Voy a relatar la historia de una niña que padece una discapacidad mental. Esta niña es mi hermana.

El 11 de agosto de 1994, en una habitación de un hospital, nació mi hermana con una enfermedad llamada “retraso psicomotor”. Por entonces yo tenía dos años, así que al principio no noté nada. Pero conforme fuimos creciendo, descubrí que ella era diferente. A los cinco años no sabía hablar y sólo comía purés. Fue entonces cuando yo comencé a pensar, con cierta dosis de egoísmo: “¿Por qué a mí? ¿Por qué a mi familia? ¿Por qué no podré tener una hermana como las demás? No entendía el sentido de aquel dolor que creía injusto.

Cuando mi hermana dejó la guardería y entró en mi colegio, para mí fue un suplicio. Al principio tenía miedo de que se perdiera, de que los demás niños no la quisiesen... Pero hizo amigos, en su clase la querían y en las lecciones de apoyo con la pedagoga se encontraba con otros niños en circunstancias parecidas a las suyas.

Lo peor llegó cuando tuvo que repetir el último curso de infantil. Aún no asimilaba los conocimientos básicos y seguía sin hablar. Me di cuenta entonces de lo crueles que pueden llegar a ser los niños. No me refiero a los de su curso, demasiado pequeños, sino a los de cursos superiores, pues se reían de ella y la insultaban.

Reconozco que, con frecuencia, se metía en problemas por defender a sus amigas. Su incapacidad para hablar le hacía sacar todo el genio que llevaba dentro. Pero los demás terminaban por tirarla al suelo, si no la pegaban antes. Cuando ella se metía en peleas, yo iba por detrás para defenderla.

Muchas veces me sentía sola, pues no conocía a nadie en mi misma situación. Pero apareció una mujer joven en mi casa. Mi madre la había contratado para darle clases particulares después del colegio. Ella tenía un hijo con síndrome de Down y en el colegio había sufrido el mismo rechazo que mi hermana. Nos hicimos muy buenas amigas. Ella y su hijo pronto fueron como de la familia. Aunque no cambiaron las situaciones en el colegio para ninguna de los dos, había siempre un momento del día en el que éramos felices las cuatro juntos.

Pasado un tiempo, los médicos recomendaron a mi hermana un cambio de aires. Mis padres buscaron una casa en Marbella en la que empezar una nueva vida. Fue todo un acierto, ya que mi hermana mejoró notablemente.

Sin embargo, conocí en mi nueva clase a una compañera que tenía un hermano en circunstancias muy parecidas. Él acababa de aprender a andar y aún no hablaba. En poco tiempo nos hicimos inseparables, nos contábamos nuestras preocupaciones y lo mal que nos sentíamos por no poder hacer que nuestros hermanos mejoraran. Pero la familia de mi nueva amiga nos dio a conocer una asociación para niños discapacitados en la que apuntamos a mi hermana. Allí progresó bastante y ha terminado por aprender a defenderse sola y a ser, de alguna manera, “independiente”.

Mi hermana me ha enseñado muchas cosas. Entre otras, que soy una chica afortunada que sabe lo crueles que podemos llegar a ser con los más débiles. Además, sé que se puede vivir con valores y principios. También me ha ayudado a comprender lo insignificantes que pueden llegar a ser nuestros problemas cotidianos frente a los de muchachas como ella.

Los enfermos tienen el coraje de levantarse cada día con una sonrisa e ir al colegio a pesar de que puedan ser no muy bien acogidos. Su inocencia les anima a acercarse a aquellos que les desprecian, los humillan e, incluso les pegan, para dirigirles unas palabras amables y creer que se las van a devolver sin gestos de burla, y todos podrán ser buenos amigos.

Y, a pesar de todo, cuando regresan a casa cuentan con inmensa alegría lo bien que les ha salido un ejercicio y las felicitaciones que han recibido de sus profesores. Son felices a pesar de que el día de mañana no podrán acceder a una universidad y tendrán que superar un sinfín de dificultades.

He visto muchas veces a mi hermana cuando coge un papel y un lápiz y empieza a escribir, o cuando coge un libro y empieza a leer con la ilusión de ponerse al nivel de sus compañeros. No puedo olvidar tampoco cuando se pone los patines con la ilusión de practicar mis mismas aficiones. Se cae y se levanta sin darse ni una sola vez por vencida. He contemplado la ilusión y la alegría cuando logra superarse a sí misma, y la he visto llorar a causa de aquellas personas que la han tratado mal simplemente por ser como es.

Poco después, dice que no les guarda rencor y que las perdona.

Al igual que mi hermana, hay muchos niños que luchan por superar sus deficiencias físicas y mentales. Son una fuente inagotable de cariño, mil veces más agradecidos que nosotros. Niños que son felices con cualquier cosa, cuyo mayor tesoro es la inocencia. En ningún caso se les puede considerar un estorbo o errores de la naturaleza. Por eso es una pena que no tengan colegios con integración para secundaria y bachillerato.
 

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1 Comentarios

Misericordia Artiga Callizo on 31 Marzo 2010 ,13:04

Son de destacar "Una hermana especial" y "Asignatura pendiente"Los dos tienen en común la defensa de la vida de los niños con problemas. Su artículo "Aborto" es muy claro y muy positivo al principio. En cambio discrepo con la parte del artículo en que se limitan a enunciar algún supuesto legal de aceptación en España y no dicen que esto ha sido un coladero para un millón de abortos de todo tipo.Por favor,sigan con su defensa de la vida no nacida.Muchas gracias.

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