En 2006, unas 1.650 personas murieron en Reino Unido por infección de estafilococo dorado resistente a la meticilina.

A principios de 2005, un médico sudafricano que trabajaba en el hospital de un pueblo aislado en la provincia de KwaZulu-Natal descubrió que 53 pacientes estaban infectados con una cepa de tuberculosis inmune a los tratamientos habituales. Sólo un enfermo sobrevivió: los demás murieron en el transcurso de los 16 días posteriores al diagnóstico.

Desde 2003, cientos de soldados estadounidenses en Irak y Afganistán se han infectado con una bacteria llamada Acinetobacter baumannii, la cual entra por las heridas y, sin el tratamiento adecuado, invade todo el cuerpo. Es tan resistente a los antibióticos, que los médicos han tenido que recurrir al colistín, fármaco cuyo uso es muy restringido porque causa daño renal.

Sharon Johnson, una estudiante de posgrado de 27 años, canadiense, padeció una diarrea muy violenta en marzo de 2006. En el transcurso de tres meses perdió cerca de 11 kilos de peso y sufrió un dolor terrible casi todo el tiempo. Tras hacerle análisis exhaustivos, los médicos le diagnosticaron una enfermedad intestinal resistente a los fármacos ocasionada por la bacteria Clostridium difficile. Para combatirla, durante un año la sometieron a una serie de terapias osteopáticas y medicamentosas.

Hoy día, Sharon ya ha vuelto a su trabajo y a su vida normal, pero como la C. difficile causa un desequilibrio entre las bacterias benéficas y las nocivas en los intestinos, la enfermedad podría reaparecer si Sharon tomara un antibiótico para una infección común, el cual destruiría las bacterias buenas y permitiría que la C. difficile se multiplicara de nuevo. En 2003, un brote de esta bacteria mató a unas 2.000 personas en Quebec, también en Canadá.

En todo el mundo hay millones de personas atrapadas en la guerra a muerte de la humanidad contra las bacterias patógenas. Muchas enfermedades causadas por ellas se han vuelto resistentes a los antibióticos, los fármacos que normalmente se utilizan para combatirlas. Peor aún, en los últimos 20 años han surgido “superbacterias” muy resistentes y virulentas, muchas de las cuales proliferan en los hospitales.

Según un cálculo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en todo momento 1,4 millones de personas luchan contra infecciones contraídas en clínicas y centros de salud. De ellas, “un 20 por ciento o más son causadas por bacterias resistentes”, dice el doctor Richard Wenzel, presidente de la Sociedad Internacional contra las Enfermedades Infecciosas (ISID, sus siglas en inglés). Cada año 300.000 personas contraen una infección hospitalaria en España, de las que 6.000 fallecen, lo que supone un coste de 500 a 700 millones de euros año.

En términos ideales, los adelantos terapéuticos deberían producirse a un ritmo que permitiera contrarrestar la adaptabilidad de las bacterias patógenas, pero la realidad es que el desarrollo de antibióticos se ha vuelto cada vez más lento.

A mediados del siglo XX, durante los años de gloria de la investigación sobre antibióticos, las empresas farmacéuticas desarrollaron compuestos de origen natural con propiedades antibióticas, como las penicilinas. “Es probable que hayamos agotado ya esas fuentes naturales”, dice Alan Goldhammer, vicepresidente adjunto de asuntos regulatorios de Investigación y Fabricantes Farmacéuticos de Estados Unidos (PhRMA). “En la actualidad creamos medicamentos nuevos en laboratorios, lo que aumenta considerablemente los costes”.

Según PhRMA, se requieren entre 10 y 15 años y cerca de 630 millones de euros para introducir un nuevo fármaco en el mercado. Sólo cinco de cada 5.000 medicamentos evaluados en el laboratorio llegarán a la etapa de pruebas clínicas con humanos, y sólo uno de esos cinco será aprobado por las autoridades sanitarias.

“Cuando se trata de enfermedades que requieren un tratamiento diario, como la hipertensión y el Alzheimer, la inversión es más segura”, afirma Otto Cars, un médico sueco cofundador de ReAct, red internacional que promueve el uso responsable de los antibióticos. Como estos fármacos habitualmente se recetan durante periodos relativamente breves (entre 7 y 14 días), los beneficios de las compañías farmacéuticas no son muy grandes.

Por este motivo, entre 1985 y 1995, casi la mitad de las grandes empresas farmacéuticas redujo la producción de antibióticos o la eliminó por completo, dice el doctor Wenzel.

En los siguientes años, otras seis compañías abandonaron parcial o totalmente este negocio. “Eso ha cambiado enormemente la capacidad de descubrir nuevos antibióticos”, apunta.

En la próxima década, según prevé el doctor Cars, ni en el mejor de los casos contaremos con los nuevos antibióticos que necesitamos, sobre todo para combatir ciertas enfermedades. Los médicos están observando un aumento de la resistencia a los fármacos de las bacterias que causan la tuberculosis y la gonorrea.

“He visto resistencia incluso en infecciones de oído infantiles comunes”, dice el doctor Howard Zucker, ex subdirector de farmacéutica y tecnología de la salud de la OMS.

La situación es todavía más alarmante en la lucha contra las llamadas bacterias gramnegativas, como la Acinetobacter, que azota a los soldados estadounidenses en Irak y Afganistán. Hay pocos antibióticos en etapas avanzadas de desarrollo para combatir dichas bacterias.

Los médicos requieren con urgencia nuevas opciones de tratamiento. Una “clase” de antibióticos es un grupo de fármacos capaces de utilizar un método de ataque especializado. Por ejemplo, una clase puede romper las paredes celulares de las bacterias, y otra, anular su capacidad reproductiva. Sin embargo, según la Sociedad Estadounidense contra las Enfermedades Infecciosas, en los últimos 30 años se han desarrollado únicamente dos nuevas clases de antibióticos, y las bacterias se han vuelto resistentes a una de ellas incluso antes de que saliera al mercado.

“Muchos creemos que se nos están acabando las opciones”, dice Glenn Wortmann, director de enfermedades infecciosas del Centro Médico Walter Reed del Ejército de Estados Unidos. “El colistín es el único antibiótico disponible para atacar ciertas bacterias... Sería terrible que lo perdiéramos”.

El desarrollo de resistencia es un efecto secundario inevitable del uso de antibióticos. Cuando exponemos a las bacterias a un fármaco, “seleccionamos” las que pueden sobrevivir en presencia del medicamento. Y la manera en que usamos los antibióticos agrava el problema.

“La mitad de las medicinas que se comercializan en el mundo se venden o recetan de manera inadecuada”, dice el doctor Zucker. Las personas dejan de tomar los antibióticos en cuanto empiezan a sentirse mejor, en lugar de completar el tratamiento. Aunque su enfermedad sea causada por un virus, los pacientes presionan a los médicos para que les receten antibióticos; cuando los doctores no están seguros de la causa del problema, prescriben varios antibióticos con la esperanza de que alguno funcione, y en muchos países en vías de desarrollo la gente los compra sin tener receta o sin haber consultado a un médico.

Pero la sobreexposición a los antibióticos no sólo es un asunto de abuso por parte del médico o el paciente. En los criaderos de animales de todo el mundo, el alimento de cerdos, pollos y vacas incluye antibióticos para prevenir enfermedades y acelerar el crecimiento. Esta práctica sigue siendo legal incluso en países desarrollados como Estados Unidos y Canadá.

“La mitad del consumo de antibióticos en el mundo se produce en el sector agropecuario”, dice la doctora Kathleen Holloway, funcionaria de la OMS que estudia el empleo racional de los fármacos. ¿Cuál es el riesgo? Podríamos contraer enfermedades a través de los alimentos, como las causadas por Escherichia coli y las bacterias del género Salmonella, que, al volverse resistentes a los antibióticos en el cuerpo del animal, son más difíciles de combatir.

Al parecer, algunas bacterias están desarrollando resistencia a un ritmo cada vez mayor. Por ejemplo, el estafilococo dorado resistente a la meticilina (EDRM), que puede infectar la piel, los pulmones o la sangre, y que hoy día es un problema grave en los hospitales de Europa y Norteamérica. Los médicos antes podían recurrir a un antibiótico de “segunda línea” llamado vancomicina cuando su primera opción, la meticilina, no destruía las bacterias. El EDRM tardó 40 años en producir cepas resistentes a la vancomicina. En los últimos ocho años han entrado en el mercado nuevos antibióticos contra el EDRM, como la daptomicina y el linezolid, y algunas variedades raras de la enfermedad ya muestran resistencia a ellos.

Según Matthew Falagas, director del Instituto Alfa de Ciencias Biomédicas, en Atenas (Grecia), esta aceleración se debe tanto al uso excesivo de antibióticos como a la resistencia que las bacterias ya han desarrollado. “Cada vez tenemos menos opciones terapéuticas”, señala. “Contamos con tan pocos antibióticos, que abusamos de ellos y eso acelera el desarrollo de la resistencia”.

“El problema de la resistencia a los antibióticos nos preocupa a todos”, dice el doctor Howard Zucker, “pero confío plenamente en el potencial de la investigación médica y científica en todo el mundo”. Tal vez nunca logremos una victoria definitiva en nuestra guerra contra las enfermedades bacterianas, pero, si incrementamos nuestros esfuerzos, podremos recuperar el terreno perdido.

“DE LAS INFECCIONES CONTRAÍDAS EN HOSPITALES, UN 20 POR CIENTO O MÁS SON CAUSADAS POR BACTERIAS RESISTENTES”

“EL COLISTÍN ES EL ÚNICO ANTIBIÓTICO DISPONIBLE PARA ATACAR CIERTAS BACTERIAS... SERÍA TERRIBLE QUE LO PERDIÉRAMOS.”

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