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Todo empezó cuando terminé la universidad: en esa época pesaba 75 kilos, y unos cinco años después, cuando dejé de fumar, cerca de 82. Después, cuando nació mi primera hija y comencé a escribir sobre alimentación y a comer y beber más de la cuenta, llegué a los 86 kilos. En el trancurso de los 20 años siguientes alcancé los 97.

Como soy alto, no parecía tan voluminoso (o eso creía), pero el sobrepeso me provocó problemas de salud: mis niveles de colesterol y glucosa en la sangre aumentaron (en mi familia hay antecedentes de diabetes y obesidad), tenía una hernia, las rodillas se me doblaban y contraje apnea del sueño.

Hace dos años escribía una columna sobre comida para el New York Times, y preparaba un libro de cocina vegetariana. No tenía (y sigo sin tener) intenciones de hacerme vegetariano, pero me daba cuenta de la realidad: la producción industrial de carne se ha vuelto peligrosa (por su relación con el calentamiento global); los ingredientes naturales tradicionales cada vez son más escasos, y los estudios científicos confirman los beneficios para la salud de comer más verduras y menos carne.

Mis problemas de salud me asustaron, pero el médico me dijo que todos tenían solución: para reducir el colesterol podía tomar medicamentos o consumir menos carne; para disminuir la glucosa, comer menos dulces, y para remediar la apnea, perder el 15 por ciento de mi peso corporal.

Todo indicaba que debía ponerme a dieta. Empecé con una que era “vegetariana casi estricta hasta las 6 de la tarde”. Prácticamente no comía alimentos de origen animal ni carbohidratos simples (harinas refinadas, comida basura, postres azucarados) hasta la cena. Entonces comía como siempre: unas veces eran productos animales, pan, postre y vino, y otras, ensalada y un plato de sopa. También daba largas caminatas cada semana (mis doloridas rodillas no aguantaban más).

Algunos nutricionistas no aprobarían este plan de alimentación, pues a muchas personas les aconsejan lo contrario: la comida más fuerte por la mañana o al mediodía. Pero a mí me funcionó. Odio las dietas demasiado estrictas e imposibles de seguir, y mi objetivo era comer más verduras, frutas, legumbres y cereales integrales, y menos carne, azúcar, comida rápida y carbohidratos refinados, sin renunciar a mis alimentos preferidos.

Los resultados fueron sorprendentes. Me costó muy poco trabajo comer así, y empecé a sentirme y a dormir mejor. En un mes perdí casi siete kilos, y a los dos meses mis niveles de colesterol y glucosa se normalizaron (el colesterol bajó de 240 a 180 mg/dl). La apnea desapareció, y nuevamente pude dormir toda la noche.

En cuatro meses perdí más de 15 kilos y me quedé por debajo de los 81, mi peso mínimo en 30 años. De todos mis problemas relacionados con el sobrepeso, sólo el de las rodillas persistía (los años no pasan en balde). Mi peso se ha estabilizado y me siento muy bien con esta forma de comer. A mi médico le agradó mi progreso (consulta al tuyo primero).

Ahora como casi un tercio menos de la carne, los lácteos e incluso el pescado que solía comer hace unos años (el pescado de piscifactoría plantea muchos de los mismos problemas que los animales terrestres, entre ellos el uso de antibióticos y el daño ambiental). Consumo pocos carbohidratos refinados, pero si hay un buen pan blanco en la cena, lo devoro, y sigo comiendo pasta dos veces a la semana. Casi no como comida rápida. Como tres o cuatro veces más alimentos vegetales que antes, y alrededor del 50 por ciento o más de mis calorías provienen de fuentes no animales.

Para algunas personas, sustituir el 10 por ciento de calorías animales por calorías vegetales puede ser difícil, pero equivale, por ejemplo, a no incluir pollo en una ensalada en la comida. Si realizas este cambio, además de reducir tu consumo de comida rápida y de carbohidratos, verás mejorías en tu salud. Pero sustituir la mitad de las calorías animales por calorías vegetales no es sencillo y requiere un esfuerzo.

La meta de comer más sano no consiste en reducir calorías, sino en hacerlo de manera natural. Tampoco consiste en recortar proteínas, aunque se acaban ingiriendo menos. El objetivo no es limitar las grasas; de hecho, se consumen más, pero de diferente tipo (lo mismo ocurre con los carbohidratos). Y la meta no es ahorrar dinero, aunque es probable que gastemos menos en comida (piensa, por ejemplo, en lo que cuesta un filete de ternera). En realidad, se trata de comer menos de ciertos alimentos y más de otros, sobre todo verduras frescas. Es un cambio de perspectiva que redunda en una mejor salud para nuestro cuerpo y también para el planeta.

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1 Comentarios

Chinca Salas on 18 Enero 2010 ,02:46

Muy bueno el articulo, segun los dietista se debe de tener una alimentacion balanceada de todos los reinos ademas del ejercicio, abundante agua, poca azucar, sal y no comer comida rapida o chatarra, evitar el exceso de cerveza para mantener salud , peso, un cuerpo moldeado sin cauchos o sea abultamientos de estomago o revolveras en las caderas, donde el caminar nos ayuda a eliminar toxinas, liberar el estress y nos sirve para relajar los musculos, fortalecer los huesos, firme los musculos y nos ayuda a conciliar el sueño, a medida que vamos avanzando en edad debemos de reducir el numero de comidas o la cantidad como los carbohidratos para mantenernos sanos, fuertes y vigorosos donde l animos es importante. Felicitaciones por todas las recomendaciones.

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