Louise zoller, de 33 años, pensó que la guardería estaba extrañamente silenciosa. Como tenía intención de celebrar el cumpleaños de su madre por la tarde, había ido 45 minutos antes de lo habitual a recoger a su hija Hannah, de dos años. Con ella iba su otra hija, Morgan, de 11.

Cuando se acercaron a la entrada del centro, en Florida, la directora abrió la puerta y las hizo pasar rápidamente. Louise oyó que alguien hablaba por teléfono móvil: “Sí, hay un hombre fuera. Creo que tiene un arma”. Pero no se percató de lo que ocurría.

Al entrar en la clase de Hannah, vio que su hija y otros niños estaban agazapados en el baño con su profesora, Christine Dunn.

—Mami —la llamó Hannah.

Morgan se acercó a su hermana mientras Louise le preguntaba a la profesora qué estaba pasando.

—Sólo estamos tomando precauciones —respondió Christine con calma—. Hay alguien fuera.

Por seguridad, las profesoras habían reunido a los niños en los baños de las siete clases.

—¿Es verdad que tiene una pistola? —preguntó Louise.

—Eso creemos, pero no estamos seguros —contestó Christine.

Louise vio a otra profesora con sus alumnos en otro baño. Al ver miedo en sus ojos, les dio juguetes para mantenerlos distraídos. Justo en ese instante un hombre pasó junto a ella. Pensó que era un empleado, pero entonces vio la pistola.

Era de color verde militar y parecía de plástico. “No parecía real”, cuenta Louise, quien no tiene experiencia con armas de fuego.

—¿Dónde está? —le preguntó el hombre en tono seco.

—No sé de quién habla —contestó ella sin alterarse.

Pensando todavía que el arma era falsa, trató de alejarle de los niños.

—¿Por qué no viene conmigo y tratamos de encontrarla? —le dijo.

De pronto el intruso miró hacia el baño donde se encontraban Hannah y Morgan, y entonces Louise se dio cuenta de que la persona a quien el hombre buscaba era la profesora Christine. En ese momento el sujeto entró en el baño y extendió el brazo. Se oyó un disparo seguido de gritos de pánico de los niños.

Louise lo agarró del brazo y gritó:

—¡Pare, por favor! ¡Está asustando a los niños!

El hombre la tiró al suelo de un empujón. Mientras se ponía de pie, Louise vio que el hombre volvía a levantar el brazo. Después se oyó otro disparo.

Por encima del brazo extendido Louise vio el rostro angustiado de Morgan, que la llamó a gritos. “Ya no vi nada más”, recuerda Louise. “Sólo el rostro de mi hija”.

Agarró al hombre del brazo y lo empujó hasta el pasillo. Cayeron al suelo, y de un manotazo ella le hizo soltar la pistola. La recogió y la lanzó hacia el vestíbulo. Furioso, el sujeto le dio un golpe.

—¿Dónde está mi arma? —gritó.

Ella señaló con la mano la zona opuesta adonde la había lanzado. El desconocido cayó en la trampa y corrió hacia ese lugar. Sin perder ni un segundo, Louise corrió hasta la pistola, la recogió y salió rápido a la calle, directamente hacia un grupo de policías que apuntaron sus armas hacia ella.

—¡La tengo, la tengo! —gritó, y lanzó la pistola al suelo.

Los agentes entraron corriendo al edificio y encontraron a la profesora Christine en el baño. Estaba muerta. Su hija Allyson, de dos años, no ha-bía resultado herida.

Angustiada, Louise esperó a sus hijas en la calle. Hannah salió primero, en brazos de otro padre. Louise corrió hasta ella y la abrazó con fuerza. Estaba ilesa. Menos de un minuto después salió Morgan , llevando de la mano a dos niños.

Hoy, al recordar la calma de su hija mayor, Louise no oculta su orgullo: “Después de lo que había visto, estuvo tranquilizando a los niños”.

Mientras los demás niños salían del edificio, Louise vio que algunos tenían manchas de sangre. “Fue entonces cuando me di cuenta de que todo había sido real”, dice. Milagrosamente, ninguno estaba herido.

La policía detuvo a Robert Dunn, el marido de la víctima, del que se había separado. Enfurecido por el inminente divorcio y frustrado por no poder ver a su hija sin supervisión, había comprado el arma en una casa de empeño, según informó después la policía. Dunn, acusado de asesinato en primer grado, se declaró inocente en marzo pasado. Los padres de Christine se hacen cargo ahora de su nieta.

Como reconocimiento al acto de valor que tuvo ese día, el alcalde Eric Feichthaler, le entregó las llaves de la ciudad a Louise Zoller. “Este tipo de heroísmo no es nada habitual”, dijo.

Ella tiene una opinión un poco distinta. “Sólo me comporté como una madre”, afirma.

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