La incursión

El lugar estaba en zona prohibida.
Razón de más para querer visitarlo.



A las afueras de Budapest, la capital húngara, hay una pequeña y sencilla estación de tren con un encanto antiguo y comunista, llamada Istvántelek. Tiene dos vías y un andén de hormigón. A menos que se viva allí, hay pocas razones para visitarla.

Pero allí estaba yo, en un caluroso día de verano, buscando un sitio cercano llamado el Cementerio de las Estrellas Rojas. No se trataba de un cementerio al uso con lápidas y muertos. Había leído que era un patio de maniobras abandonada con docenas de restos de máquinas de vapor y vagones, algunos de más de 100 años. Había visto fotos en Internet de aventureros urbanos que, como yo, encuentran irresistibles los edificios abandonados y los enclaves industriales.

Antes de que mi mujer, Annemarie, y yo viajáramos a Budapest para pasar unas cortas vacaciones, me puse en contacto con los propietarios del enclave, los ferrocarriles húngaros MAV, para pedirles permiso para visitar el lugar. Como fotógrafo y periodista prefiero seguir la vía oficial. Pero la negativa había sido breve y clara. El lugar estaba cerrado y no se permitía la entrada a nadie por motivos de seguridad. Evidentemente eso no había detenido a las personas que habían hecho las fotos que yo había visto en Internet, ni a los chavales armados con botes de spray que habían dejado sus mensajes en las paredes y los vagones. 

Tomamos un autobús desde el centro de la ciudad, caminamos 15 minutos y recorrimos un viejo puente peatonal oxidado que cruza las vías en Istvántelek. Desde arriba tuvimos una primera visión de lo que habíamos venido a ver. Filas interminables de viejos trenes y vagones. Pero al descender nos detuvo una valla de hormigón igualmente interminable. Había leído que si seguías la valla llegabas a una abertura. Hacía calor y la valla era muy larga, cientos de metros. Llegamos al final del hormigón y al doblar la esquina la valla era de alambre, como la de un gallinero. Otros doscientos metros más adelante, una sección de la alambrada era lo suficientemente baja como para pasar por encima, justo detrás de un muro de árboles y arbustos. Había algunos objetos entre los arbustos, incluido un bote de spray vacío, como prueba de que ese era el lugar que había servido de entrada a otras personas. 

Estaba a punto de saltar la valla cuando Annemarie me dijo: “Vale Tintín, ¿nos volvemos ya?”. Me llama Tintín cuando cree que voy a correr riesgos innecesarios en mi trabajo o me dispongo a ir a algún lugar peligroso. No soy un gran fan de ese famoso creador belga de dibujos animados, pero sabía que en el fondo solo estaba preocupada. En este caso, Annemarie pensaba que podría haber perros, o guardias armados. Mi argumento de que no había grafiteros zarrapastrosos detrás de la valla no sirvió de nada. Se negaba en rotundo a seguir adelante. Pero yo no había llegado tan lejos como para volverme en la mismísima entrada. 

Prometí echar un vistazo y volver a recogerla si todo iba bien. Se quedó en la calle vacía y calurosa. 

Me abrí paso entre los arbustos y llegué delante de un edificio que no parecía abandonado, con grandes puertas abiertas y una pequeña máquina de vapor delante. Me acerqué e hice algunas fotos. Dentro había un grupo de hombres de aspecto profesional. Era una especie de visita guiada. Algunos llevaban maletines y tomaban notas. Su guía se detuvo cerca de la entrada y explicó algo en un húngaro incomprensible.

Olvidándome de Annemarie, me acerqué y me uní silenciosamente al grupo. Nadie pareció cuestionar mi presencia, aunque estaba claro que no encajaba con mis casi dos metros de altura, cámara, vaqueros, camiseta y sombrero panameño. Ni siquiera el guía me hizo caso ni me preguntó. Me quedé en la parte de atrás del grupo y los seguí hasta el interior, donde me escabullí y me alejé. 

Esta parte del edificio era, sin duda, un taller que estaba operativo. Doblé una esquina y allí estaba, perfectamente restaurada, con un acero negro reluciente y pintura roja: la locomotora Estrella Roja, clase 424, alias El Búfalo, una de las locomotoras de vapor más impresionantes de la historia, construida en Hungría entre 1924 y 1958 y exportada a la Unión Soviética, China e incluso Corea del Norte para personas, mercancías y ejércitos completos. 

Esta locomotora parecía nueva, con su estrella roja comunista en la parte delantera que dio a este lugar su apodo, el Cementerio de las Estrellas Rojas.

Hice fotos y fui doblando más esquinas. Estaban restaurando otro motor Estrella Roja. Había técnicos trabajando. Decidí no esconderme, sino adoptar una actitud como si estuviera en mi casa, con todo el derecho del mundo a estar allí. Pronuncié un amistoso “hola” y los mecánicos me devolvieron el saludo con la cabeza cuando pasé y me dirigí a la parte trasera del edificio. Había docenas de viejos vagones de tren, máquinas, motores diésel y máquinas de vapor en diferentes estados de descomposición. 

Trepé por encima de algunos montones de escombros. Los paneles del techo estaban descolgados. Era evidente que esta parte del edificio no estaba cuidada. Seguramente la razón por la que no querían que la gente merodeara por aquí.

A Annemarie no le hizo gracia lo que le conté cuando volví a buscarla, pero no podía disimular mi entusiasmo. “Te encantará. Saca tu cámara. No hay perros ni armas y la gente es amable”.

Tenía algunas dudas, pero no se lo dije. Aparté unas ramas para despejar el camino y volvimos a entrar.

Tres minutos. Eso es lo que tardaron. “No puede estar aquí”, decía el texto en inglés en la pantalla del smartphone. “Peligroso”, añadió el hombre que había escrito esas palabras en húngaro en la aplicación de traducción. Un trabajador nos paró tres minutos después de que volviéramos a entrar. Había llamado a un compañero, su supervisor, que hablaba un inglés muy básico y utilizaba el teléfono para comunicarse.  

“Me puse en contacto con los ferrocarriles húngaros”, respondí, “y me dijeron que era peligroso”, ocultando el hecho de que era consciente de que había entrado sin permiso. 

Después de algunas idas y venidas, y aún sin saber si los intrusos tenían permiso para estar aquí, el capataz decidió llegar a un acuerdo. Nos dijo que teníamos que salir del edificio, pero que podíamos echar un vistazo al patio. “Por su cuenta y riesgo”, nos dijo. Acepté encantado y me dirigí despacio hacia la salida más alejada, sacando algunas fotos más por el camino.

“¿Cómo puedes mentir de esa manera?”, me preguntó Annemarie con un tono como si acabara de descubrir un lado oscuro en el hombre que creía conocer. “No he mentido”, dije. “Simplemente no conté todo”. Se encogió de hombros, pero me alegró ver que disfrutaba casi tanto como yo.  

Las vías a lo largo del patio estaban repletas de vagones y locomotoras. Detrás del edificio encontramos otro gigantesco modelo Estrella Roja 424, parcialmente cubierto de plantas. Me subí a la parte trasera, asombrado por la enorme caldera, los manómetros y los grifos. Las diminutas ventanillas a ambos lados del motor eran lo único que permitía ver lo que había delante.  

Otras locomotoras y vagones parecían estar esperando al visitante. Nos deslizamos entre trenes y entonces oí murmurar a Annemarie: “Mira eso”. Alrededor había dos vagones de carga de madera con matrículas y marcas alemanas de la compañía estatal de ferrocarriles alemanes anterior a la II Guerra Mundial, la Reichsbahn.

En una de ellas había una estrella de 6 puntas con el número 12. La visión nos produjo un escalofrío. ¿Este vagón se había utilizado durante el holocausto? Miré dentro y me vino a la mente una imagen de la que no podía deshacerme. 

Una semana después, en mi escritorio, comparé mis notas y mis fotos con una base de datos online para identificar las locomotoras de vapor de Budapest. Escribí a Yad Vashem, del Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá, sito en Jerusalén, para preguntar si tenían algún registro de antiguos vagones de mercancías alemanes con la estrella de David o, de manera más general, de trenes utilizados durante el holocausto. Me remitieron a la doctora Susanne Kill, investigadora contratada por los ferrocarriles alemanes para estudiar la historia de la compañía. 

“Parece ser que el signo no se utilizaba tan a menudo”, me respondió por correo electrónico. “Por lo que sabemos, no era una estrella de David”. Explicó que la estrella indicaba que los vagones tenían sus propios frenos y se utilizaban para trasladar mercancías en distancias cortas. El número de la estrella indicaba su capacidad de carga máxima y, al parecer, estos vagones estuvieron en uso hasta 1965. 

El símbolo de la estrella, añadió, se utilizó a partir de 1934. Eso habría sido cinco años antes de que se introdujera la estrella de David para identificar a los ciudadanos judíos. Se utilizaron 250.000 de estos vagones de madera en toda Europa, así que sería imposible decir cuáles sirvieron para el transporte de prisioneros, dijo la Dra. Kill, pero se han convertido en un símbolo de los trenes de deportación.

Por último, envié otro email a la oficina de información de los ferrocarriles húngaros. Se mostraron más comunicativos que antes de mi visita y me confirmaron que el patio de Istvántelek se sigue utilizando para mantenimiento y almacén de vehículos que datan de la década de 1850. “En los últimos años, 480 de estos vehículos están declarados monumentos técnicos”, me informaron, indicando que podría haberlos visto en todo su esplendor en el Museo Húngaro del Ferrocarril1 , que no está demasiado lejos de Istvántelek. 

Para mí un museo no tiene el mismo atractivo que las ruinas de un lugar histórico. Y, por supuesto, ni la mitad de diversión que saltar una valla y descubrir tesoros. ¿Qué pensaría Tintín? 



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