Milagro en el aire

En mitad de un vuelo, Fátima se presentó para ayudar a un bebé que no respiraba


Natalia Ferreyra

Era 1 de septiembre de 2025 y la pareja de Bera de Bidasoa (Navarra), regresaba a casa. Atrás quedaban el hotel, las piscinas interconectadas y los días soleados en Las Palmas de Gran Canaria. Fátima Román, de 50 años, auxiliar de clínica, se acomodó con calma en el asiento del avión, situado aproximadamente en la mitad de la nave, junto a su marido, Rafael.

La pareja, con dos hijos de 18 y 20 años, que se habían quedado en casa, había disfrutado de unas buenas vacaciones en su hotel preferido desde hacía diez años. Les gustaba especialmente la piscina, que serpentea como un río, en la que podían nadar con la corriente sin desorientarse. Esto era especialmente importante para Fátima y Rafael, ambos con una discapacidad visual. Fátima, con un 86% de discapacidad a causa de una meningitis sufrida a los once años, y su marido, con visión aún más reducida.

Pero era hora de volver a casa, donde Fátima trabajaba como auxiliar de enfermería en la residencia de ancianos San José, puesto que ocupaba desde hacía más de 20 años. A mitad del vuelo de tres horas hasta el aeropuerto de Hondarribia, Fátima y Rafael notaron un revuelo en los primeros asientos del avión. Unas mujeres estaban de pie, mientras las azafatas corrían por el pasillo. Pronto se escuchó por megafonía: «¿Hay algún médico a bordo?». Fátima miró a su alrededor para ver si alguien se levantaba, pero nadie lo hizo. Luego pidieron algún sanitario, pero tampoco hubo respuesta.

Fátima se puso de pie y pensó: «De perdidos, al río… yo voy. No sé si podré ayudar, pero voy». Mientras avanzaba hacia el lugar imaginó que se trataría de una persona mayor indispuesta. Al llegar a los primeros asientos de la aeronave, dijo: «Solo soy auxiliar de clínica, no sé si podré ayudar». Pero no llegó a terminar la frase cuando alguien le puso un bebé en brazos.

Le pusieron a un bebé en los brazos.
Su cuerpo estaba flácido como un trapo.

Le pusieron a un casi recién nacido en brazos, pero el bebé estaba flácido como un trapo. Para ver si respiraba, se humedeció la mejilla y la acercó a la boca del bebé. Nada. Intentó encontrarle el pulso, pero no lo tenía. ¡Madre mía!, pensó. ¿Qué hago yo? Las azafatas trajeron un botiquín de primeros auxilios y le preguntaron qué necesitaba. Ella respondió: «¡Yo qué sé!».

Pero algo hizo clic dentro de Fátima, y rápidamente tomó las riendas. Pidió oxígeno y lo ajustó al mínimo. Sabía que es perjudicial para los bebés si el aire entra en sus pulmones repentinamente. Después pensó en la hipoglucemia, causa común de desmayos. Pidió una jeringuilla, pinchó el dedo del bebé y luego estableció la medición con el medidor de glucosa a bordo. Daba 160 y supo que no era un problema de azúcar. 

Ahí fue cuando supo que tenía que iniciar un masaje cardiaco.

Hacía seis meses había asistido a un curso recordatorio de la maniobra. La profesora les dijo ese día: “Trabajáis con personas mayores, pero los nietos vienen de visita. No está de más aprender maniobras en bebés”. Y nos trajo un muñeco para practicar. Al adulto se lo presiona con las dos manos, con fuerza considerable. A un bebé, solo con dos dedos: el índice y el corazón, y el movimiento debe ser suave… «Pero, ¿cuánta fuerza se necesita?», preguntó alguien en la clase. La profesora respondió que simplemente lo sabrían, porque los bebés tienen las costillas blandas, por lo que su pecho se hunde inmediatamente.

En ese momento, Fátima se mostró escéptica sobre la posibilidad de saber con qué fuerza presionar, pero dudaba que alguna vez se encontrara en una situación así. Pero aquí estaba hoy. Era vagamente consciente de que alguien traducía a las dos mujeres, que eran de Mauritania y viajaban a Francia para ver a un cardiólogo, mientras colocaba los dos dedos sobre el pecho del bebé y comenzaba a presionar suavemente. 

Fátima Román y su marido durante sus vacaciones en Canarias.

«No sé cuánto tiempo pasó, si fueron diez segundos o cinco minutos, pero de repente el pecho del crío empezó a bombear solo. La sensación fue pasar de estar masajeando un trapo a sentir que ese trapo se hinchaba de aire». Luego el bebé abrió los ojos y empezó a gemir. Había vuelto a la vida.

«Cuando noté un ritmo más o menos normal, paré». Fue entonces cuando reparó en las dos mujeres que viajaban con el bebé. Estaban estáticas, casi sin respirar. «Recuerdo los ojos, solo las miradas».

Una azafata le dijo que el piloto preguntaba si era necesario aterrizar. Fátima le respondió: «Si fuera mi hijo, aterrizamos donde sea, cuanto antes, para que lo vea un médico o vaya a un hospital».

El avión tocó tierra en el aeropuerto de Jerez de la Frontera y fue Fátima quien bajó al bebé en brazos hasta la ambulancia. «De regreso al avión, me crucé con la madre y la tía —o la abuela—, que me dieron las gracias en español, aunque no hablaban el idioma».

Cuando regresó a su asiento para retomar el vuelo, con todo el cuerpo tenso, la gente aplaudió. Ella comenzó a llorar mientras Rafael, impresionado, abrazaba a su esposa. Todo había terminado.

Hoy, Fátima reflexiona que en un momento así «te sale lo que tiene que salir. Lo que sientes. Tienes que ser humano, más que pensar en las consecuencias». Todavía se pregunta cuál fue el destino del bebé. Qué fue de esa vida que pudo salvar en pleno vuelo.

Fotografías cedidas por Fátima Román.


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