Rescate en la cima del mundo

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... y para llegar hasta ellos, un helicóptero tendría que realizar una maniobra jamás intentada...
El viaje de Richard Lehner, experto socorrista de 38 años de edad, y Daniel Aufdenblatten, piloto de helicópteros, de 35, a Katmandú, Nepal, en abril de 2011, había sido bastante tranquilo, de acuerdo con sus parámetros. Trabajaban para la empresa suiza de rescates de montaña Air Zermatt, y llevaban varios días enseñando al grupo local Fishtail Air el “método de cable largo”, una técnica que permite a un hombre colgado de un helicóptero pequeño rescatar personas varadas a gran altura. Aunque estaban contentos con el programa de entrenamiento de dos meses que habían planeado, enseñarlo a los nepaleses sería muy peligroso: el método exige que el piloto controle su nave en medio de un aire sumamente enrarecido y turbulento.
Al mediodía del 28 de abril, cuando Richard y Daniel regresaron de un vuelo al campamento base del Everest con Sabin Basnyat, piloto de Fishtail Air, un miembro del equipo en tierra les dio un mensaje urgente: Sabin lo tradujo: “Recibimos una llamada de auxilio de una expedición española en el Annapurna. Están atrapados arriba de los 6.400 metros, y uno de ellos está perdido”.
Los seis alpinistas habían alcanzado la cima de la montaña, de 8.091 metros, hacia las 4 de la tarde del día anterior, pero en el descenso los habían azotado fuertes ventiscas. El único aficionado del grupo, Tolo Calafat, de 39 años y padre de dos hijos, se había rezagado, y cuando ya no pudo seguir debido a la fatiga, el sherpa que lo acompañaba, Sonam, lo había dejado atrás, a 7.470 metros.
Los otros cuatro escaladores —los españoles Juanito Oiarzabal y Carlos Pauner, el rumano Horia Colibasanu y el sherpa Dawa— habían continuado hasta su campamento, a 6.950 metros, desesperados por pasar la noche lo más abajo posible para evitar el letal mal de montaña. Cuando amaneció, Juanito tenía los pies parcialmente congelados, Carlos no podía mover las manos, habían perdido el contacto por radio con Tolo, y todos estaban exhaustos, casi cegados por la nieve y sufriendo los primeros síntomas del mal de montaña. Peor aún, habían recibido avisos de avalanchas en las partes bajas del Annapurna.
Estamos mal y de malas, pensó Juanito, de 54 años.
En tierra, no sabían con detalle la situación de los alpinistas, pero Daniel se dio cuenta de que debía de ser grave. Han de saber que nunca se ha hecho un rescate en helicóptero a esa altitud, pensó, pero aun así nos llamaron.
Además de la dificultad de volar en el aire enrarecido, las rachas de viento podrían arrojar la nave contra la montaña, y para los tripulantes sería peligroso ascender tanto sin aclimatación. Ni siquiera el potente helicóptero Ecureuil AS 350 B3 de Fishtail Air tenía permiso de volar a más de 7.000 metros.
—Va a ser muy difícil, pero tenemos que intentarlo —dijo Richard.
Tras cargar con combustible el helicóptero y subir el equipo de rescate, los socorristas se dirigieron al campamento base del Annapurna, a 160 kilómetros al oeste. El tiempo apremiaba: los alpinistas podían sufrir un edema cerebral o pulmonar en cualquier momento a causa del frío. Pero cuando Daniel y Richard llegaron al campamento, al filo de las 3 de la tarde, había una niebla espesa —lo habitual en primavera—, y no se disiparía hasta la mañana siguiente. Era imposible intentar el rescate. Los alpinistas tendrían que pasar otra noche en la montaña, soportando temperaturas de menos de 10 °C bajo cero.
Al otro día, temprano, una vez que el cielo se despejó, el equipo de apoyo de la expedición española puso al día a los socorristas. Dawa había pasado la noche buscando a Tolo, pero había regresado al campamento llorando: no encontró al alpinista, quien para entonces quizá ya estuviera muerto, enterrado en la nieve.
—Subamos de todos modos, para ver si desde el aire podemos localizarlo —dijo Daniel.
A las 7 de la mañana, con un margen de tres horas para intentar el rescate antes de que reapareciera la niebla, los socorristas subieron al helicóptero. Una vez en el cielo, Daniel contempló la aterradora belleza del Annapurna. Es increíble, pensó. No podré acercarme a menos de 45 metros de la pared, ¡y no hay nada desde los 3.000 metros hasta el suelo!
Después de 20 minutos en el aire, seguían sin ver señales de Tolo, pero divisaron el campamento de los alpinistas a lo lejos.
—Está en una ladera muy escarpada —dijo Richard—. No vamos a poder aterrizar en ninguna parte.
Una fuerte ráfaga de viento había empezado a zarandear la nave.
—Aquí arriba somos como un saco de arena —señaló Daniel.
Tendrían que regresar.
En el campamento base, bebieron té mientras discutían sus opciones. Quizá podrían bajar medicinas y bombonas de oxígeno para ayudar a los alpinistas a combatir el mal de montaña, o algunos sherpas podrían subir y ayudarlos a bajar. Pero ambas opciones requerían tiempo, y los alpinistas tal vez no resistieran más.
—Creo que el viento ya está amainando —dijo Daniel.
Entonces se le ocurrió una idea: si aligeraban lo más posible el helicóptero, podrían intentar un rescate con cable largo, la técnica que habían ido a enseñar a Nepal.
Sería muy peligroso: nadie había intentado algo así a esa altitud. Pero tú ve y hazlo, se dijo Daniel. Richard, quien colgaría de un cable 28 metros debajo de la nave, estuvo de acuerdo.
Ya eran las 8 de la mañana y la niebla no tardaría mucho en aparecer, así que los socorristas sacaron mapas, aceite de repuesto, auriculares e incluso destornilladores del helicóptero y despegaron a toda prisa. Acordaron mantener un contacto constante por radio durante la maniobra, pero no había garantías de que salieran con vida. Si dudo o me preocupo por eso ahora, pensó Daniel, es que no estoy hecho para este trabajo.
Sujeto a un arnés de seguridad y colgando del cable por debajo de la nave, Richard se estremeció al ver el profundo abismo que se abría más abajo.
Respiraba por un tubo de oxígeno, y sentía el gélido viento a través de la ropa. Tras solo 10 minutos en el aire, el ajustado arnés empezó a cortarle la circulación en la mitad inferior del cuerpo, así que balanceó las piernas para hacer que la sangre fluyera, y trató de localizar otra vez el campamento.
De pronto divisó el grupo de tiendas de campaña. A la izquierda había una escarpada pared rocosa, y a la derecha, un precipicio. Para acercar a Richard a la ladera, Daniel no debía cometer ningún error.
Uno de los alpinistas salió de una tienda y miró el helicóptero, pero sus ateridos compañeros siguieron dentro de las otras. Su equipo de apoyo les había avisado que los suizos estaban en la zona, pero no sabían si iban a poder llegar hasta donde se encontraban. De cualquier modo, el temor de que Tolo hubiera muerto no les permitía sentir ninguna alegría.
Richard empezó a dirigir a Daniel hacia la ladera. Colgando de la nave y sacudido por el viento, solo deseaba que su piloto fuera lo suficientemente diestro para evitar que se estrellara contra la pared. El menor error de cálculo le costaría la vida.
—¿A qué distancia estamos de la ladera? —le preguntó Daniel.
—A 45 metros —dijo Richard.
—Creo que vamos bien.
De repente, el viento sacudió el helicóptero, y Richard se sintió lanzado hacia la pared rocosa hasta casi estrellarse contra ella.
¡Concéntrate!, se dijo Daniel, y se alejó de la ladera. Luego se acercó a ella otra vez. Cuando el viento amainó un poco, Richard empezó una cuenta regresiva en voz alta:
—Cinco metros, cuatro, tres, dos, uno... ¡Contacto!
Pero en cuanto Richard pisó tierra, Daniel se sintió inquieto.
—No me gusta esto —le dijo—. Voy a subirte otra vez.
El piloto estaba convencido de que debía confiar en su instinto cada vez que volaba, y en cuestión de segundos comprobó que tenía razón.
—Me queda oxígeno para 10 minutos más —anunció Richard.
No podía quedarse en la montaña en esas condiciones; pronto estaría totalmente desorientado.
Regresaron al campamento base y cambiaron la bombona de oxígeno. En menos de una hora y media la niebla cubriría todo, así que volvieron de inmediato al Annapurna. Pero el viento soplaba con tanta fuerza en la cara de Richard, que apenas podía tomar aire por el tubo de respiración.
—No me siento bien —dijo.
—No iremos a la ladera —contestó Daniel, e inclinó la nave para regresar al campamento base.
Los socorristas se dieron cuenta de que estaban desperdiciando mucho tiempo en intentos fallidos. Si la niebla envolvía a los alpinistas, tendrían que pasar otra noche en la montaña y quizá no amanecerían con vida. Daniel tuvo otra idea. ¿Y si volaba solo y los alpinistas se enganchaban ellos mismos al cable? Nunca había intentado un rescate así antes —mucho menos a esa altitud—, y aquellos hombres estaban exhaustos, enfermos y con los dedos congelados.
Pero son escaladores experimentados, no turistas de excursión, pensó. Y, de cualquier forma, no tenía otra opción. Así que el equipo de tierra transmitió instrucciones a los alpinistas, y Daniel despegó.
Diez minutos después, el piloto sobrevolaba el campamento una vez más. Poco a poco dirigió el gancho del mosquetón del extremo del cable hacia la mano extendida de Juanito Oiarzabal, sin dejar de revisar el indicador de potencia y de luchar contra el viento. El pesado mosquetón se balanceaba de un lado al otro; si Daniel cometía un error, podría golpear con él al montañista.
Se obligó a concentrarse y, segundos después, Juanito se enganchó al cable. El español había hecho un total de 26 ascensos a las 14 montañas más altas del planeta —una marca mundial—, pero nunca pensó que tendría que descender colgando en el aire. Con todo, exhausto y muerto de frío, confió en la habilidad de Daniel y, 10 minutos después, estaba de regreso en el campamento base, donde lo recibieron los médicos.
El piloto volvió a despegar cuando faltaban menos de 40 minutos para que apareciera la niebla, y cada rescate le llevaría unos 20 minutos. Los dos sherpas se negaban a partir sin su equipo de alpinismo y les asustaba demasiado colgarse del cable, pero Daniel no tenía tiempo para discutir. Sacó de la montaña a Horia y a Carlos y los llevó al campamento base. Luego vio cómo la niebla envolvía el Annapurna. Los dos sherpas tendrían que descender a pie al día siguiente. Sin embargo, razonó Daniel, por ser nepaleses eran menos propensos a sufrir el mal de montaña, así que probablemente estarían bien.
Richard había estrechado la mano de los alpinistas a medida que iban llegando, pero ellos no se acercaron a Daniel cuando bajó del helicóptero. Tal vez se sienten tristes, pensó el piloto, sin dar importancia al asunto, ya que rara vez se acercaban a darle las gracias las personas a quienes rescataba; además, esos hombres acababan de perder a un amigo.
Daniel se sentó a beber té, aliviado y contento. Acababa de hacer algo extraordinario: el rescate en helicóptero a mayor altura en la historia, a 6.950 metros. “No me considero un héroe”, dice hoy con modestia. “Se nos pidió hacer algo que, simple y llanamente, era nuestro trabajo”.
Los dos sherpas regresaron sanos y salvos al otro día, y los tres alpinistas europeos se recuperaron por completo de los efectos del mal de montaña y el congelamiento. Tolo Calafat fue declarado muerto el 29 de abril, quizá debido a un edema cerebral.
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