
Modelo de voluntad
El cáncer la dejó sin pelo y con una cojera permanente, pero a sus 15 años está decidida a luchar por cumplir sus sueños.
Por Cynthia Dermody
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El maquillador desliza una brocha de cerdas suaves por las mejillas de Vivian Laws, y deja en ellas un rubor que le da un aspecto saludable y le favorece. Por ahora, esta adolescente goza de buena salud, a pesar de las muletas con que se sujeta de pie y el enorme soporte ortopédico negro que lleva alrededor de la pierna derecha. Está muy emocionada —y con razón— al encontrarse en los Estudios Chelsea de la Ciudad de Nueva York, donde se prepara para salir en un programa de televisión. El maquillador le da el toque final sobre los labios.
Hmm. Más maquillaje del que normalmente me pongo, piensa Vivian cuando se mira en el espejo con ojos de profesional. Aunque sólo tiene 14 años, es una modelo en ciernes.
Es noviembre de 2008, una de esas mañanas frías y luminosas de la Gran Manzana. Junto a Vivian está sentado el productor, y la joven charla con él para dejar pasar los minutos antes de que empiece el programa. No se siente nerviosa. Ya ha estado antes sobre un escenario y ante las cámaras. También se siente a gusto con su atuendo: un ajustado chaleco amarillo sobre una camiseta negra de mangas largas y una falda de muselina negra.
La ropa y el maquillaje son detalles importantes para una aspirante a modelo y actriz como ella, al igual que el pelo. Pero no tiene que preocuparse por él, ya que está calva. La quimioterapia la ha dejado así, mientras limpiaba su cuerpo de osteosarcoma, un tipo de cáncer de huesos.
La enfermedad es la razón por la cual esta adolescente de Tennessee, se encuentra en los estudios. Va a contar su historia como superviviente del cáncer en un popular programa matinal de noticias, a instancias del Hospital Infantil de Investigación Saint Jude, de Memphis, donde recibe tratamiento. Pero antes tiene una sorpresa.
Llaman a la puerta. Por un momento, Vivian piensa que es un ayudante, pero se queda pasmada al reconocer a la persona que acaba de entrar. El productor no habría podido indicar en el guión una mejor expresión de asombro.
—Ay, ¡hola! —le dice Vivian a la visitante, casi gritando.
Es su máximo ídolo: Tyra Banks, la supermodelo convertida en estrella de televisión. La sorpresa, preparada por su padre y el Hospital Saint Jude, es que Vivian no aparecerá en el informativo, sino en The Tyra Banks Show, un programa que ven 2,2 millones de personas en Estados Unidos.
Minutos antes de que Tyra entrara en el vestidor de Vivian con un equipo de cámaras, su padre, Vince, contó la historia de su hija sobre el escenario: cuando esta animadora deportiva y aspirante a modelo tenía 12 años, le diagnosticaron cáncer óseo en la pierna derecha. Por ahora ha vencido la enfermedad, pero el tratamiento la ha apartado de las pasarelas.
Vivian, según contó su padre, era una niña traviesa y llena de energía, siempre dispuesta a superar los retos. Cuanto tenía tres años demostró de lo que era capaz: en su intento por preparar el desayuno, la precoz niña echó los cereales por el inodoro y lanzó huevos al suelo de la cocina.
La niña también tenía una belleza natural. El fotógrafo que le hizo una fotografía cuando iba a la guardería le preguntó a su madre si la dejaría posar para publicidad, y le sugirió que la apuntara a concursos infantiles de belleza.
La madre, Carla Laws-Roseberry, siguió el consejo. En los concursos en que Vivian participó, sobresalieron su belleza exótica —herencia de su linaje irlandés e indígena estadounidense— y su personalidad. Carla dice que su hija posee una “luz interior que siempre ha atraído a las personas”. A los siete años, Vivian ya había ganado un par de certámenes.
Más tarde, mientras asistía a un festival de celebración del Día de la Independencia de Estados Unidos, un buscador de talentos le sugirió que se apuntara a una agencia de modelos. Vivian firmó un contrato con la prestigiosa Agencia Wilhelmina Dan a los 10 años.
Pero un día, cuando tenía 12 años, empezó a sentir un dolor tan intenso en la rodilla derecha que sus padres la llevaron al especialista.
En la parte superior de la tibia, la niña tenía un tumor maligno del tamaño de una pelota de ping-pong. Tendrían que someterla a quimioterapia y a una operación para extirpar el tumor, y luego a dosis de fármacos aún más tóxicos para destruir las células malignas que quedaran. Se sentiría mal durante seis meses por efecto de las medicinas, y aunque sus proba-bilidades de recuperación eran buenas, no había ninguna garantía.
Peor aún, el médico le explicó a Vivian, quien había puesto sus expectativas en una profesión que normalmente exige la perfección física, que tendrían que extirparle la parte enferma de la pierna y reemplazarla con una prótesis de metal. El procedimiento le dejaría una cicatriz visible en la pierna. Además, requeriría un soporte ortopédico para el pie, y quedaría con una cojera permanente.
Con entereza
El cáncer es la principal causa de muerte por enfermedad entre los niños estadounideses de 1 a 14 años. Si existe algún consuelo para los niños que contraen esta enfermedad, es que la mayoría no saben exactamente qué les ocurre. La carga emocional y la toma de decisiones recae casi totalmente en los padres. Estas decisiones a menudo son las más difíciles que tomarán en su vida, sin saber, hasta meses o años después, si fueron las acertadas.
La historia de Vivian es un poco distinta. Cuando el médico pronunció el diagnóstico, no lloró ni se mostró alterada. Hizo preguntas que, por inmadurez, la mayoría de los niños de su edad no podrían formular: “¿Qué tipo de tumor es? ¿Es mortal?” ¿Perderé la pierna y el pelo?”
“Vivian se comportó con una madurez y una serenidad asombrosas”, cuenta su padre. “Mi mujer y yo nos quedamos mudos, pero la niña siguió preguntando sobre la enfermedad y lo que le esperaba. No temía conocer las respuestas”. Aunque sus padres tuvieron la última palabra, decidieron junto a ella la atención médica que recibiría. Vivian se mantuvo informada de cada paso del tratamiento. Preguntó cuánto tiempo duraría, y sobre las transfusiones de sangre y la neutropenia, condición en que los glóbulos blancos disminuyen por debajo de cierto punto, lo cual aumenta el riesgo de infección.
No hizo búsquedas en Google sobre su enfermedad, sino que consultó directamente a los médicos y las enfermeras. Sobre todo, no permitió que el miedo se apoderara de ella.
Vince cree saber por qué su hija dio un salto casi instantáneo de la infancia a la edad adulta. Un año antes, en 2006, los abuelos maternos de Vivian murieron de cáncer en un periodo de seis meses. La niña vio a su madre cuidar de ellos mañana y noche. El día que su abuela falleció, Vivian se encontraba en un ensayo enfrente de la casa de sus abuelos, y de pronto vio una ambulancia aparcar junto a la entrada.
Tenía un vínculo muy estrecho con sus abuelos. “No quería pasar por lo mismo que pasaron ellos”, dice, “así que decidí ponerme terca en cuanto al cáncer”. Sabía, por programas de televisión que había visto, que algunos enfermos de cáncer se sienten desgraciados y se enfadan con el mun-do. “En la consulta del médico decidí que yo no actuaría así”.
Fármacos peligrosos
El metotrexato es una sustancia quimioterapéutica ultrapotente que los médicos usan sólo como último recurso, pues tiene efectos secundarios potenciales peligrosos: daños en los riñones, el hígado y el sistema inmunitario. En mujeres que lo toman durante el embarazo, también puede provocar esterilidad y malformaciones congénitas en el feto.
En febrero de 2008, al comienzo de la segunda ronda de quimioterapia, el oncólogo David Shook les propuso a Vivian y a sus padres añadir el metotrexato a las dosis de medicamentos.
—En este momento estamos a mitad del partido y vamos perdiendo —les dijo.
Un mes antes, los médicos le habían extirpado a Vivian el tumor y la tibia y la rodilla enfermas, e implantado en su lugar una prótesis de metal. Cuando analizaron el tejido maligno en el labo-ratorio, supieron que la quimioterapia había reducido el tumor en 30 por ciento, pero no era suficiente.
“Nos preocupó la idea de meterle sustancias tóxicas a la niña”, contó Carla. “Al llegar a casa, mi marido me abrazó y se echó a llorar”. Sin embargo, Vivian aceptó con valentía que le suministraran el metotrexato.
Un mes después de empezar a to-marlo, contrajo una infección aguda por estafilococos en la zona de la prótesis. Sufría accesos de fiebre constantemente, y debido a las náuseas y vómitos que la quimioterapia le provocaba, tuvieron que administrarle complementos nutritivos por vía intravenosa durante seis meses.
En julio de 2008, los médicos le extrajeron el implante infectado e insertaron en el hueco un espaciador temporal impregnado de antibióticos. Durante todo el procedimiento, la chica se mantuvo optimista.
“Lo último que un paciente quiere es que le pongan inyecciones”, dice la doctora Najat Daw, otra oncóloga del hospital, “pero Vivian se arremanga la blusa muy sonriente. Esa actitud le ha ayudado a superar todo esto”.
La animadora
Poco después de la primera operación de implante de prótesis, en enero de 2008, Vivian empezó a hacer ejercicio en las barras paralelas de la sala de fisioterapia para reaprender a caminar, lo que ha tenido que hacer después de cada intervención. En la sala, un paciente de 20 años, pelirrojo (antes de que se le cayera el pelo) y mirada dulce empezó a bromear, y Vivian se rió. Ya lo había visto antes. Como ella, padecía osteosarcoma. A los dos los operaron de la pierna el mismo día, pero él no tuvo la suerte de conservar la suya. Peor aún, el cáncer se le había extendido a los pulmones.
Vivian se hizo amiga del chico, que participaba en su parroquia, y estaba prometido. El joven se dedicó a aconsejarla y apoyarla, y ella fue a su boda, cuya fecha se adelantó por temor a lo inevitable. El mismo día en que operaron de urgencia a Vivian por la pierna infectada, a su amigo le extirparon los tumores de los pulmones. La primera pregunta que hizo cuando se recuperó de la anestesia fue: “¿Cómo está Vivian?”
Un día la llamaron del hospital para saber si podría visitar a su amigo, quien se encontraba en una residencia para enfermos terminales. Con la aprobación de sus padres, Vivian empezó a visitarlo con frecuencia. “Y antes de que nos diéramos cuenta”, dice Vince, “el joven se sentaba en la cama y comía helado. Mi hija tiene la habilidad de darle la vuelta a todo”.
“Reíamos y bromeábamos como en el hospital”, cuenta ella. “Él me había dado su apoyo todo el tiempo, así que ahora yo debía dejarlo apoyarse en mí. Maduré en las últimas semanas que vivió, y sé que soy una mejor persona por haberlo conocido”.
Cuando el joven murió, Vivian pasó cuatro minutos llorando y después se detuvo abruptamente. Basta. No más lágrimas, se dijo. Desde entonces, se ha hecho cargo de otros pacientes del Hospital Saint Jude.
Sonreír con los ojos
Tras bambalinas en los Estudios Chelsea, unos momentos antes de salir al escenario con Vivian, Tyra Banks se vuelve hacia ella y le dice:
—¿Sabes qué me recuerdas con tu cabeza así? La sexta temporada del concurso America’s Next Top Model (Supermodelo), cuando las jóvenes hicieron una sesión fotográfica rapadas y estaban preciosas. Si una chica es capaz de estar guapa sin pelo, es verdaderamente preciosa.
Una vez en el centro del escenario, Vivian posa para el fotógrafo particular de Banks. Banks dirige la sesión fotográfica y aconseja a Vivian. “Gira la cabeza tres cuartos” y “sonríe con los ojos”.
Más tarde, Vivian y Banks se sientan con la actriz Marlo Thomas, hija del fundador de St. Jude, el cómico Danny Thomas, para hablar de las buenas obras del hospital y sus necesidades de recaudación de fondos.
St. Jude ha tratado a pacientes de más de 70 países en el hospital de Memphis y a través de su Programa de Alcance Internacional. Vivian se ha convertido en modelo portavoz del hospital, ya que aparece en eventos publicitarios, posa en sesiones fotográficas para elaborar materiales de marketing y se presenta en programas televisivos como éste.
Aun así, “El Show de Tyra Banks” es con mucho su actuación más emocionante. No puede creer que esté a unos centímetros de Tyra, cuando apenas la noche anterior se encontraba en el Museo de Cera de Madame Tussaud, fascinada sólo de poder ver una copia de cera de su ídolo. “Tyra es tan exitosa y aún así tan sencilla”, dice Vivian. “Ayuda a otros cuando no tiene por qué hacerlo al darles confianza”.
Al describir a Banks, se describe a sí misma también. El mismo fuerte sentido de autoaceptación y confianza que convirtieron a Banks en empresaria de éxito ha ayudado a esta chica esbelta y sin pelo, con la pierna cicatrizada y cojera, a buscar su sueño bajo los focos. Tal vez no logre llegar a una pasarela de París, pero no le preocupa. Si un cliente no le da trabajo por su cicatriz o su cojera, dice, será una pérdida para él. “Simplemente haré otra cosa”.
Vivian afirma que está contenta con usar su amor por las pasarelas y las artes escénicas para lograr otro tipo de celebridad, la de una verdadera superviviente del cáncer. “Me siento orgullosa de los tiempos difíciles, cuando me reí y dije, ‘No tengo miedo’, aunque todos los demás sí tenían. Me siento orgullosa cuando hago sonreír a alguien que pasa un mal día. Tengo la suerte de ver esa habilidad en mí misma”.
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