San Antonio le abrieron “la cajita” de su mundo. “Ahora puedo ir a cualquier parte y hacer amigos y encontrar familia”.

Tras los largos días de hospital, Terri Fulkerson, cuya hija también estaba en la unidad de quemados, solía sentarse con Becky en la terraza a charlar sobre sus hijos. “Esa mujer era capaz de encontrarle el lado gracioso a una piedra”, dice Terri. “Tiene el don de hacer reír incluso a alguien cuyos sueños se estén desmoronando”.

Becky también se volvió experta en tratar con el personal médico. “Antes, jamás habría soñado en discutir con un neurocirujano”, recuerda. Apoyó la decisión de trasplantar el dedo gordo del pie de Ty a su mano derecha para crear un pulgar, aunque los médicos le advirtieron que podría no funcionar (sí funcionó), y estuvo presente cuando le adaptaron una prótesis para suplir el antebrazo y la mano izquierdos. Cuando pasó a ser paciente externo y se mudó con Becky y Renee a la residencia, Becky observó a los terapeutas readiestrarlo en habilidades como hacer una cama y poner el lavavajillas.

Becky estaba encantada de ver a Ty avanzar hacia su independencia. Aparte de los dolores de cabeza, no mostraba señales de daño mental duradero. Era tan franco y obstinado como siempre y había heredado el humor irónico de su madre. Cada poco bromeaba con los médicos jóvenes, señalándose a sí mismo y advirtiéndoles: “No fumes mientras te limpias las botas”.

Gracias a los progresos de Ty, Becky pudo dedicar tiempo a sí misma. Caminaba kilómetros enteros cerca del hospital. Debido a la angustia por la situación de su hijo, perdió 27 kilos. Se dejó crecer hasta los hombros su pelo rubio y corto, y se lo tiñó de castaño rojizo.

“Me estaba encontrando a mí misma”, recuerda Becky. “Me sentía mejor”. Hasta empezó a hablar en público para buscar apoyo para la residencia. Luego, por fin, en julio de 2006, Ty y Becky se fueron a casa.

Después de que Ty se casara, su madre se apuntó a los cursos universitarios que durante tanto tiempo había querido hacer. Incluso después de que Ty y Renee se separaran, Becky se aferró a su nueva libertad. Ty se quedó en la casa blanca de madera donde había vivido con su mujer. Le habían diagnosticado estrés postraumático, pero los medicamentos le ayudaban a disminuir su ansiedad. Se pasaba el tiempo jugando con su cachorro de bóxer, arreglando su coche y tocando la guitarra (había aprendido otra vez a conducir y a tocar canciones). De noche, se iba a los bares locales con amigos, e incluso salía de vez en cuando con chicas.

Luego sufrió una grave sinusitis que lo obligó a acudir en dos ocasiones a urgencias. La segunda vez fue el día después de que Becky tuviera que operarse por dislocarse el hombro. Llamó a Ty y no obtuvo respuesta; Jeff fue a verlo y lo encontró peligrosamente deshidratado. Fue trasladado inmediatamente al hospital. Jeff sufrió lo que parecía ser un ataque cardiaco y acabó también en urgencias.

Zach le envió un mensaje electrónico a Becky desde Irak, a donde lo habían enviado el otoño anterior. “¿Qué está pensando Dios? ¿Por qué nos suceden todas estas cosas?”, preguntaba. Y Becky le respondió: “Porque podemos hacerles frente”.

Y faltaba más. Una noche, Becky y Jeff no pudieron despertar a Ty en su casa. En el hospital le diagnosticaron convulsiones —una consecuencia no detectada antes de su lesión cerebral—y le dieron medicamentos para mantenerlas a raya. Sin embargo, unos meses después un vecino encontró a Ty semiconsciente en la entrada de su casa; en otro viaje más a urgencias le ajustaron el medicamento.

Becky miró por Internet para investigar las convulsiones, y ha aprendido a reconocer las señales de advertencia. Cuando Ty empezó a quedarse dormido —una bandera roja—durante el desayuno en casa de su abuela hace poco, Becky lo convenció de que volviera a casa con ella. Horas después, el muchacho despertó y le preguntó:

—¿Te quedarías tranquila si me llevas a mi casa?

—Honestamente, no —contestó ella.

Ty se quejó en broma.

—Me tiene secuestrado.

Aun así, más tarde aceptó:

—Cuando estoy en tu casa, mamá, sé que voy a estar bien.

Es la hora de la cena, y Becky y Jeff esperan a que llegue la pizza que han pedido. Suena el teléfono y es Ty, que quiere saber cómo descongelar un panecillo de perrito caliente. Riendo, Becky comparte con él su sabiduría materna.

Algunas veces —aunque no habitualmente— se siente abrumada por lo que le ha tocado vivir. “¿Y si pasa algo? ¿Y si no llego a tiempo? Esto me asusta mucho”. Sin embargo, encuentra consuelo en su círculo de seres queridos y en su “segunda familia” de combatientes heridos y sus padres. Trata de no obsesionarse con lo que no puede remediar.

“Ty me preguntó una vez si estaba enfadada por lo que le había pasado”, cuenta Becky. “Pero ¿con quién iba a estar enfadada? ¿Con el que detonó los explosivos? Está muerto. ¿Con Ty? Estoy orgullosa de él. No sé con quién estar enfadada, así que no estoy enfadada”.

Con sus estudios en suspenso, y tras renunciar a ofertas de trabajo, Becky espera retomar sus planes en el futuro. Piensa en el día en que Ty la necesite menos, o incluso vuelva a casarse. “La mujer que se case con él va a ser afortunada”, dice. “No puedo esperar a que él tenga sus propios hijos”.

“No creo que vaya a estar a la entera disposición de Ty el resto de mi vida”, asegura, acurrucándose en el sofá donde su hijo suele dormir. “Pero nunca se termina de ser madre”.

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2 Comentarios

marcela on 24 Febrero 2011 ,02:55

me gusto la historia de vida de madre coraje es un ejemplo para todas las mujeres del mundo

Juany on 20 Enero 2010 ,17:09

Es muy conmovedor su relato mas es una realidad nunca dejamos de ser madre aunque nuestros hijos crescan y no esten viviendo junto a nosotras, desde el momento que los engendramos son parte de nosotras y estaremos junto a ellos cada ves que nos necesiten, los hijos son el regalo mas grande que Dios nos dio.

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