¡Perdido!

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Desde pequeño, Sean Ireton ha sido un entusiasta excursionista que ha hecho senderismo por todo Estados Unidos y Europa. Incluso en viajes familiares, era normal que reservara un día para sí con la intención de ascender a un pico tentador. El año pasado, él y su mujer, Megan, ambos profesores de alemán en la Universidad de Missouri, disfrutaron de un año sabático en Düsseldorf (Alemania), y planearon un viaje con mochila a España con su hijo, Aidan, de 12 años. Partieron en diciembre y pasaron unos días en las montañas del sur, disfrutando de la gastronomía de la zona y del excelente vino tinto. Sean, de 45 años, contaba los días que faltaban para irse por su cuenta a El Mulhacén, una montaña rocosa en Sierra Nevada (Granada) y que, con sus 3.479 metros de altura, es el pico más alto de la España continental. En un día despejado, desde el Mulhacén se podía ver hasta Marruecos, a través del Mediterráneo.
Cuando estuvieron cerca de la estación de esquí, en Pradollano, próxima al Mulhacén, la familia montó su tienda de campaña en el bosque. En esa época del año, los senderos nevados de la montaña eran bastante sólidos y directos, y un excursionista podía subir a un ritmo moderado para llegar a la amplia cumbre de Mulhacén en unas cuatro horas. Al día siguiente, muy de mañana, Sean se puso varias capas de ropa caliente y partió bajo un amanecer morado y oro.
Ya había oscurecido, y la mujer y el hijo de Sean, dentro de su tienda de campaña, estaban preocupados.
—¿Cuándo regresará papá? —le preguntó Aidan a Megan una y otra vez—. ¿Por qué no está aquí ya?
—Volverá pronto, cariño —lo tranquilizó su madre.
En otras ocasiones su marido llegaba tarde de las excursiones. Pero esto era ya demasiado, así que después de medianoche, Megan se levantó y llevó a Aidan al pueblo a pedir ayuda. El pueblo, normalmente bullicioso, estaba desierto; los telesquís pendían inmóviles e inquietantes en la oscuridad. Megan no hablaba español, y las instrucciones de un empleado de hotel sólo la pusieron a dar vueltas. Tendrían que esperar hasta la mañana. “Aidan estaba muy alterado”, recuerda Megan. “Intuía que algo malo había pasado. Tenía la intuición propia de los niños”.
Sean llegó casi hasta la cumbre del Mulhacén a media tarde, pero se volvió a unos cientos de metros de su destino cuando el sendero se volvió peligrosamente empinado y helado. El cielo se nubló mientras descendía, y Sean se salió del camino. Cuando se dio cuenta de su error, la luz ya era muy tenue y había empezado a lloviznar. “Me estaba mojando y oscurecía rápidamente”, recuerda. Por fortuna, divisó un refugio de piedra cerca. “No quería perderme y terminar al otro lado de la montaña, así que decidí pasar la noche en el refugio”.
Dentro estaba oscuro y húmedo, pero había una mesa, literas de madera e incluso un trozo de goma espuma que podía servir de cama. Sean se comió una barrita de chocolate que sacó de su mochila y se dispuso a descansar. Sería fácil caminar de regreso al campamento por la mañana, y se imaginaba el alivio de todos cuando regresara ileso.
A las seis de la mañana Sean ya estaba en pie, abriéndose paso a través de una cuenca ancha y una empinada ladera nevada; al otro lado de la cresta estaba la zona de esquí, y de allí podría casi trotar ladera abajo. Avanzó un buen trecho hasta que una tormenta repentinamente barrió la cresta y estuvo a punto de derribarlo. En cuestión de minutos se vio atrapado en una tormenta de nieve. Si logro alcanzar la cresta, estaré en casa, pensó, mientras se obligaba a avanzar, doblándose contra el temporal.
Pero la cresta jamás apareció, y Sean sabía que era una locura quedarse en la ladera expuesta. Tendría que encontrar una ruta alternativa. No tenía ni idea de dónde estaba, pero creía que podía distinguir un sendero más abajo.
Sean examinó la nieve que tenía frente a él. Se veía dura y resbaladiza. Lamentó no haber llevado sus crampones —picos agudos que se adhieren a las botas para caminar— o un hacha de nieve, que le hubieran ayudado a caminar con seguridad. Lo único que tenía era un par de bastones de senderismo. Estiró un pie para probar la superficie congelada y gradualmente apoyó su peso. Durante unos instantes se equilibró, pero luego se le fueron los pies y empezó a caer por la empinada ladera. A medida que caía ganaba velocidad, y fue dando vueltas de campana sobre las rocas y la nieve. Cuando finalmente se detuvo, varios cientos de metros más abajo de donde había estado, estaba sentado con las pìernas abiertas, como si se dispusiera a comer un aperitivo. Habría sido algo cómico de no ser por su aturdimiento.
Se quedó así un rato y se aclaró la mente. Sólo llevaba puesto un gorro de esquí, pero su cabeza parecía estar bien. Luego Sean se miró las piernas.
La ropa interior larga que le cubría la pierna izquierda estaba desgarrada, y la piel lesionada que rodeaba la rótula se veía empapada de sangre.
Cuidadosamente examinó la herida. Haciendo un esfuerzo se puso de pie, pero la pierna herida se le dobló y el hombre cayó de frente sobre la nieve. Sintió una fuerte punzada de preocupación. Se hallaba a kilómetros de distancia de cualquier posibilidad de auxilio, y estaba seguro de que nadie pasaría por allí durante días, incluso semanas. Se sentó en la nieve, al borde de la desesperación. ¿Cuánto tiempo podría durar allí?
Se puso de pie y trató de caminar, pero la pierna herida se le volvió a doblar. Le brotaba sangre sobre la rodilla de dos heridas punzantes profundas, y el líquido teñía de rojo la nieve. Trató de avanzar a gatas, arrastrando la pierna coja; su progreso era lento y doloroso.
Entonces tuvo una idea. Sus bastones de esquí eran ajustables, así que los acortó para usarlos como muletas. Vio que podía progresar quitando la mayor parte de su peso de la pierna lesionada y manteniendo ésta rígida como una tabla. Poco a poco dominó la técnica; dio diez pasos sin caerse, luego 20.
Por fin llegó al sendero que había visto antes. Discurría por el costado de la ladera y formaba un ángulo para descender al bosque, más abajo de la línea de los árboles. El camino se iba ensanchando, pero el crudo invierno habían causado desprendimientos que caían sobre él. Apenas pudo pasar sobre ellos. Al oscurecer, Sean sacó una linterna de cabeza de su mochila y prosiguió cojeando; sólo descansaba para mordisquear una barrita de cereales o para dar un sorbo de agua.
La mañana después de su desalentador viaje al pueblo, Megan y Aidan regresaron y detuvieron a un furgón de la policía. Utilizando un diccionario de español, Megan le dijo al conductor que su marido estaba desaparecido. Los llevaron a la comisaría de policía, y la Guardia Civil organizó un grupo de búsqueda de seis hombres, encabezados por el oficial Rubén Santos. En las 24 horas desde que Sean había partido, el tiempo había cambiado. Una ventisca había envuelto la montaña alta, y vientos de casi 100 kilómetros por hora obligaron a cerrar los telesillas. Estas tormentas son relativamente comunes en Sierra Nevada, y podían ser mortales. En 2006, tres montañeros británicos habían muerto cerca de la cumbre en condiciones similares.
Santos y sus hombres se trasladaron en un Snowcat, una máquina parecida a un tanque para aplanar la nieve, hasta la cima de los trayectos de esquí, de donde prosiguieron a pie. Dentro de esa vorágine, pensó Santos, si hay un hombre atrapado ahí fuera, está en verdadero peligro.
Megan y Aidan regresaron a su campamento para desmontar la tienda de campaña, y luego se trasladaron a un hotel del pueblo; el dueño les había ofrecido comida y alojamiento gratuitos. Desde allí podrían comunicarse más fácilmente con el equipo de búsqueda. Megan trató de mantener a Aidan ocupado; fueron a una cafetería a comer y estuvieron jugando. Antes del anochecer regresaron al campamento con los agentes de la Guardia Civil y recogieron el resto de sus cosas. Escribieron una nota para Sean en la que le decían a dónde se habían ido, la pusieron en un bolsa de plástico y la colgaron de un árbol cercano.
Megan trataba de ser fuerte, pero no podía mirar a Aidan sin que se le llenaran los ojos de lágrimas. Cuando el equipo de búsqueda regresó e informó que no había señales del desaparecido, estuvo a punto de desmoronarse. “No somos religiosos”, dice Megan, “pero nos arrodillamos junto a la cama del cuarto de hotel y rezamos por que Sean regresara sano y salvo”.
La segunda noche fue la peor. “No podía dejar de imaginarme a Sean en el suelo, cubierto de nieve”, recuerda. A la mañana siguiente presentó un informe de personas perdidas. De regreso al hotel, ella y Aidan se sentaron en la cama a esperar.
Sean caminó toda la noche, con la pierna rígida y cubierta de sangre seca. El sendero parecía inacabable, pero al fin desembocó en un áspero camino de tierra. Se arrastró hasta que llegó a una barricada con un cartel que decía: “No siga adelante. Puente caído. Camino cerrado”.
Sean regresó arrastrándose a un conjunto de edificios. Unos perros guardianes ladraron salvajemente a la entrada de lo que parecía ser un restaurante. El herido arrojó piedras a la ventana, pero nadie acudió. Estaba exhausto y tenía mucho frío. Encontró un cobertizo y se metió en él. Se tumbó sobre el suelo y no tardó en empezar a temblar descontroladamente. Sabía que esto era síntoma de una hipotermia inminente. Si se quedaba allí moriría, reflexionó, así que se obligó a ponerse nuevamente de pie.
Esta vez se las ingenió para atravesar la barricada y por fin llegó a una cafetería. Dentro vio a una pareja de personas mayores haciendo la limpieza. Cuando lo vieron empezaron a gritar, molestos pues pensaban que estaba entrando sin autorización. Pero cuando le vieron la pierna, lo llevaron adentro y le dieron un vaso de vino.
—Usted debe de ser el americano que está perdido —dijo la mujer en español—, el que están buscando. Lo oí en las noticias.
—Sí—dijo Sean—. Estoy seguro de que soy yo.
El teléfono sonó y rompió el silencio dentro del cuarto de hotel de Megan y Aidan. En el otro extremo, un oficial le dijo a la mujer que habían encontrado a su marido. Estaba en una furgoneta de la Guardia Civil y se dirigía a un hospital en Granada. Megan y su hijo corrieron por los pasillos gritando; estaban tan eufóricos que le decían a todo el mundo con el que se topaban que Sean estaba vivo.
Al llegar al hospital, encontraron a Sean en una camilla en un pasillo.
—¡Pensamos que estabas muerto! —exclamó Megan.
Sean estaba herido. Además de destrozarse la rótula, se había desgarrado un tendón. Las enfermeras lo estaban preparando para una serie de operaciones, los primeros pasos en lo que se espera que sea una recuperación que durará un año entero.
Cuando fue dado de alta, diez días después, la familia lo celebró con una pizza en un restaurante antes de regresar a Alemania, donde Sean comenzó su terapia física.
Cuatro meses después del accidente, Sean regresó solo al Mulhacén. Su pierna aún no se había recuperado por completo, pero pudo cargarle más peso con ayuda de una muleta metálica corta. Contra todas las probabilidades, esta vez alcanzó la cumbre. Y desde allí divisó África a través de las azules aguas del Mediterráneo.
“Todo parece tan inofensivo cuando estás allí con buen tiempo”, dice ahora. “Pero entonces te das cuenta de lo fácil que es subestimar una montaña como ésta”.
“Realmente pensé que tendría que llamar a Estados Unidos con malas noticias”, asegura Megan. “Sé que Sean no habría sobrevivido si no hubiera seguido adelante y encontrado la salida. Trato de no pensar en eso ahora, pero cuando lo hago, sé que tuvimos suerte y un final feliz”.
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