Por ser la pequeña, pretendieron esconderIe la verdad, pero ella prefería conocer a qué se tenía que enfrentar a vivir con la duda. Al final, uno de sus hermanos, en un intento de ayudarIa le dijo lo que pasaba: el corazón de su padre no funcionaba muy bien, estaban haciéndole pruebas. Si los médicos encontraban la causa, tendrían que operarlo. La operación era peligrosa, podría complicarse... Aquella frase se quedó congelada en el Alre. Ella lo intuyó: se trataba de un asunto grave. Respiró hondo e intentó conservar la calma.

Por fin le dejaron verlo. Su padre estaba tumbado en la cama y la miraba. No parecía él. La alegría había desaparecido de sus ojos castanos. Intentó sonreírle, pero no tuvo fuerzas. Con una inc1inación de cabeza cara de pocos amigos, se despidió le indicó que se acercara. Una lágrima solitaria se le escapó a la nina y rodó mejilla abajo. Un aparato, de los muchos a los que estaba conectado, reproducía los latidos de su corazón. Eran débiles y espaciados.

No pudo evitar quedarse mirando aquella máquina, temiendo que dejara de sonar. Su padre pereció leerle el pensamiento: “No te preocupes, ahora no va a pararse”. Ella se sentó en el sillón de acompañantes y empezó a contarle cosas. Al principio le costó más trabajo, pero luego casi logró imaginarse que estaban en el salón de su casa...

Antes de irse, le dio un beso en la frente. Un gesto pequeño de su padre – una sonrisa para despedirse -, la llenó de esperanza. El no pensaba rendir-se lucharía hasta que le enfermedad remitiera. No sería una causa de tristeza para los suyos. Ella sonrió también. Por primera vez en la semana tenía fuerzas para seguir adelante, no se limitaría simplemente a vivir.

Mitad de la noche. Una llamada com malas noticias. Los cuartro hermanos se situaron en torno al teléfono. “Papá há entrado en coma”. La casa se convirtió en un hervidero de prisas y carreras sin destino. Un aplastante silencio lo gobernaba todo. La frase temida no se hizo de rogar: “Tú no puedes venir, te llamaremos cuando sepamos algo”. Com cara de pocos amigos, se despidió de ellos. Oyó la puerta del ascensor cerrarse. Tardarían unos siete minutos en bajar y sacar el coche del garaje, cinco en llegar al hospital si no les cogía ningún semáforo en rojo y tres se irían en aparcar.

Sumaban un cuarto de hora...Bajó los escalones de dos en dos y yan en la calle, empezó a correr com todas sus fuerzas. No le fue nada fácil hacerse com un uniforme de enfermera. Pero tras el cambio, nadie que no la conociera podría reconocerla. La UVI estaba en relativa calma. Le producía desasosiego pensar que los pacientes pudieran estar sufriendo. No podían hablar ni hacer partícipe a nadie de su dolor. Rondó un poco por la habitacíon, apuntando en su bloc notas sin sentido.

Finalmente se situó frente a su padre. Através de la cristalera observó al resto de su familia mientras hablaban com el médico. Todos estaban demasiado serios. Echó las cortinas que se rodeaban la cama.

Se sentó a su lado y empezó há hablarle, no muy convencida de que la estuviera escuchando. Necesitaba desahogarse. Le contó su escapada de casa y del robo de la ropa de una sala de pediatría. Habló de lo injusta que es la vida, pues no le dejaban verle porque era “demasiado pequeña”¡Como si el cariño a los padres viniera com la edad! De lo contenta que estabam com sus amigas, que la estaban apoyando y ayudando a no rendirse. De lo que lo necesitaba, de lo vacía que se había quedado la casa com su ausencia, de las ganas que tenía de verle sonreír.

A veces paraba de hablar, esperando una contestación...Pero él permanecía impasible, com el rostro sereno y profundamente dormido. Le cogió la mano y comenzó a acariciarla.

De repente sintió que alguien descorría las cortinas. Se quedó sin respiración. Era el médico de su padre. Vio cómo se fijaba en el nombre de su solapa para tratar de identificarla. “Acompáñeme a mi despacho”. A salvo de miradas, el doctor le ordenó que se quitara el disfraz. “Sabía que eras tú. Tu madre há respirado tranquila porque cree que estás dormida y por eso no has cogido el teléfono. Pero te encuentro en la UVI, fuera del horario de visita, vestida de enfermera...¿Cómo crees que se lo van a tomar cuando se lo cuente?”. “Yo sólo quería verle. No podía quedarme en casa pensando que mañana, tal vez, será demasiado tarde. No me lo perdonaría nunca. No se lo diga, me iré a casa”.

De nuevo, dudas. En el recreo sostenía el móvil com las manos temblorosas. Esperaba un mensaje de su hermano com el resultado de las pruebas. Sus amigas estaban en silencio, sufriendo com ella. Cuando el teléfono sonó, todas rogaron que no llevara malas noticias. Ella las miró, buscando apoyo. La que estaba más cerca depositó un beso de ánimo en su mejilla.

Luego se apartaron para dejarle intimidad. Ella lo agradeció. Se armó de valor y pulsó la tecla de aceptar. El momento se hizo eterno. Luego rompió a llorar. Sonrió mientras su padre le guiñaba el ojo. Pidió educamente a su mujer y a sus hijos que lo dejaran a solas com su hija menor. Se lo merecía, porque la noche anterior se había quedado en casa mientras todos estaban en el hospital.

A ella se le hizo un nudo en la garganta, pero intentó conservar la calma. Cuando todo el mundo se fue, su padre le indicó que se acercara. Tras darle un beso, comenzó há hablar: “Yo nunca había creído que los que están en coma pudieran oír lo que sus familiares dicen, pero es verdad. Anoche oí todo lo que me contabas. Como padre, tengo que pedirte que no vuelvas a hacerlo. Es muy peligroso ir sola por la calle y a esas horas, y no hablemos del robo del uniforme de enfermera. Tuviste suerte de que el doctor no llamara a seguridad. Pero como enfermo, tengo que decirte que fue lo que me dio fuerzas para despertar. Ojalá todos los pacientes pudieran tener a los suyos dándolos ánimos. Es la mejor de las medicinas”. 

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